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COLUMNISTAS / despedidas
sábado 26 enero, 2019

Hacia el baldío

La vi por última vez hace unos meses. Jamás se me hubiera ocurrido pensar que un tiempo después me encontraría despidiéndome de ella, tarde y estérilmente, con estas palabras que no buscan ser un obituario.

por Rafael Spregelburd

default Foto: CEDOC

La vi por última vez hace unos meses. Jamás se me hubiera ocurrido pensar que un tiempo después me encontraría despidiéndome de ella, tarde y estérilmente, con estas palabras que no buscan ser un obituario.

Mónica Galán, actriz, figura y maravilla, estaba ya muy enferma cuando decidió suspender el tratamiento y ponerse a filmar una película. Era lo que había que hacer. El guión lo concibió junto a su sobrina Saula Benavente y la dirección es de Inés de Oliveira Cézar. Me llamaron como actor para unas secuencias desopilantes. Nadie me dijo que la película Baldío estaba preñada de despedida. Nos divertíamos tanto filmando con Mónica que la muerte no era una posibilidad. Ella interpreta a una actriz muy célebre que acepta hacer un film mediocre (del que yo era el director) un poco porque no sabe qué hacer con su vida y otro poco porque tiene que escapar de un fantasma que vive en casa: su hijo es adicto al paco. Así contado, podríamos pensar que se trata de un capítulo de alguna ficción televisiva de los 80, de las que ya no hay ejemplares ni memoria, donde siempre se aprendía algo al final y donde quedaba claro que la droga era un flagelo. Pero Baldío es todo lo contrario. Una tragedia contada por sus aristas más incompletas, más absurdas. En la película dentro de la película, Mónica actúa con una peluca rubia escandalosa alla Raffaella Carrá, e interpreta a una criminal peligrosa; maneja una banda de contrabandistas de poca monta que ocultan fajos de billetes en muñecos de trapo. La naturaleza del crimen es imperfecta, los muñecos a veces son maniquíes y a veces son peluches, los malandras son extras y gesticulan todos al unísono, y el hijo adicto al paco a veces es cariñoso y a veces es Satán. El género es imposible: la actriz falta a las jornadas, pierde el vestuario de continuidad, le cambian las líneas a cada rato. Y sin embargo, la película es un éxito; la vida, altamente improbable, es un enigma.

Filmé esas jornadas fascinado, envalentonado, confundido: era evidente –yo aún no me daba cuenta– que la historia que se contaba era una trampa. Directora, guionista y protagonista tejían en secreto, como un clan familiar en íntima ceremonia, un ritual enorme, matriarcal, sin reglas claras, abierto a la humanidad en su conjunto.

La semana pasada Mónica se fue. Se llevó su sonrisa gigantesca, hipnótica; apagó su maldad de terciopelo, la que la había hecho villana de lujo en películas de toda índole; se nos escabulló sin decirnos nada y mi cabeza retrocedió a toda velocidad a esos días del rodaje donde la vi tan feliz y tan radiante.

No es infrecuente que el absurdo de la muerte se superponga a la rutina del artista. Muchas veces solo la pequeña obra entre manos tiene sentido. Mónica aceptó el plazo último sonriendo, generosa, desbordante. Cuando la película se estrene, pienso, nuestra querida Mónica Galán será otra vez luz.


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