domingo 19 de septiembre de 2021
TECNOLOGíA Brecha digital
02-09-2020 20:25

Coronavirus, grieta tecnológica, robots y accesos pendientes

La irrupción del coronavirus en el planeta, apresuró la necesidad de fomentar la cooperación digital y la gobernanza de la tecnología.

02-09-2020 20:25

La emergencia sanitaria producida por el COVID-19 puso en evidencia inequidades de ingresos pecuniarios y de accesos a bienes y servicios esenciales para vivir dignamente en el mundo actual. Me centraré puntualmente en uno de estos flagelos, que se conoce como “brecha digital”, entendiéndose por tal, la distribución desigual de acceso, uso, o impacto de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) entre grupos sociales.

La irrupción del coronavirus en el planeta apresuró la necesidad de fomentar la cooperación digital y la gobernanza de la tecnología, porque la brecha digital potencia la lógica incluidos/excluidos y estira –o despedaza– el tejido social, logrando suprimir el horizonte de oportunidades soñado por muchas personas. Hay segmentos de la sociedad que no vislumbran futuro porque ya tienen el presente en jaque mate.

La irrupción del coronavirus en el planeta, apresuró la necesidad de fomentar la cooperación digital y la gobernanza de la tecnología

Es sabido que la pandemia ha modificado hábitos. Según la UNESCO, más del 90% del universo estudiantil del mundo (1.575.270.054 estudiantes) se encuentra afectado por los cambios educativos que generó un virus globalizado. El analista internacional - Andrés Oppenheimer, en su libro ¡Sálvese Quien Pueda!, publicado antes de la pandemia, cuenta la entrevista televisiva que le realizó, en la CNN en español, al profesor Einstein –un pequeño robot con rasgos del físico Albert Einstein, inventado por la empresa Hanson Robotics y que se espera que revolucione la educación mundial–. El robot está preparado para enseñar de un modo más divertido que los humanos (por entonces podía hacer hasta cincuenta movimientos faciales, era capaz de reírse, movía los ojos y hasta sacaba la lengua). Además, exhibía una paciencia ilimitada. Este futuro, que en algunas partes ya es presente, contrasta con los “excluidos digitales”, pero invita a pensar la escuela que se necesita y las transformaciones que deben realizarse para que el acceso al conocimiento, no deje de ser un derecho para convertirse en un privilegio de pocos.

Es probable que los robots educativos y otras máquinas inteligentes se propaguen por las aulas y las viviendas. Desde la llegada de Google, You Tube y otros asistentes virtuales, el rol del docente como transmisor de conocimientos ha quedado obsoleto. Los obsesionados con reducir costos, resaltan que los robots tienen disponibilidad full life, no exigen aumentos salariales ni vacaciones, y pueden explicar el mismo tema de varias formas, sin cansarse, hasta asegurarse que los estudiantes comprendieron. Estas peculiaridades que se presentan como “valor diferencial” de los robots, generarán conflictos en el campo de los docentes, porque sentirán amenazados sus empleos y sus funciones habituales y percibirán un feo olor a precarización laboral.

Las tareas de los docentes es probable que también cambie. Oppenheimer cree que su labor consistirá cada vez más en contener, en ser una especie de terapeutas, de guías, de motivadores que fomentan el pensamiento crítico y la curiosidad, y que enseñan innovación, perseverancia y tolerancia a la frustración. Pero dejemos un rato este “futuro” y volvamos a la “era pandémica”. Lejos de lo divertido que puede resultar conversar con un robot, y en medio de una tormenta sanitaria mundial sin fecha de vencimiento, el Secretario General de Naciones Unidas, António Guterres, se refirió al problema de la inequidad digital, expresando: “El internet es un bien público mundial poderoso y esencial que requiere el mayor nivel posible de cooperación internacional; sin embargo, nos están faltando esos pilares fundamentales de cooperación”. Lo dijo en el Evento Virtual de Alto Nivel sobre el Impacto de los Cambios Tecnológicos y el Alcance de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

El funcionario de la ONU enfatizó en la importancia de la tecnología digital para afrontar la pandemia, ya que las investigaciones para el desarrollo de las vacunas, la educación online, el comercio electrónico, la comunicación gubernamental y las herramientas que permiten trabajar desde la casa, se nutren de ella. No obstante, este escenario está lejos de ser la realidad de todas las personas. Para quienes están fuera de este mundo digital, la falta de acceso a la información básica de salud, puede convertirse en peligro de muerte o en sinónimo de fallecimiento.

 

Desde la llegada de Google, You Tube y otros asistentes virtuales, el rol del docente como transmisor de conocimientos ha quedado obsoleto. Los obsesionados con reducir costos, resaltan que los robots tienen disponibilidad full life

Resulta un tanto paradójico que las mismas tecnologías de información y comunicación que hasta hace poco más de una década eran resistidas en América Latina, en el campo de la salud –porque muchos tomadores de decisión creían que distraerían al personal de sus tareas habituales y no aportarían valor agregado relevante– hoy tengan un lugar central en la gestión para proteger vidas.

Aparentemente, los seres humanos entendimos que aunar saberes con tecnología, es evolución. Hoy, uno de los desafíos de los Estados y las organizaciones internacionales, es universalizar los accesos a la conectividad para facilitar que cada día más gente pueda encontrarse con las herramientas necesarias para afrontar la vida del mundo nuevo.

El avance veloz de la tecnología digital produjo una fisura en la sociedad global, como si varias toneladas de dinamita hubieran estallado al mismo tiempo y generado una grieta profunda, que dejó a un inmenso colectivo encadenado al pasado, a la imposibilidad de progreso, y a la postergación.

En la Argentina, en el último trimestre de 2019, un estudio del Observatorio de la Deuda Social Argentina (de la Universidad Católica Argentina) ya mostraba que el 47% de los estudiantes no tenían acceso a internet, que el 60% no tenía teléfono celular y que el 40% no contaba con una computadora. Los datos de esta pesquisa ponen en relieve que varios de los problemas ya existían, pero la pandemia hizo que los reflectores los enfoquen con mayor intensidad y les otorguen más visibilidad.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), observando un diagnóstico sombrío en la región, propone una canasta básica de tecnologías de la información y las comunicaciones a todos los hogares, con un costo anual inferior al 1% del PIB. La idea que persigue minimizar el impacto del COVID-19 en América Latina, incluye una computadora portátil, un teléfono inteligente, una tablet y un plan de conexión para los hogares no conectados. Este proyecto forma parte del informe especial COVID-19 N⁰ 7, titulado “Universalizar el acceso a las tecnologías digitales para enfrentar los efectos del COVID-19”–fue presentado recientemente por Alicia Bárcena, Secretaria Ejecutiva de la CEPAL–. Según este reporte, en 2019 en América Latina y el Caribe, el 66,7% de los habitantes tenía conexión a internet. El tercio restante tiene un acceso limitado o no tiene acceso a las tecnologías digitales debido a su condición socioeconómica, en particular su edad y localización. Los datos comparativos esgrimidos, revelan también que, en Europa y Estados Unidos, casi el 40% de los trabajadores puede trabajar desde su hogar, cifra que se reduce a menos del 15% en algunos países de África. En el caso de América Latina y el Caribe, la CEPAL calcula que alrededor del 21,3% de los ocupados podría teletrabajar. El estudio además exhibe que el costo del servicio de banda ancha móvil y fija para la población del primer quintil de ingresos llega al 14% y el 12% de su ingreso, respectivamente. Esto es alrededor de seis veces el umbral de referencia de 2% del ingreso recomendado por la Comisión de Banda Ancha de Naciones Unidas. Y hay estadísticas contundentes: en América Latina, el 46% de los niños y niñas de entre 5 y 12 años, vive en hogares que no están conectados a internet. La exclusión ataca sin piedad a los más pequeños, anclando su futuro.

Es deber de los Estados modernos inyectar mejoras al servicio de conectividad en áreas sensibles como seguridad, salud y seguridad vial. El problema de la brecha digital es multidimensional. No se trata solo de fibra óptica, satélites, y velocidad de navegación. El analfabetismo digital, o el déficit en conocimiento para manejar esa nueva tecnología, es otra dificultad igual o peor que la carencia de infraestructura. Formar educadores digitales para democratizar los conocimientos, pareciera ser una urgencia urgente (valga la redundancia). El coronavirus hizo que la grieta tecnológica “ganara” lugares en la agenda política. Esto exige repensar la educación también. Porque formar estudiantes, ciudadanos y ciudadanas con contenidos del siglo 19 para enfrentar los desafíos del siglo 21, no conducirá al progreso inclusivo tan añorado y pregonado por las organizaciones internacionales en las cumbres globales. Lo que generará es todo lo contrario: expulsar a quienes hoy ya están rezagados. Y esto siempre trae aparejados efectos colaterales nocivos.

Cuarentena extensa y normas contra el desarrollo

Hoy los diagnósticos sociales indican que los conectados y los desconectados conforman otra grieta. Los primeros vuelan por un ciberespacio con aroma a esperanza y expectativas positivas. Los segundos, en cambio, están varados viendo como sus sueños se hunden, en un mundo que se muestra dispuesto a seguir avanzando sin ellos. En este preocupante abismo digital, están quienes incorporaron la tecnología a sus vidas, a tal punto que no imaginan sus días sin ella, y quienes quedaron a la intemperie, viendo un mundo repleto de puertas cerradas. Este flagelo, incluye una brecha de acceso territorial, una brecha en materia de competencias digitales, una brecha intergeneracional y una brecha cultural (porque el origen de los contenidos mayoritarios tiene tendencia homogeneizadora, lo dificulta la construcción de identidades locales).

Es probable que los robots educativos y otras máquinas inteligentes se propaguen por las aulas y las viviendas

En esta situación repleta de incertidumbres, que sugiere estar navegando a la deriva, puede hallarse el norte, en las ocho recomendaciones incluidas en la guía elaborada por el Panel de Alto Nivel para la Cooperación Digital: conectividad universal; bienes digitales públicos; inclusión en el mundo digital de los más vulnerables; construcción de capacidad digital; apego a los derechos humanos en el espacio cibernético; inteligencia artificial ética, confiable, sustentable y segura; confianza y seguridad digital; y cooperación digital global.

Vivimos en un planeta frecuentado por gigabytes, por lo tanto, es clave el abordaje que se le confiera a la conectividad digital como instrumento para lograr una recuperación incluyente y sostenible. De lo contrario, los contrastes seguirán agudizándose y la especie humana tendrá cada vez más razones para preocuparse, y menos motivos para auto- vanagloriarse

*Analista internacional, director y profesor de Gestión de Gobierno en la Universidad de Belgrano; consultor político, autor de Postales del Siglo 21 y Malvinas.