Durante las vacaciones 2026, miles de personas viajarán a destinos de altura del Norte argentino y la Cordillera, donde el apunamiento y las condiciones de manejo representan dos de los principales riesgos. El Mal Agudo de Montaña puede aparecer a partir de los 2.400 metros sobre el nivel del mar y está directamente relacionado con la velocidad del ascenso, mientras que la conducción en altura exige técnicas distintas por la pérdida de potencia del vehículo y la complejidad del terreno.
El apunamiento no es causado por la altura en sí, sino por la falta de tiempo del organismo para adaptarse a la menor disponibilidad de oxígeno. Cuando el ascenso es rápido, la presión parcial de oxígeno disminuye y el cuerpo necesita realizar un mayor esfuerzo respiratorio para mantener la oxigenación de órganos vitales como el cerebro y el corazón.
Los síntomas más frecuentes incluyen dolor de cabeza pulsátil, náuseas, mareos, falta de apetito, cansancio extremo e insomnio. En casos más severos pueden aparecer vómitos persistentes, confusión o desorientación, señales que obligan a descender de inmediato, ya que no existe tratamiento efectivo que reemplace la pérdida de altura.
A estos riesgos se suman las particularidades de la conducción en montaña, como rutas angostas, curvas cerradas, ripio, pendientes prolongadas y cambios climáticos bruscos. Tanto el conductor como el vehículo deben adaptarse a un entorno donde los errores se pagan caro y la prevención es clave.
Cómo prevenir el apunamiento y favorecer la adaptación del cuerpo
La regla central para evitar el Mal Agudo de Montaña es el ascenso gradual. Los especialistas coinciden en que no se debe subir “de un tirón” a grandes alturas para pernoctar. Si el destino final supera los 3.500 metros, lo ideal es realizar paradas intermedias y pasar al menos una o dos noches en ciudades de altura media, como Salta o San Salvador de Jujuy, antes de continuar.
Otra recomendación fundamental es dormir siempre a menor altura que la alcanzada durante el día. Si se visitan cerros o pasos elevados, conviene descender algunos cientos de metros para pasar la noche, lo que facilita la aclimatación y reduce la aparición de síntomas.

La hidratación cumple un rol central en la prevención. El aire de montaña es extremadamente seco y aumenta la pérdida de líquidos a través de la respiración. Se recomienda ingerir entre dos y tres litros de agua por día, incluso sin sensación de sed, ya que una sangre bien hidratada circula con mayor facilidad y mejora la oxigenación de los tejidos.
La alimentación también debe adaptarse. En altura, la digestión se vuelve más lenta porque el cuerpo prioriza el riego sanguíneo a órganos vitales. Por eso se aconsejan comidas livianas, ricas en carbohidratos complejos como arroz, pastas y frutas, y evitar carnes rojas, frituras y platos muy grasos antes y durante el ascenso.
Durante las primeras 48 horas, se recomienda eliminar por completo el consumo de alcohol y tabaco, ya que ambos reducen la capacidad del organismo para captar oxígeno y agravan los síntomas del apunamiento.
Entre los recursos tradicionales, el consumo de hojas de coca —ya sea mascadas o en infusión— es una práctica ancestral ampliamente utilizada en el norte argentino y países andinos. Sus alcaloides actúan como estimulantes respiratorios y vasodilatadores, ayudando a mitigar el dolor de cabeza y el malestar general. También se aconseja llevar caramelos o alimentos dulces para contrarrestar mareos leves.
En personas con antecedentes de hipertensión, enfermedades cardíacas o respiratorias, se recomienda una consulta médica previa al viaje. En algunos casos, el profesional puede indicar medicación preventiva como la acetazolamida, siempre bajo prescripción.
Conducir en altura: riesgos, técnica y preparación del vehículo
La conducción en alta montaña implica asumir que el vehículo también “se apuna”. En motores de aspiración natural, la menor cantidad de oxígeno reduce la eficiencia de la combustión, provocando una pérdida de potencia estimada entre un 10% y un 15% por cada 1.000 metros de altura. Esto se traduce en aceleraciones más lentas y mayor exigencia mecánica.

Para compensar esta pérdida, se recomienda evitar marchas largas y mantener el motor a un régimen de revoluciones más alto, utilizando cambios más bajos para obtener mayor torque. Forzar el acelerador en una marcha alta solo aumenta el consumo y el desgaste sin mejorar el rendimiento.
En subidas prolongadas, es clave no exigir de más al motor y estar atento a la temperatura, incluso cuando el clima es frío. El sistema de refrigeración trabaja bajo mayor exigencia y la presión cambia con la altitud, por lo que el líquido refrigerante debe ser de buena calidad y el radiador estar en óptimas condiciones.
En descensos largos, la técnica central es el uso del freno motor. La regla práctica indica bajar con la misma marcha que se utilizó para subir. El abuso del freno de pie puede provocar el recalentamiento del sistema, hacer hervir el líquido de frenos y generar pérdida total de capacidad de frenado, un fenómeno conocido como fading.
En rutas de cornisa y ripio, la prioridad de paso corresponde siempre al vehículo que asciende, ya que retomar la marcha cuesta arriba es más difícil. Las maniobras deben ser suaves, evitando frenadas bruscas o giros repentinos del volante, ya que la adherencia es limitada.
El uso de la bocina en curvas cerradas y sin visibilidad es una práctica de seguridad habitual en montaña, ya que permite advertir la presencia a camiones o colectivos que circulan en sentido contrario. Mantener las luces bajas encendidas las 24 horas también es obligatorio y fundamental para ser visto.
Antes de viajar, se recomienda realizar un chequeo específico del vehículo: presión y estado de los neumáticos, incluido el auxilio, funcionamiento de luces, nivel de combustible y sistema de refrigeración. En zonas como la Puna o la Cordillera, nunca se debe pasar de largo una estación de servicio sin cargar combustible, ya que las distancias son largas y el consumo aumenta en subidas exigentes.
Finalmente, el clima en altura puede cambiar de forma abrupta. Una jornada soleada puede transformarse en minutos en una tormenta de granizo. Por eso, se aconseja llevar abrigo, agua, alimentos y una manta térmica dentro del habitáculo, no en el baúl.