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COLUMNISTAS / opinion
domingo 12 enero, 2020

El dilema Evo Morales para Alberto

por Jorge Fontevecchia

Bolivia. El ex presidente, en la redacción de PERFIL. Foto: Aballay
domingo 12 enero, 2020

Continúa de ayer: “Trío Bolivia-Irán-Venezuela” (http://bit.ly/trio-bolivia-iran-venezuela).


 

“¿Va a hacer un reportaje a Evo Morales? Por favor, pídale que se vaya de Argentina así no nos perjudica con el FMI”, me dice alguien.

Evo Morales es consciente del costo que tiene para Alberto Fernández el refugio que obtuvo en Argentina. En el largo reportaje que se publica en esta edición (ver página 38), él lo explica así: “Estados Unidos dijo claramente que no quería que venga a la Argentina. Trato de buscar estar en Bolivia. Para no perjudicar a un país, tal vez prefiero estar encarcelado en Bolivia. En el futuro, podría ser esto último, no quiero perjudicar a nadie”.

Fue acusado de ser el Pablo Escobar boliviano y el Bin Laden sudaca, hoy es un ícono local antinorteamericano

El Presidente, el canciller y el embajador plenipotenciario en Estados Unidos, Jorge Argüello, hacen equilibrio para mantener buenas relaciones con el gobierno de Trump y a la vez defender a quien creen injustamente perseguido, y quien más mejoró la calidad de vida del pueblo más pobre de Sudamérica y representante de una etnia que es parte de la población argentina y de los inmigrantes más laboriosos que residen en el país.

El equilibrio del gobierno argentino se extiende a Venezuela, donde, a la vez que se criticó la represión a los legisladores de la oposición frente a la Asamblea Nacional, se retiró la representación diplomática a la embajadora de Juan Guaidó. Hasta ahora Venezuela le fue útil a Alberto Fernández para apaciguar a los halcones norteamericanos, gestionando con éxito el pedido de la Casa Blanca para que salieran de prisión seis estadounidenses detenidos en Caracas.

Es comprensible el afecto que le genera Evo Morales a Alberto Fernández y es difícil que la condescendencia a la que predispone “el primer presidente boliviano que se parece a su pueblo”, como bien lo definió, no interfiera emocionalmente, minimizando sus faltas. En el reportaje de esta edición, Evo Morales se defiende ante la crítica por su voluntad de querer volver a ser siempre reelecto, argumentando que Angela Merkel también es jefa de Estado desde fines de 2005, igual que él. Sin plantearse la diferencia sobre que en Alemania esas fueron siempre las reglas y no las cambió Merkel para su propia perpetuación.

En el reportaje preferí profundizar sobre la cosmovisión andina de los pueblos originarios, que él mismo menciona reiteradamente con el calificativo de “no occidental” (casi el 70% de los habitantes de Bolivia son descendientes precolombinos de 37 etnias diferentes), y tratar de entender lo malo y lo bueno del sincretismo entre la democracia y el capitalismo occidentales y culturas de imperios que precedieron a la Revolución Francesa y la constitución de Estados Unidos.

Un choque de culturas donde, a pesar de las enormes diferencias, el peso de la Gran Persia para Irán, y del Imperio Inca para Bolivia los unifica en el conflicto y su rebeldía frente a Estados Unidos. Para nosotros, los occidentales, no hay democracia si no se produce alternancia en el poder, no solo de personas diferentes sino de partidos diferentes, por eso Rusia y China, que no practican ese requisito, son aliados naturales de quienes, estando en el hemisferio occidental, no tienen esa cultura.

Justificativo que no le cabe a la Venezuela de Maduro porque, además de ser una sociedad occidental con valores y descendientes europeos, y tener un país rico en recursos naturales, tampoco logró mejorar la vida de su pueblo como sí hizo Evo Morales en Bolivia.

Otro aspecto antropológicamente interesante para analizar es si el sincretismo contribuyó en algo al resultado económico de Bolivia: hace 12 años que el dólar cuesta los mismos 6,97 pesos bolivianos.

Evo Morales fue el presidente latinoamericano más exitoso del siglo XXI: la pobreza extrema en Bolivia disminuyó del 37% al 16%, mejoró la distribución del ingreso, con un avance en el índice Gini de más del 20%, duplicó el Producto Bruto per cápita y bajó el analfabetismo de 13% al 3% implementando educación y salud gratuitas.

Merece un caso de estudio de Harvard cómo un aymara que solo pudo llegar al tercer año del secundario gobernó mejor que el abogado Néstor Kirchner, el egresado de la academia militar Hugo Chávez y el máster en Economía Internacional Rafael Correa. La perspectiva de Evo Morales y sus seguidores lo atribuye al modelo comunitario precolombino, distinto del capitalista, socialista e, incluso, corporativista, todos occidentales. Culturalmente no existe el individualismo en la tradición de los pueblos precolombinos: si un vecino se casa, todos ayudan a construirle la casa; si uno siembra o cosecha, todos lo ayudan y él debe ayudar a los demás. Además de economía comunitaria había justicia comunitaria: si un vecino se comportó mal, la pena social podría ser que nadie le hablara durante un año, por ejemplo.

El gobierno argentino espera que la presencia de Evo Morales en nuestro país hasta las elecciones bolivianas de mayo próximo sea condicionante pero no dirimente en la negociación con el FMI, en la que el voto del delegado de Trump resulta crucial.

La campaña electoral boliviana coincide con los meses en que el FMI deberá aprobar nuestra ngociación de la deuda

Estados Unidos utiliza con igual agresividad los drones que las restricciones económicas. Un mínimo ejemplo es un crédito norteamericano a la empresa que explora en Vaca Muerta, Vista, del ex CEO de YPF Miguel Galuccio, que condiciona su mantenimiento al alineamiento de Argentina con ciertas políticas de Estados Unidos. Más daño le hace a Irán con sus sanciones económicas –que complican aún más su desorden fiscal– que con sus ataques militares. Igual postura tuvo con Cuba y su bloqueo de décadas.

Para ser independiente políticamente hay que ser independiente financieramente. Si con los años Alberto Fernández lograra ser tan buen administrador como Evo Morales, Estados Unidos no sería tan determinante para la Argentina como lo será durante este 2020.


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