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COLUMNISTAS / Asuntos internos
domingo 16 junio, 2019

La lengua de los islandeses

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por Guillermo Piro

default Foto: CEDOC

Una de las consecuencias menos tenidas en cuenta de la globalización tiene que ver con el lenguaje. Al estar expuestos como estamos constantemente a estímulos que provienen del resto del mundo, aumentó la necesidad de individualizar y aprender lenguas francas como el inglés o el español, que permiten entenderse prescindiendo del lugar de proveniencia de los hablantes. A eso se oponen los dialectos, las lenguas vernáculas o incluso las lenguas propiamente dichas que son habladas por comunidades reducidas, que son cada vez más olvidadas y pasadas por alto. Se estima que en las próximas décadas morirán dos mil lenguas, la mayoría de ellas habladas en los suburbios de la civilización y por poquísimas personas.

Una de las más famosas lenguas consideradas en riesgo es el islandés, un lejano pariente del noruego, hablado solamente por las 340 mil personas que viven en la isla. Pero los islandeses, a diferencia de otros pueblos, siempre tuvieron una gran producción literaria, y alrededor de la lengua construyeron una parte relevante de su propia identidad. Tanto es así que este año el gobierno confió sus esfuerzos por mantener viva la lengua islandesa a una división estatal específica, el Departamento de Planificación del Lenguaje.

Este departamento ocupa una oficina en un instituto cultural no muy lejos del centro de Reikiavik, la capital del país. La tarea de los lingüistas que trabajan allí es no tanto, como se podría suponer, la de preservar a la lengua de la muerte a la que parece estar condenada sino, casi al contrario, la de mantenerla actualizada, en concordancia con los tiempos que corren. Resumiendo: se dedican a inventar palabras para designar los nuevos objetos o conceptos importados en Islandia. Como en cualquier oficina se trabaja en grupos, cada uno con su radio de responsabilidades bien delimitado: cerca de la ventana está la comisión que se ocupa de inventar palabras para la industria informática, y un poco más allá los que inventan las palabras para la industria pesquera, y contra la pared, más cerca de la estufa, los que se ocupan de las palabras del mundo de la agronomía. Las palabras nuevas se publican en glosarios impresos que, naturalmente, tienen su versión online.

Pero la tarea de estos abnegados lingüistas estatales se ve perturbada por situaciones que ellos no pueden controlar. La progresiva apertura del país hizo que la mayor parte de los islandeses hablen perfectamente el inglés (un poco ayudados por el hecho de que ambas lenguas descienden de las antiguas lenguas germánicas). La otra cara de la moneda es que para los jóvenes islandeses la lengua de la isla es cada vez menos necesaria: los videojuegos, las películas y las series de TV muchas veces no vienen subtitulados. Muchos islandeses siguen mirando torcido a Microsoft desde que Bill Gates se negó a ofrecer una versión en islandés del sistema operativo Windows.

Uno de los lingüistas que se ocupan del diccionario online, Johannes Sigtryggsson, explica a la revista Quartz que la tarea que los ocupa es inmensa y que no siempre funciona. Por ejemplo, el diccionario hasta hace poco sugería que la banana  (un producto exótico en Islandia) fuera llamada bjúgaldin, o sea, “fruto curvo”, pero la gente adoptó por su cuenta una denominación más intuitiva: banani. Porque con las lenguas ocurre algo particular, y es que no siempre –mejor dicho, casi nunca– toman el camino que uno preferiría que tomasen. Funcionan un poco como esos robots de la ficción que al principio obedecen y después terminan haciendo lo que se les canta.


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