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COLUMNISTAS / UN PAIS EN SERIO
domingo 4 febrero, 2018

Chocobar por la noticia

La verdadera cláusula gatillo la tienen las tarifas, que afectan a los pobres como Boudou. Nepotismo de los Barros Schelotto.

por Pablo Marchetti

No me parece un dato menor el hecho de que un policía no pueda correr a un delincuente porque está gordo. Y que, como no puede, le dispare. Foto: presidencia

—No puedo más –digo casi sin poder respirar, totalmente sudado, y me detengo buscando un poco de aire.

Salí a correr por los bosques de Palermo pero la ciudad es un infierno. Y, debo reconocerlo, mi estado físico no es lo que se dice óptimo.

—Pero no corriste ni cincuenta metros –me dice Matías, mi personal trainer–. Le prometí a Carla que iba a ponerte en forma para que arranques en la tele.

—Hace 43 grados de sensación térmica, me voy a deshidratar –digo con el último aliento que me queda.

—¡Vamos, dejá de buscar excusas y seguí corriendo! –insiste Matías que, evidentemente, quiere verme muerto.

—¿No podés buscar algún ejercicio un poco más relajado? –pregunto–. No sé, otra cosa. Yoga, tai chi, natación en las piletas dibujadas de la Ciudad…

—A vos lo que te gustaría es hacer siesta gym, ¿no? ¡Vamos, dale, movete que no podés salir en la tele con esa busarda!

—¿Por qué no? –me quejo, sin moverme y secándome el sudor con la

remera–. Si Chocobar puede ser un policía héroe con esa busarda que tiene, ¿por qué yo no puedo hacer periodismo con estos kilitos de más?

—¿Kilitos de más? ¡No jodas! Aunque es verdad lo que decís de Chocobar. Parece Gorgory, el jefe de policía de Los Simpson, que dispara porque no puede correr ni un colectivo.

—Ojo que, quién te dice, en una de esas el tipo es rápido para manguear pizza…

—Chocobar –dice Matías y se queda pensando–. Parece una joda. Digamos que el apellido tampoco lo ayuda. Una mezcla de bar y chocolate. Demasiadas calorías. Hubiera sido distinto si se llamaba Delgado. O Magro. O Frutagym. O Apiopilates.

—Igual, si digo algo sobre Chocobar debería hablar del gatillo fácil, del cumplimiento del deber de un policía, de la Justicia, de…

—Y también de la busarda –me interrumpe Matías–. ¿O acaso eso no forma parte también de la instrucción que debe tener un policía? No me parece un dato menor el hecho de que un policía no pueda correr a un delincuente porque está gordo. Y menos aún que, como no puede correrlo, le dispare por la espalda.

—¡Vos estás discriminando a los gordos! –me quejo–. O, mejor dicho, a las personas con capacidades abdominales diferentes, como un servidor.

—No, yo sólo digo que no pueden ser policías.

—Claro, para vos es fácil, como tenés los abdominales marcados…

—No, creo que está mal –insiste Matías–. Y me parece horrible que Macri y Bullrich premien así a Chocobar.

—Es cierto, están avalando el gatillo fácil e intercediendo en una medida del Poder Judicial…

—No, lo que digo es que, si quieren premiar a Chocobar, que lo hagan pero de otra manera. Que le regalen una liposucción, por ejemplo.

—Basta, no sigas hablando de gordura que no logro bajar un gramo y me estoy por quedar sin aire –digo, mientras me acerco a un banco del bosque de Palermo, para sentarme un momento.

—¡Ni loco dejo que te sientes! –me grita Matías–. ¡Vamos, a correr!

Corro otros 50 metros y siento que estoy a punto de escupir los pulmones. Tengo ganas de putear a Matías con más violencia con la que Jorge Triaca putea a su empleada doméstica.

—No puedo más, me rindo, vuelvo a la productora –digo finalmente.

Matías me mira con la misma resignación con la que se pagan las tarifas con aumento y sigue entrenando solo. Entro a la productora con la convicción de que entre las cinco cuadras que

caminé para llegar y los 80 metros que corrí con Matías ya cumplí con la cuota de ejercicio físico diario. Me siento renovado y bendecido. Me siento Chocobar.

—¡No sabés lo que vino de luz y de gas! –me dice Moira, mi secretaria, a modo de bienvenida, agitando un par de facturas de servicios.

—¿Y ahora qué hacemos? –pregunto.

—No sé, esperar a qué kirchnerista meten preso para tapar el tarifazo –responde Moira.

—¿Vos qué decís? –pregunto–. ¿Quién será?

—¿Sandra Russo? ¿Leonardo Greco? ¿Florencia Peña? Parece que hay un juez que está viendo todos los episodios de Señor y Señora Camas y que tiene pruebas contundentes…

—No entiendo cómo es que meter presos a kirchneristas logra tapar los aumentos…

—No solo los aumentos –agrega Moira–. También los decretos, que se saltean al Congreso Nacional y…

—¡Callate! –me interrumpe Moira.

—¿Por qué? –pregunto, sorprendido.

—Vos no podés hablar del Congreso porque tu mujer trabaja allí.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Es nepotismo y este gobierno está combatiendo el nepotismo –dice Moira.

—Hay algo que no me queda claro sobre el nepotismo: ¿qué piensa hacer Macri en Boca? Porque se supone que Angelici también debería dar el ejemplo…

—Obviamente, pero no entiendo a qué te referís.

—Es que si la idea es combatir el nepotismo, Angelici va a tener que optar entre Guillermo o Gustavo Barros Schelotto –digo.

—Me imagino que se quedará con Guillermo –opina Moira–. Gustavo es el Alicia Kirchner, el Pepe Scioli, el Jorge Macri de Guillermo.

En ese momento entra Carla con una bolsa llena de tapitas de gaseosas.

—¿Tienen tapitas? –pregunta, ofreciéndonos la bolsa–. Les recuerdo que si tienen tapitas las pongan en esta bolsa. Es por una buena causa.

—¿Estás ayudando al Hospital Garrahan?

—No, esto es para gente mucho más necesitada –explica–. Es para Amado Boudou, que acaba de ser padre y está en la lona.

—¿Vos decís que con las tapitas le alcanza?

—También pueden contribuir con pañales, chupetes, algodón, óleo calcáreo…

—A mí me da la sensación de que algo de plata le debe haber quedado a Boudou, ¿no? –opina Moira.

—Quién sabe –dice Carla–. Tal vez sea una nueva táctica del Gobierno. Ya probó la cárcel: cada vez que hay que hacer un ajuste, va un kirchnerista preso. Ahora pueden haber pasado a la etapa de la indigencia: cada vez que hay que hacer un ajuste, va un kirchnerista a la bancarrota.

—Me cuesta creer que sea así –opino–. ¿Cómo va a estar en bancarrota el tipo que manejaba la impresión de billetes? Además, en este país, el que no corre vuela.

—Y el que no, dispara –dice Moira–. Como Chocobar.

—Es cierto –admite Carla–. En la política argentina todo el mundo vuela. El problema es que cuando estás en el gobierno volás en primera.

—¿Y cuando dejás el gobierno? –pregunto.

—Ahí la cosa cambia –responde Carla–. Y empezás a volar en low cost.


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