CULTURA
SIN INTERVENCIN HUMANA

La revolución de los libros escritos por computadoras

¿Queda aún lugar para el autor, o su presencia es reducible a un software inconsciente?

El editor ruso Alexander Prokopovich presenta Amor verdadero (2008), la primera robotnovela, una historia basada en Anna Karenina pero escrita al estilo de Haruki Murakami. El programa tardó sólo tres
| Cedoc

El Señor Hágalo Usted Mismo. Desde hace unos años se viene hablando de Philip Parker como “el escritor más rápido del mundo” o “el escritor más prolífico de la humanidad”; en ambos casos las categorías son equivocadas, porque lo que este académico de Ciencia de la Administración de la Escuela de Negocios de Insead desarrolló fue una máquina llamada Long Tail, que funciona en base a algoritmos capaces de detectar la fórmula para recrear un género determinado: poesía o no ficción, por ejemplo. Philip Parker dice que “cualquier género de ficción que pueda reproducirse con una ‘guía para bobos’ podría ser creado por un algoritmo”. Esto aumenta la rapidez y reduce los costos, ya que se podría escribir un libro en veinte minutos y a un costo de US$ 0,23, eliminando de paso con esto los intermediarios e incluso al autor. Según Parker, mientras un género más suscribe a una fórmula más sencillo es crear el algoritmo, que por el momento tarda de dos a tres años en desarrollarlo.

Pero los planteamientos de Parker no son sólo utopías, son presente: hasta finales del año pasado ICON Group International Inc., la empresa de este economista, ya había creado un millón de libros, la mayoría de ellos papers u obras de no ficción que pueden encontrarse en Amazon. Entre sus textos más vendidos están Diccionario albanés-inglés y El mercado de la importación y exportación de residuos de metales ferrosos y chatarra. Pero también ha hecho “novela romántica” y entre sus desafíos está incursionar en la poesía: “Hicimos una prueba con un soneto de Shakespeare y uno producido por un ordenador. La mayoría de la gente que consultamos, sin saber quién los había escrito, prefirió el nuestro. Esto no quiere decir que sea mejor”. Y aquí reside el punto de la creación de Philip Parker: se enmarca en que el hecho de que cualquiera pueda escribir una novela o un libro de poesía se transforme en una realidad. Podríamos llamar entonces a este innovador “el Señor Hágalo Usted Mismo”.

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Silenciar los dispositivos. Nicolás Mavrakis publicó el año pasado el volumen de cuentos No alimenten al troll, donde hay un relato que narra la historia de Fireman, un sujeto que trabaja administrando los comentarios del sitio web de un importante diario. Para Mavrakis el hecho de que las máquinas a través de los algoritmos se hayan puesto a escribir se explica por lo que dijo una vez el escritor inglés Martin Amis, en el sentido de que “es inevitable que a medida que las ciencias duras ganen mayor relevancia en la vida cotidiana, a través incluso de la reformulación algorítmica, la especulación humanística y la literatura se sientan cada vez más obligadas a construir un discurso que enriquezca sus sentidos”. Cez Espósito es otra joven escritora que trabaja creando e-books y e-pubs para distintas editoriales argentinas. El año pasado publicó Silenciar los dispositivos, que es un trabajo con distintos estados de Facebook, que fue desarrollando con su editor hasta construir este libro. Ella está al tanto del trabajo de Philip Parker, pero aclara que si bien no es una especialista en el tema esto “echa por tierra cualquier imaginación sobre escritura y creación literaria a partir de un software o algoritmo desarrollado para eso. Es decir, las secuencias sintácticas se pueden generar (emulando estilos, seleccionando léxicos), pero el sentido, el sentido literario-poético humano, no es replicable por la tecnología. Aunque siempre hay programadores, tecnólogos, lingüistas y otros investigadores que se la pasan craneando issus sobre el lenguaje natural y el lenguaje artificial”.

Carlos Busqued, autor de Bajo este sol tremendo, en cambio, cuyos tuits pueden leerse como tuiteratura o literatura a secas (en una lectura reciente, de hecho, leyó sus tuits), se lo toma con humor y afirma que él es “una máquina mal construida que emite mensajes, pero de entre esas máquinas estoy entre las peores porque hablo en serio”, y enseguida reflexiona más en serio sobre el oficio: “Escribir es una desgracia”. Retomando su humor, dice que le gustaría ver “la cara del pobre software cuando quiera cobrar un mango de eso”.

La paradoja. Resulta curioso que mientras algunos escritores se esmeran por retratar la realidad del lenguaje virtual o de las redes sociales, con distinta suerte, al final hayan sido algoritmos o softwares los que hayan terminado imitando la creación humana. Mavrakis, en todo caso, aclara que la intención en sus cuentos no fue imitar el lenguaje de un software, “porque eso sería un ilegible código binario, sino más bien un pequeño retrato de las obsesiones de ese cruce paradojal entre software y literatura”. La afirmación de este autor sirve para hacer una advertencia: no toda novela o cuento que aborde la realidad de las redes sociales o del mundo virtual se aleja necesariamente del realismo imperante y rompe con las convenciones. El hipertexto es la narrativa del mundo virtual, pero esa narrativa (saltar de una cosa a otra y de ahí avanzar en el relato) no rompe ningún esquema dentro de la novelística. De hecho, es bastante probable que este modo de narrar haya llegado desde la novela. Para reafirmar esto, Philip Parker dijo en una entrevista que él no había creado ninguna nueva forma de escribir: “Todo lo que estoy haciendo es escribir programas de ordenador que simulan la forma de escribir”.

Un ejemplo de hipertexto. La primera novela de J.P. Zooey, Sol artificial (2009), es uno de los mejores ejemplos de imitación del hipertexto. Aquí, de la construcción del personaje Zooey se pasa, a través de múltiples saltos, como si fueran ventanas de internet, a los textos que supuestamente escribió a modo de paper o entrevista. En casi todos ellos hay una preocupación por el futuro a partir de la tecnología, pero uno de estos textos en particular es inquietante porque resume el funcionamiento de la máquina de Philip Parker, claro que en otros términos: “El dactilógrafo es una máquina lectora de huellas dactilares: las traduce a dibujos y sonidos. Tiene la apariencia de un tocadiscos. En la superficie se debe apoyar la gigantografía de una huella, y entonces un brazo láser comienza a escanearla. Una vez terminado el proceso, el dactilógrafo expulsa una hoja con un dibujo que corresponde a la traducción de esa huella”. Lo que Zooey escribió pudo ser, sin saberlo quizá, el modo en que funciona la máquina de Parker.

Fanfic o como escribir ficción. Un punto anterior a lo que Philip Parker diseñó son los centros de redacción disponibles en la web. Es decir un lugar que si bien no escribe por sí solo ficción o no ficción, ayuda a hacerlo, como el W-Pal (The Writing Pal, An Intelligent Tutoring System that Provides Interactive Writing Strategy Training) del Departamento de Psicología de la Universidad de Memphis o el Writetolearn. Como bien detalla Daniel Cassany en su libro En_línea. Leer y escribir en la red, algunas editoriales y empresas de educación ofrecen webs de pago más sofisticadas, con videos explicativos, tutoriales en línea, ejercicios autocorrectivos, programas de corrección automática. Pero en general estos centros de redacción están ligados a la educación; por ejemplo en Writetolearn los alumnos escriben un primer borrador de acuerdo con una consigna y lo cuelgan en la web; luego el programa asigna aleatoriamente varios revisores para cada escrito entre los compañeros, que deben leer y valorar siguiendo criterios preestablecidos por el sistema; paralelamente el docente revisa los escritos por su cuenta; finalmente, “cada aprendiz accede a todas las revisiones realizadas de su texto, sean de los compañeros o del docente, las compara o matiza, y reformula el texto”.

Pero además de estos centros de redacción, Cassany señala que al amparo de las redes sociales ha surgido un tipo especial de literatura. El más interesante, dada su difusión, es el fanfic, o ficcionmanía, “que consiste en la creación de una obra nueva (secuela, precuela, ramificación) que recrea el universo de una novela, film o cómic popular”. Cassany advierte que, aunque no es un género del todo nuevo (El Quijote y El lazarillo de Tormes tuvieron sus seguidores y fueron objeto de copias y parodias), el fanfic se caracteriza por abarcar “grados de elaboración textual muy diferentes”. Ejemplos de este género son Albus Potter, que relata las aventuras de los hijos de Harry, y Harriet Potter, que cuenta cómo los alumnos de Hogwarts cambian de sexo durante unas semanas.

¿La primera robot-novela? Amor verdadero fue anunciada en 2008 como la primera robot-novela. En sus páginas puede leerse: “Estaban sentados a la orilla con sus camillas tan cerca del agua que las olas, pesada y torpemente como las focas embarazadas que salen arrastrándose, casi tocaban sus piernas”. El responsable de este texto fue PC Writer 1.0 y tardó sólo tres días en escribirlo, aunque claro, hay una trampa: la historia está basada en Anna Karenina, de Leon Tolstoi, pero escrita al estilo del japonés Haruki Murakami. Para que esto se pudiera realizar, la editorial Astrel de Rusia convocó a un concurso entre informáticos. Tardaron ocho meses en desarrollar el software. En declaraciones al San Petersburgo Times, poco después de publicado su trabajo, Prokopovich aclaró que su programa “no podrá nunca convertirse en autor, así como Photoshop jamás podrá ser Rafael”, aunque sí ayudará a “popularizar la literatura en una época en la que, lamentablemente, el ordenador genera más interés que la letra impresa”. Aunque se vendió como una robot-novela, Amor verdadero, de PC Writer 1.0, guarda muchas semejanzas con lo que sería una novela fanfic, por la variante que hace de Anna Karenina.

El entusiasmo de un editor. Al escritor y editor Damián Ríos le entusiasma la idea de empezar a leer libros creados por máquinas y explica que “la idea de los talleres literarios, o al menos de los que yo doy, es que a partir de unas pautas cualquiera pueda producir una novela o un cuento; esto simplemente lo automatiza”. A Ríos, uno de los promotores del e-book en Argentina desde su sello (Blatt & Ríos), le parece atractiva la creatividad que hay puesta en esos softwares, y confía en que “ya vendrán programas que hagan programas”. Y, por otro lado, coincide con Cez Espósito en que el talento humano es irreemplazable, y no sólo eso, sino que también sigue siendo más barato: “Si traés un buen programa que haya hecho una novela, yo me lo leo. Por ahí prefiero una novela de César Aira o de Osvaldo Lamborghini. En ese sentido sería interesante desarrollar un algoritmo que haga una novela a lo Aira, pero por lo que tengo entendido esos programas no se hacen de un día para otro”.

Fin del periodismo. Kristian Hammond, cofundador de Narrative Science, es, como Philip Parker y Alexander Prokopovich, otro de los innovadores en esto de desarrollar una escritura de máquinas. Según él, hacia 2030 el 90% de las noticias estarán redactadas por robots, y apuesta a que el primer robot en ganar el premio Pulitzer lo hará en 2017. Parecen predicciones del estilo de Julio Verne, pero el algoritmo de Narrative Science está en operaciones y presta sus servicios comercialmente. Muchos han hablado de fin del periodismo, de hecho en Twitter ha sido un hashtag por algún tiempo. Por esto a nadie debería extrañar que la revista Forbes tenga contratado un servicio de escritura automática de noticias y que este servicio sea conocido como robot-periodismo. Ante la acusación de que Hammond pudiera estar quitándoles trabajo a los periodistas, él aclara que “nadie ha perdido su trabajo por nosotros”.

De todos estos innovadores el único que es escritor y que está en la industria editorial es Alexander Prokopovich, el resto proviene de disciplinas científicas, con diversas intenciones: Parker, como economista, quiere reducir los costos de producción y que escribir un libro sea un servicio para que el no se necesite un particular talento; Hammond, con experiencia como investigador en inteligencia artificial, pretende generar buenas historias que atraigan lectores. En todos, sin embargo, está muy nítida la oportunidad de hacer negocios. La forma de narrar sigue intacta, a la espera de que los escritores despierten.

  

Mano a mano (por Mariano Blatt, poeta y escritor)

Cuando me cuentan la “novedad” de que alguien desarrolló, tras años de investigación, un software que escribe libros automáticamente, pienso que se trata de un chiste o que de alguna manera se coló en mi bandeja de entrada un mail de 1999, lo cual no sería muy improbable: internet anda tan mal últimamente… Pero no, parece que en 2013 esto es, todavía, una “noticia”. Para mí se trata de un invento viejo, viejísimo. Más propio de aquellas épocas en las que cualquier cosa parecía novedosa en internet (¡escribir novelas entre muchos internautas!, ¡cadáveres exquisitos automatizados!), en fin, experimentos inocuos y aburridos, destinados a hacer perdurar esa idea escolar y equivocada, pero a la vez desafortunadamente extendida, de que la literatura es el territorio de lo choto. ¿Que alguien inventó un software al que ingresándole algo de data y, gracias a unos logaritmos súper complejos, produce un contenido a medida? Google y Facebook vienen haciendo lo mismo desde hace años y con resultados mucho más interesantes que “un libro de crucigramas con temática animales de la selva”. ¿Que el que lo inventó aprovecha que la máquina puede escribir un libro cada veinte minutos y ya publicó centenas de miles de títulos, algunos de los cuales se transformaron, por una cuestión de probabilidades, en best sellers? Tampoco me resulta algo nuevo, internet viene sirviendo para hacer millonarios a una, dos o a lo sumo tres personas a la vez desde que existe. De todas maneras me consuela que esto sea “lo último” en materia de tecnología aplicada a la producción y el consumo de entretenimiento. Me consuela porque confirma una idea que viene sosteniendo Carlos Gradín, una de las cabezas más lúcidas de nuestro tiempo: que el futuro no está en internet. Para colmo, esta maquinita de hacer libros a pedido me hace acordar a esos souvenirs que se conseguían en los shoppings: la tapa de la revista Times con tu foto. Por último, y en realidad esto sería lo único por lo que podría considerar interesante el invento: ¿Escribirá bien? ¿Creará algo que valga la pena? Miren que yo no tengo un nivel de exigencia muy alto: si el uso del lenguaje es fresco y no se le ve la hilacha (ni la intención de…), me alcanza. De todas maneras, no le tengo fe a la maquinita. De hecho, la desafío: tírennos (a ella y a mí) un tema, algunos datos y determinadas variables. Cuenten veinte minutos. Veamos quién escribe mejor. No tengo dudas de quién va a ganar…