ECONOMIA
NO FUE MAGIA

El modelo que llevó a Brasil a producir 2,5 veces más granos que Argentina: las cuatro claves del salto

Hace 25 años, ambos países tenían volúmenes de producción similares. Brasil sostuvo durante décadas una combinación de reglas estables, crédito, infraestructura y tecnología que le permitió ampliar su frontera agrícola, multiplicar exportaciones y desarrollar nuevas ciudades.

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Campo retenciones. | Pixabay

Hace 25 años, Argentina y Brasil producían prácticamente la misma cantidad de granos. Hoy la diferencia es contundente: Brasil produce 2,5 veces más y, desde comienzos de los años 2000, acumuló cerca de 1.550 millones de toneladas adicionales respecto de la Argentina, un volumen equivalente a unas 12 cosechas argentinas récord y valuado en alrededor de US$475.000 millones.

La pregunta es cómo lo hizo. Y la respuesta es bastante sencilla: crédito disponible a buena tasa, desarrollo de infraestructura y reglas claras durante muchos años,

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Un informe de CIPPEC, titulado El jardín de los senderos que se bifurcan: la expansión agroindustrial de Brasil y sus efectos productivos, económicos y territoriales, plantea que el salto brasileño no respondió a una sola medida, sino a una combinación sostenida durante décadas: precios más cercanos a los internacionales para los productores, acceso al crédito, inversión en infraestructura, desarrollo tecnológico y expansión hacia nuevas zonas productivas.

Mientras Brasil logró sostener ese proceso, en la Argentina pesaron desde 2002 los derechos de exportación y, en distintos momentos, restricciones cambiarias y límites a las exportaciones, como los ROE y los volúmenes de equilibrio. Según el estudio, esas políticas redujeron el precio recibido por los productores locales.

El primer paso: mejores incentivos para invertir

Uno de los pilares del modelo brasileño fue la posibilidad de vender la producción a valores próximos a los precios internacionales.

Esa diferencia terminó impactando directamente sobre la capacidad de inversión.

Soja Dólar

Entre 2002 y 2025, por cada tonelada comercializada, el productor argentino recibió en promedio el 60% de lo percibido por uno brasileño en soja, el 65% en maíz y el 72% en trigo. En el caso de la soja, la facturación por hectárea del productor argentino fue apenas el 53% de la brasileña durante el período analizado.

Con mejores perspectivas de rentabilidad, los productores brasileños pudieron ampliar escala, incorporar maquinaria, insumos y tecnología y avanzar sobre nuevas tierras.

En la Argentina, en cambio, el informe señala que la combinación entre el riesgo propio de la actividad y los cambios frecuentes en las reglas incentivó una estrategia más defensiva: menos capital invertido y menor exposición frente a la incertidumbre.

El segundo paso: convertir tierra ganadera en campos agrícolas

Brasil también logró expandir su frontera agrícola hacia regiones que hasta entonces tenían una participación limitada en la producción.

El caso más significativo fue el Centro-Oeste, donde existían grandes extensiones ocupadas por ganadería y pasturas, con valores de la tierra considerablemente más bajos que en las zonas agrícolas tradicionales.

La tecnología permitió convertir parte de esas superficies en áreas agrícolas de alta productividad.

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Entre 2000 y 2024, la superficie cultivada del Centro-Oeste aumentó 292%, mientras que en el conjunto de Brasil creció 59%.

Ese movimiento permitió incorporar millones de hectáreas nuevas a la producción y fue uno de los factores centrales detrás del salto de soja y maíz.

El tercer paso: crédito para financiar la expansión

La transformación de Brasil tampoco se explica solamente por la disponibilidad de tierra.

El Estado federal desarrolló un mercado de crédito rural de gran escala, combinando financiamiento público, tasas subsidiadas e instrumentos privados.

Entre ellos aparece la Cédula de Producto Rural, que permite utilizar producción, cultivos y otros activos agropecuarios como garantía para obtener financiamiento.

Durante los últimos 25 años, el subsidio a las tasas representó en promedio alrededor de US$3.000 millones anuales, unos US$53 por hectárea sembrada.

El crédito resultó clave porque buena parte de las inversiones agropecuarias necesita varios años para amortizarse, desde la compra de maquinaria hasta almacenamiento, tecnología o incorporación de nuevas tierras.

El cuarto paso: rutas, ferrocarriles, hidrovías y puertos

El crecimiento de la producción planteaba además otro desafío: cómo sacar los granos de regiones ubicadas cientos de kilómetros tierra adentro.

Brasil acompañó el avance agrícola con inversiones en rutas, ferrocarriles, hidrovías, capacidad de almacenamiento y puertos, que permitieron conectar las nuevas zonas agrícolas con los mercados internacionales.

Ese punto fue decisivo.

Sin infraestructura, producir soja o maíz en regiones alejadas de los puertos podía dejar de ser rentable aun con buenos rindes.

El informe subraya justamente que ninguno de los factores funcionó de manera aislada: la tierra barata necesitaba tecnología; la tecnología requería financiamiento y la expansión productiva necesitaba infraestructura para llegar a los mercados.

Otro componente fue la investigación.

Línea de financiamiento para el campo a través del BICE 03062026

Cuando todavía no estaba probado que el Cerrado pudiera convertirse en una gran región agrícola, organismos públicos y organizaciones de productores financiaron la adaptación de semillas, suelos y técnicas de manejo a las condiciones tropicales.

Una vez que el negocio demostró ser rentable, el sector privado aumentó la escala de las inversiones.

Desde comienzos de los años 2000, el uso de fertilizantes por hectárea prácticamente se duplicó y el gasto en agroquímicos se multiplicó casi por seis.

El resultado fue un salto de productividad.

Los rendimientos brasileños de soja y maíz, que anteriormente estaban por debajo de los argentinos, hoy superan a los locales en varias de las principales regiones productivas.

Soja por 11 y maíz por siete

El efecto acumulado de esas políticas aparece con claridad en las estadísticas.

Entre 1980 y 2025, la producción brasileña de soja se multiplicó por 11. Aproximadamente un tercio del crecimiento se explicó por mejoras de productividad y el resto por expansión del área.

En maíz, la producción se multiplicó casi por siete. En este caso, la productividad explicó dos tercios del avance y la expansión del área el tercio restante.

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Es decir, Brasil creció por dos vías simultáneamente: sembró más y produjo más por hectárea.

El proceso no quedó limitado al sector agropecuario.

Maíz

Entre 1992 y 2022, la población de las regiones agropecuarias analizadas aumentó 81%, frente a 29% en el resto de Brasil. De los 15,8 millones de habitantes adicionales que incorporaron esas zonas, 5,3 millones llegaron a través de migraciones.

También aparecieron nuevos centros urbanos.

Durante las décadas de 1990 y 2000 surgieron 319 ciudades, se consolidaron nueve grandes capitales y seis metrópolis regionales vinculadas al agro, mientras casi 400 municipios agropecuarios crecieron más rápido que el promedio brasileño.

El Centro-Oeste volvió a ser el ejemplo más visible.

En 2000 generaba apenas el 3% de las exportaciones brasileñas. Para 2025 ya explicaba el 16%. Sus exportaciones por habitante pasaron de US$160 a US$3.156 y en 2023 su PIB por habitante superó en 11% al del Sudeste, la región históricamente más rica e industrializada del país.

Qué podría copiar Argentina

El informe remarca que el resultado no estaba escrito de antemano.

Durante los años noventa, la Argentina había avanzado más rápido que Brasil y fue pionera en tecnologías como la siembra directa y la biotecnología. La diferencia apareció después, cuando Brasil logró sostener el proceso de inversión durante décadas y Argentina perdió dinamismo.

CIPPEC sostiene que la Argentina todavía conserva activos para impulsar una nueva expansión: tierra, conocimiento agropecuario, productores experimentados, empresas tecnológicas y una amplia región con potencial de crecimiento, desde el norte del país hasta la Norpatagonia.

La principal enseñanza brasileña es que no existe una única llave.

Crédito, infraestructura, tecnología y reglas que favorezcan la inversión tienen impacto cuando funcionan juntas y, sobre todo, cuando se mantienen durante muchos años.

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