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INTERNACIONAL / La profundidad de la crisis
viernes 25 octubre, 2019

Desigualdad, maltrato social y Piñera: el cóctel del estallido chileno

La brecha de ingresos es una constante desde el siglo XIX. Las encuestas reflejan un sentimiento de trato indigno de los sectores populares. Por qué este gobierno radicalizó problemas estructurales.

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por Facundo F. Barrio


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Para algunos, "se percibe que a la élite no se le aplica la misma vara que al resto de la población". Foto: AFP.

¿Cuándo se jodió Chile? ¿Fue esta semana? ¿Durante el pinochetismo? ¿Con el boom minero? ¿Acaso en el siglo XIX? ¿En el XVII? ¿Cuáles son las raíces históricas de la crisis que vemos hoy? ¿Cuánto de historia y cuánto de contingencia actual hay en esa crisis?

En los últimos días se repitió como mantra una verdad: Chile es desigual. Lo es como el resto de América Latina, la región más desigual del mundo. En términos de brecha de ingresos, Chile está dentro de la media regional. Según el último Panorama Social de América Latina de la Cepal, en 2017, su coeficiente de Gini marcaba 0,45. De los países medidos, solo Argentina, Ecuador, El Salvador y Uruguay mostraban cifras mejores. América Latina daba 0,47 en promedio.

Algunos repiten el mantra con una leve variación: Chile es desigual, pero viene mejorando su Gini de manera sostenida desde el regreso de la democracia. Lo cual es cierto, pero explica poco en términos históricos.

“Aún siendo una buena noticia, las bajas recientes en los indicadores de desigualdad socioeconómica no son, en perspectiva, una novedad”, se subraya en la investigación Desiguales: orígenes, cambios y desafíos de la brecha social en Chile (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, 2017), sobre la historia larga de la desigualdad chilena. “El país ha conocido otros períodos de bajas y alzas, pero en promedio la desigualdad se mantuvo relativamente estable desde mediados del siglo XIX”.

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El informe ubica como un hito fundacional de la desigualdad en Chile la asignación de tierras que el gobierno colonial hizo a comienzos del siglo XVII, y que tuvo por beneficiarios a los españoles y sus descendientes blancos. Fue el origen de la hacienda, una institución que perduró tres siglos y que consolidó a una élite tradicional poderosa a la que luego se sumaron inmigrantes vascos, ingleses y franceses enriquecidos durante el XVIII y el XIX. A su vez, la explotación minera, principal fuente de exportaciones del país durante casi toda su historia, también abonó la configuración de esa élite económica concentrada.

Más tarde los sectores dominantes se renovaron, tanto en su composición como en sus fuentes de ingresos, sobre todo a partir del cambio de modelo económico impuesto por la dictadura militar. La lista actual de grupos económicos poderosos en Chile es herencia de esos años, así como el problema de la mercantilización de la educación, la salud y el sistema previsional, que agudiza las inequidades. Por lo demás, la matriz es la de siempre: un número reducido de familias sigue acaparando la propiedad o el control de los activos productivos más rentables.

El PNUD enumera seis nudos de reproducción de la desigualdad chilena:

  • Estructura productiva con circuitos diferenciados de productividad y calidad del empleo, lo que lleva a una gran masa de trabajadores con bajos salarios.
  • Concentración del capital y los ingresos en grupos económicos manejados por pocas familias.
  • Estado insuficientemente involucrado en la redistribución y la seguridad social para los ciudadanos.
  • Concentración del poder político y sobrerrepresentación de los grupos de mayores ingresos en los espacios de toma de decisiones.
  • Sistema educativo con una estructura altamente segmentada que no garantiza la igualdad de oportunidades.
  • Principios jurídicos y legales que en algunas áreas justifican las desigualdades existentes.

Sobre esos problemas estructurales, históricos, se montan dos agravantes. En primer lugar, una escasa movilidad social. No se trata solo de la brecha entre ricos y pobres, sino además, la imposibilidad de remontarla. En segundo lugar, un sentimiento generalizado de maltrato simbólico experimentado por amplios sectores marginados de los beneficios del crecimiento.

Desde hace décadas, los cientistas sociales chilenos llaman la atención sobre cómo la sensación de humillación por condición social, género, etnia, lugar de pertenencia u otras causas aparece recurrentemente en las encuestas. Las personas se quejan de malos tratos en ámbitos laborales, por el Estado, por personas de mayores ingresos, en la vía pública. “En Chile las desigualdades cristalizan en modos de interacción, en cómo las personas son tratadas, en cómo el respeto y la dignidad se confieren o deniegan en el espacio social”, señala el PNUD.

“Se percibe que a la élite no se le aplica la misma vara que al resto de la población”

Existe, además, la noción extendida de que las élites económicas y la clase política tienen privilegios y son indiferentes a las carencias de las mayorías. “Se percibe que la élite se rige por reglas diferentes y que no se le aplica la misma vara que al resto de la población –dice a PERFIL el politólogo chileno Patricio Navia, profesor de la New York University−. Cuando se supo del sistema irregular de financiamiento de campaña, la Justicia trató a la clase política con guante de seda. Ningún político fue preso. En cambio, los chilenos de a pie son tratados de forma mucho más dura por el sistema judicial. La gente ve que la cancha no es pareja”.

Si Chile siempre fue de-sigual, y si la desigualdad es la principal razón estructural detrás de lo que ocurre hoy, ¿por qué esta crisis estalló ahora? “Primero porque la economía está creciendo menos que en el pasado, y eso hace que la clase media, que confiaba que el crecimiento le abriría las puertas de la tierra prometida de la estabilidad, se ponga nerviosa”, sostiene Navia. “Segundo porque el gobierno de Piñera generó expectativas incumplidas que aumentaron la decepción y la preocupación de esa clase media. Y tercero porque las prioridades del gobierno apuntaron a ayudar a los más ricos mediante una reforma impositiva”.

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La primera respuesta del gobierno a las protestas estudiantiles por la suba del boleto del metro en las horas pico fue sintomática: el ministro de Economía dijo que, si la gente quería pagar menos, debía levantarse más temprano. El desprecio oficial ante el reclamo fue el primer disparador de la escalada de las manifestaciones. Luego la represión policial, y más tarde la brutalidad militar en las calles, no hicieron más que empeorar el escenario.

Eso obliga a pensar no solo en las causas históricas y profundas de la crisis, sino también en las modulaciones actuales y circunstanciales que la detonaron. “Comprender cómo y cuándo ocurre la escalada de la protesta exige reconocer el carácter contingente de la interacción entre individuos, grupos organizados y autoridades políticas involucrados en el conflicto social −dice la socióloga chilena Sofía Donoso, investigadora del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social−. En el proceso de radicalización, el apoyo de la opinión pública, la convicción de los actores, la construcción de alianzas y las respuestas del gobierno son redefinidos constantemente y van estructurando las posibilidades para salir del conflicto”.


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