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COLUMNISTAS /
domingo 6 mayo, 2018

La ética impone claros límites

por Julio Petrarca

Restrepo. "El periodismo no es un poder, es un servicio". Foto: CEDOC.

Un reciente suceso que tuvo como protagonista principal a un periodista especializado en temas deportivos –y, en particular, notable investigador del accionar y los vínculos (políticos, policiales, sindicales, empresariales) de las barras bravas futboleras–plantea con crudeza la delicada cuestión de cuáles son los límites de los medios y de quienes en ellos trabajan a la hora de difundir públicamente datos, informaciones, identidades, intimidades.

Este tema ya fue abordado por quien esto escribe en alguna ocasión, pero nunca está de más volver sobre él cuando la sensibilidad de la audiencia, de los lectores, de la sociedad en general, es impactada de manera gravosa por posturas poco felices de quienes deben mantener un equilibrio entre lo que sucede y lo que corresponde transmitir sin filtros.

Algunos entienden que para el periodismo no hay límites, que serán los destinatarios de sus revelaciones quienes evalúen si la información publicada cumple o no con preceptos legales y –mejor aun– éticos. No comparto ese criterio absoluto: la prensa debe evitar que se vean afectadas las personas o instituciones de manera negativa cuando la difusión pública de hechos que le conciernen no requieren necesariamente revelar identidades.

Desde el punto de vista legal –que no es el que más importa en esta columna, aunque vale la pena recordarlo– hay un concreto impedimento para difundir los nombres e imágenes de menores de edad vinculados a hechos policiales, sean de la entidad que fueren. En algunos otros países, esa prohibición de publicar se extiende a todas las personas, sean de la edad que fueren, cuyas identidades sólo pueden ser resumidas en las iniciales de nombres y apellidos, al menos hasta que una sentencia definitiva habilite su divulgación. Por cierto, en muchas ocasiones se violan estas normas, pero no es lo más adecuado.

De igual modo, cuando se trata de sucesos vinculados a la intimidad de las personas, la ética periodística obliga a analizar muy cuidadosamente si se justifica la publicación de nombres, apellidos o siglas institucionales. Lo sucedido con los jugadores de fútbol, hoy mayores de edad, que fueron víctimas de delitos sexuales cuando eran menores es un claro ejemplo de lo que no se debe hacer: difundir sus identidades hoy es marcarlos con un estigma que buena parte de la sociedad les adjudicará, instalándolos en un lugar inapropiado, doloroso.
Es elogiable la actitud que tuvo el periodista en cuestión en los días posteriores a su exposición televisiva: reconoció haber consumado una falta ética, mostró arrepentimiento por ello y aceptó las críticas (muchas de ellas de extrema, exagerada, sobreactuada virulencia) que llovieron desde distintos medios, desde el ambiente futbolístico y desde las redes sociales. Lo que está mal, está mal y punto. No hay que buscarle más vueltas al asunto.

Algo distinto pero con puntos de contacto en la mirada ética sucedió la semana anterior con la publicación de una de las habituales columnas de la página 2 del diario madrileño El País, que escribe Víctor Lapuente Giné, doctorado en Oxford y profesor de Ciencia Política en la Universidad de Gotemburgo, Suecia. En este caso, todo parece indicar que el autor o su editor eligieron el seductor (y poco afortunado) camino del título provocador para tocar un tema por cierto urticante, y más en estos tiempos en los que la mujer ha logrado (con justicia) un protagonismo creciente, los preceptos patriarcales están en franco cuestionamiento y la violencia machista provoca rechazo y repudio. “Por qué los hombres violamos”, encabezaba el breve texto de la sección Claves. Lapuente hizo, a continuación, un polémico análisis que desató una catarata de críticas de toda naturaleza, a las que este ombudsman se suma.

Por cierto, no son los dos temas de la misma envergadura ni tienen similares medidas. Sin embargo, están unidos por un mismo hilo conductor: lo que se puede y debe decir y publicar cuando la temática abordada impacta sobre la sensibilidad de quienes leen, ven o escuchan en medios de cualquier soporte.

El colombiano Javier Darío Restrepo, probablemente el mayor referente actual en materia de ética periodística, dijo al recibir el Reconocimiento a la Excelencia Gabriel García Márquez: “La academia enseña muchas cosas ¿Enseña a los periodistas cómo ser buenos seres humanos?”.


◆ Error en un título. Ayer, en la portada del suplemento SuperCampo, se cometió una falla grave al anunciar un informe amplio sobre la actualidad y el futuro inmediato de un sistema de explotación ganadera. Al título principal le faltó la palabra final: “Feedlots: corrales cargados, precios planchados y costos en…” (¿alza, aumento?).


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