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COLUMNISTAS / opinion
domingo 26 enero, 2020

Sin síntesis no hay paraíso

por Jorge Fontevecchia

Tesis y antítesis. El abrazo de Fernández a Macri y las negociaciones entre Trump y Xi Jinping en Bs. As. Foto: cedoc
domingo 26 enero, 2020

Continúa de ayer: Mala Praxis, malas ideas 

 

La condena a repetir como Sísifo, en nuestro caso devaluación e inflación, es el castigo a la falta de amalgama en un proyecto común, entre dos modelos de país que luchan por una hegemonía siempre lábil y, creyendo tener razón, se anulan mutuamente.

Una de las varias divisorias de aguas entre estos dos proyectos ubica a Estados Unidos como actor principal ordenando a unos y otros como pro o antinorteamericanos. Y a estos últimos, siguiendo la sentencia de Nicolás Maquiavelo sobre que el enemigo de mi enemigo es mi amigo, los predispone a simpatizar con China, la gran adversaria de Estados Unidos.

La medicina para el alma argentina de hoy es el milenario in medio stat virtus

El prejuicio ideológico de uno y otro lado de la grieta impide reparar en que en el siglo XXI la economía y la industria argentina sufren menos los embates del imperialismo comercial norteamericano tratando de adueñarse de nuestro mercado interno, obligándonos a consumir sus productos, como hizo en el siglo XX, o hacia su precursor, Inglaterra, en el siglo XIX, y sufren mucho más por la competencia del imperialismo comercial chino que, abusando de la posición dominante que le produce su escala, destruye la industria y el empleo argentinos invadiendo con sus productos.

Las cegueras paradigmáticas de uno y otro lado les impiden ver que China y Estados Unidos hacen el mismo tipo de abuso de su grandeza y poderío –uno con el soft power y el otro con el hard power– y lo más importante de todo, y a la vez más difícil de percibir, es que en el fondo el sistema político de ambos tampoco es tan diferente como parece. En China hay directamente un sistema de partido único, el Partido Comunista, mientras que Estados Unidos lleva dos siglos de bipartidismo pero, profundizando en su organización, vemos que tanto el Partido Republicano como el Demócrata están controlados por una superestructura tácita de poderes permanentes no electorales, que impide el surgimiento de quienes puedan ser antisistema o controla el marco dentro del cual se pueden mover los presidentes, para que ninguno pueda hacer lo no permitido.

En la más primitiva China ese control superestructural es explícito y se ejerce desde el Partido Comunista. En el más sofisticado Estados Unidos, es tácito e institucionalmente no evidente.

Si las dos principales potencias del planeta, aunque cada una a su modo, tienen un sistema que sintetiza un conjunto único de ideas (políticas de Estado) fusionadas alrededor de una superestructura, ¿cómo podemos seguir pensando en la Argentina que la grieta y las continuas peleas entre peronismo y antiperonismo sean un lujo que nos podemos dar y habrá un destino de grandeza sin necesidad de producir una síntesis entre las visiones y necesidades de ambos sectores?

En el Consejo de Asesores de la Presidencia, Alberto Fernández nombró al antropólogo Alejandro Grimson con la tarea de superar la polarización. En parte el aún no creado Consejo Económico y Social, que podría presidir Roberto Lavagna, cumpliría esa tarea en el campo de lo material, pero hará falta un esfuerzo equivalente en lo cultural dado que la economía no es solo resultado de interacciones materiales cuantificables.

El valor solidaridad que se desprende del concepto patria grande frente al de mérito individual, que impulsó a los inmigrantes europeos de la primera mitad del siglo a venir a vivir a la Argentina, precisa una síntesis. Son dos aspiracionales diferentes.

 La evolución demográfica lo refleja claramente, mientras Argentina casi duplicó los 28 millones de habitantes que tenía en 1980, Chile aumentó solo el 50% y Uruguay tiene más o menos los mismos 3 millones de habitantes que tenía hace cuarenta años. Uruguay exportó habitantes, Chile los mantuvo y Argentina importó población en mayor proporción de Paraguay y Bolivia.

Sería más fácil para algunas personas cumplir su aspiracional meritocrático individualista en una Argentina que mantuviera hoy una población como la de Australia, de 28 millones, o como la de Canadá, de 34 millones. Desde la perspectiva de Pichetto, si se ahorran el costo de 10 millones de personas que precisen asistencias sociales varias, la presión tributaria se podría bajar a la mitad, las empresas argentinas serían más competitivas para exportar, los salarios de los que quedaran serían mayores, la balanza comercial sería siempre positiva, no habría devaluaciones ni inflación. Pero Australia o Canadá están aisladas geográficamente por océanos, y por Estados Unidos y el Artico en el caso de Canadá, y por un abismo étnico cultural en el caso de Australia, haciendo el debate de una “patria grande” abstracto.

Argentina, con su sueño de competirle a Estados Unidos o por lo menos a Brasil, tiene en sus entrañas la idea de que más población es más poder, lo que es cierto pero tiene su costo y quienes lo pagan también tienen derecho a influir en la decisión y en su correcta administración, como hizo Estados Unidos, que no concentró toda la inmigración en el conurbano neoyorquino.

Además del Consejo Económico y Social hará falta un "acuerdo estratégico y cultural" para que todo funcione"

En Estados Unidos también podría estar el método para metabolizar los diferentes proyectos de vida sectoriales: el “velo de la ignorancia” de John Rwals, el famoso filósofo de Teoría de la justicia. Una sociedad justa es aquella que elegiríamos sin saber si naceremos inteligentes, fuertes o limitados, en el seno de una familia rica o una pobre, sin saber género, orientación sexual, raza o clase. Ante esa hipotética situación, todos elegiríamos una sociedad que equilibre la solidaridad con la meritocracia, una cuota suficiente de seguridad y uniformidad pero que no ahogue las ansias de libertad y creatividad individual que también son necesarias para que el conjunto de la sociedad progrese.


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