COLUMNISTAS

Escuálidos

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Nunca terminaré de entender las razones de nuestra venenosa paranoia. Formo parte de un país que siempre se siente perseguido, todo el tiempo y a propósito de cualquier situación. ¿Por qué sería siniestro revelar que Boca le paga dos millones de dólares por año a Carlos Bianchi? En países normales, los ingresos de las estrellas no son un misterio, forman parte del acervo informativo de la sociedad. Si Bianchi se lleva mensualmente de Boca la sabrosa cifra de 166 mil dólares libres de impuestos, será porque el club/empresa contratante los puede pagar. ¿Dónde está el crimen? Es llamativo que desde ámbitos que defienden una cultura basada en retribuir libremente méritos y capacidades, se hable de una “campaña” para escupirle el asado a la institución. Hay una Argentina que azuza febrilmente la pesadilla persecutoria de las “campañas” en su contra, retórica de un socialismo de imbéciles.

No soy tan joven como para olvidar que el gobierno militar de los años setenta acuñó la consigna de “campaña antiargentina”, tratando de desacreditar (torpemente) las fundadas imputaciones que se le hacían desde Occidente sobre las persecuciones, secuestros, tormentos y asesinatos masivos de aquellos años. Pasó hace casi cuarenta años, pero advierto que, país de dura costra, el concepto no sólo no desapareció en la Argentina, sino que sigue siendo intensamente mentado por el gobernante modelo. ¿Ignoran que es un razonamiento chapucero y –además– portentosamente delirante? Axel Kicillof volvió a las andadas esta semana, cuando salivó con deleite al denunciar “campañas mediáticas” contra su gestión. Es una visión paranoica y además profundamente reaccionaria, puesto que parte de la base de que la sociedad es pasiva e impotente al recibir (¿inerme?) el accionar de “los medios”. Un día más tarde, Cristina volvió a vociferar contra “los medios”. Es la obsesión satánica del grupo gobernante. Vanguardistas a destiempo, siguen sosteniendo, como en los años setenta, que las masas están alienadas, cautivas de ideologías burguesas

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Me detengo en el profundo parecido de los procedimientos que exhiben estas conductas: siempre hay alguien haciendo daño para embromarlos, ellos jamás cometen errores. El caso de Bianchi y Boca exhibe, además, una fuerte hipocresía cultural, de acuerdo con la cual las cosas no existen mientras se las oculte. Es el viejo tic de combatir las “vigilanteadas”, esa procaz manera argentina de desacreditar las denuncias de ilegalidades. Nada molesta aquí más que la verdad sin bótox: no hay inflación en el país, lo que pasa es que los precios se deslizan. ¿O acaso las torturas más salvajes no eran calificadas hace no muchos años de apremios ilegales? Enamorados de las apariencias, estamos exultantes porque todo el hemisferio reunido en ese paraíso de la libertad que es La Habana (pero en el que ningún progresista querría vivir más de dos semanas) apoya el reclamo de soberanía de la Argentina por las famosas islas Malvinas. Tengo derecho a preguntarme, ¿y cuándo harán un reclamo igualmente fervoroso para que se elimine, o al menos reduzca, la obscena pobreza e indigencia de muchos de los países de la región cuyos gobiernos se ufanan de ser populares?

Hay que olvidarse de estas aspiraciones. ¿Lenguaje de la verdad? Ya no me hago ilusiones. Para Kicillof, de cuya gestualidad facial y tono de voz jamás desaparece esa presunción despreciativa e insolente, según la cual todos, menos él, somos idiotas o criminales, la Argentina enfrenta heroicamente una “campaña mediática”. ¿Egresado del Nacional Buenos Aires? Pobres de nosotros. El ministro anuncia que “se abortan las campañas encaminadas a generar la confusión”. Truculento relato stalinista, mecanismos arcaicos, bocanadas de mentiras pergeñadas para alegar, que “todo va bien, señora marquesa”. Me da que pensar que en un país cuya primera mandataria padeció un falso “positivo”, los diagnósticos sean tan falibles, tan escuálidos.

En un reciente y apabullante dossier en The New Yorker, el consagrado John Lee Anderson advierte, desde La Habana, “el horrendo legado del stalinismo, que por décadas fue la religión de Estado en Cuba”. Informa que las calles de La Habana son hoy todo lo contrario de un paraíso de los trabajadores, porque lucen igual que la última vez que la visitó, en 1998: golpeadas, despintadas y pobres, una ciudad decadente donde prevalece la eterna escasez de todo y en la que la gente se pasa la vida “resolviendo” situaciones cotidianas de necesidad. Subraya que el aparato cultural del Estado sigue siendo controlado por media docena de leales a los Castro, en un país de lectores cada vez menos letrados porque no se publica casi nada escrito fuera de Cuba. Habla de un país en el que Fidel Castro prohibió en su momento el golf como pasatiempo de los burgueses, pero donde ya hay permisos para la construcción de canchas exclusivas para extranjeros, rodeadas de condominios y shopping malls. “En La Habana, por primera vez, vi gente viviendo en la calle en harapos, enfermos mentales y cartoneros” puntualiza Anderson. Nada de eso vio la comitiva oficial argentina días atrás, con su pintoresca y estrafalaria tripulación de florencias y leopoldos, además de una presidenta conmovida, medio siglo después, por el Che Guevara.

Excepto la verdad, nada es imposible aquí. Todo va a las mil maravillas, si no fuera por las “campañas”. ¿O acaso no acaba de denunciar una campaña contra él y el Gobierno el comandante del Ejército Nacional del Pueblo, el inteligente César Milani?

 

www.pepeeliaschev.com – Twitter: @peliaschev