CULTURA

Catedral narrativa

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La obra de Proust es una fuente permanente de fascinación, sin importar cuántas veces se la haya leído o querido leer. Basta con explorar con atención cualquiera de los párrafos de los polos de su En busca del tiempo perdido, los que pueblan los tomos uno, dos y siete, para encontrar una intrincada y deslumbrante mezcla de tiempos de recuerdo y enunciación. Una descomposición prismática del tiempo, podría decirse. Cuando Marcel –aunque al narrador se lo llama por ese nombre apenas un par de veces y por el medio de la obra, y es diciendo “por llamar al narrador de esta novela por el mismo nombre que su autor”, gesto que disuelve los límites entre ficción y realidad– recuerda su infancia el tiempo parece dilatarse, desbordar los límites de la cronología civilizada y reunir años enteros bajo el mismo sol del verano; del mismo modo, hacia el final, las famosas experiencias de memoria involuntaria de camino a una fiesta (hay que sumar la más recordada, la de la magdalena en el té, que queda sepultada en el rizoma, en la cronología no lineal de la novela) parecen rizar el rizo de la eternidad y, como dijo T.S. Eliot en Cuatro cuartetos, presentar a todo el tiempo como “eternamente presente [e] irredimible”. ¿Pero qué queda en el centro? El tiempo lineal, el tiempo incesante, minucioso, de las largas jornadas de Marcel entre la aristocracia o, encerrado en su habitación, la fallida educación sentimental de su novia, esa Albertina que después –como Nadja, como La Maga– desaparece del relato y del mundo. Y después Proust nos regala un enigma: entre los dos últimos tomos de En busca del tiempo perdido el narrador se desvanece: sabemos que se recluye en un hospital psiquiátrico, pero poco más podemos decir de décadas enteras que pasa allí. Cuando regresa  es un fantasma entre fantasmas, y contempla a sus viejos amigos “como gigantes sumergidos en los años”, final alucinatorio para una verdadera catedral narrativa que todavía no hemos terminado de explorar.

*Periodista y escritor.

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