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COLUMNISTAS / ARQUEO DE GESTION
sábado 25 enero, 2020

La deuda de Cambiemos

El Gobierno debería producir un informe sistemático de la “herencia recibida” para evitar la decepción ante los duros tiempos que se viven.

¿Que ves cuando me ves? Mauricio Macri. Foto: Pablo Temes
sábado 25 enero, 2020

Todos los días aparece una nueva deuda, además de la externa, en áreas gubernamentales donde Cambiemos dejó obras, suscripciones, membresías y muchos etcéteras sin pagar. Tal vez encandilados por los sucesos en las playas uruguayas y argentinas –sea el desagradable lanzamiento del cerdo desde un helicóptero o el brutal asesinato de un joven por parte de un grupo de rugbiers– estas noticias circulan y pasan unas tras otra sin que se plantee la sistematicidad de la acción gubernamental. Tal vez sea la cobertura mediática. Sin embargo, las deudas han ido cobrando un volumen que no solo amenazan la capacidad de gestión gubernamental actual, sino que comprometen los años venideros.

La deuda externa. El pasado martes, el ministro de Economía, Martín Guzmán, brindó una conferencia de prensa para anunciar el envío al Congreso de la Nación del proyecto de ley “Sostenibilidad de la deuda pública externa”. En sus palabras, los objetivos generales del proyecto son: “tranquilizar la economía, reconstituir el orden macroeconómico y sentar las bases del desarrollo” y los particulares: definir la reestructuración y la definición de operaciones posibles. En su diagnóstico Guzmán fue lapidario, en no más de 20 minutos, y sin mucha parafernalia, dijo que “lo que se había hecho con la deuda es un desastre”, que en dos años el país había rifado el acceso al mercado de créditos internacionales, que este endeudamiento no había estado orientado al desarrollo para incrementar la capacidad de pago, sino al pago de la deuda y financiar la salida de capitales. Como si esto no hubiera sido suficiente, el gobierno presidido por Mauricio Macri había recibido el crédito más grande dado por el FMI, sin que el destino de los fcondos haya variado de los anteriores. Por lo que en estos términos y condiciones la deuda es impagable.

Ahora bien, la reafirmación de la voluntad de pago y el objetivo de restaurar la sostenibilidad de la deuda en principio, supone reconocer su legalidad y legitimidad, es decir pasar por alto el debate sobre las condiciones en que se contrajo la deuda, la forma en que se malgastó y la responsabilidad tanto jurídica como patrimonial de su fuga.

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El ministro fue claro en que el Gobierno busca una salida moderada, ordenada y coordinada con las provincias, sobre todo con la de Buenos Aires, sin que esto implique la mera aceptación de todas las condiciones y plazos. Ante la pregunta periodística de si el proyecto proponía dilatar los plazos o también una reducción del porcentaje, Guzmán explicó que el proyecto se inscribe en la ley de Administración Financiera que prevé que el país mejore al menos dos de tres condiciones: plazos, montos del capital y tasas de interés.

Sobre la deuda con el FMI, ante la pregunta periodística sobre las posibles reformas que exigiría la entidad (previsional y/o laboral) la única garantía que ofreció el ministro es que el programa económico argentino es diseñado y ejecutado por el gobierno argentino. No es poco. Con este marco, hay diferencias sobre qué hacer con esa deuda, incluso al interior del Frente de Todos, porque algunos sectores proponen la realización de una auditoría. Esta discusión por ahora, está abierta y probablemente, dependa del resultado legislativo del proyecto que empieza a tratarse la próxima semana. De todas maneras, esto ya implica un cambio respecto de la dinámica reciente si recordamos que el gobierno de Cambiemos rechazó sistemáticamente la intervención del Parlamento en materia de endeudamiento.

Deudas por doquier. La situación de endeudamiento no es mucho mejor en otras áreas. En las últimas semanas, se difundieron noticias sobre los pagos que AySA le realizaba al Club Boca Juniors, los intentos de funcionarios de Cambiemos de resistir en sus cargos para reclamar el pago de la doble indemnización, las deudas encontradas en los Ministerios de Ciencia y Tecnología y Obras Públicas, los millones de vacunas abandonados en la Aduana para evitar el pago de aranceles, y recientemente los préstamos que el Banco Nación le otorgó a la empresa Vicentín, importante aportante a la campaña electoral de Cambiemos, que no solo no liberaron a la empresa del estrés financiero que dice padecer, sino que dejó en estado crítico las cuentas bancarias.

La lista podría ser interminable y por el modo en que se narra pasa desapercibida en tanto relato asistemático, donde se desconectan unos hechos respecto de otros.

Sobre este punto me quiero detener. Alberto Fernández mencionó durante la campaña electoral que no hablaría de la “pesada herencia”, eufemismo utilizado recurrentemente por el gobierno de Cambiemos. El argumento del entonces candidato era consistente: él ya conocía la situación y se candidateaba precisamente porque tenía ideas, herramientas y equipos para dar soluciones. Desde su punto de vista, se trataba de un argumento sólido; aunque diría que con las siguientes excepciones: a) que la magnitud de las deudas haya superado altamente los diagnósticos, y b) que las cuentas estatales estén vaciadas, bloqueando cualquier acción estatal.

Riesgo.  Esta parece ser la situación actual, es decir una más parecida a la de enero de 2002 que a la de junio de 2003. ¿Entonces, por qué no ofrecer un informe sistemático y global del manejo gubernamental que hizo Cambiemos? Más que hacer “borrón y cuenta nueva” o que cada ministro vaya filtrando especificidades de su ámbito, es necesario identificar las consecuencias de ese proceso, poder calcular plazos, construir soluciones. De lo contrario, el riesgo puede ser alto: que las altas expectativas por el gobierno de Fernández se desvanezcan debido a la decepción por una recuperación que no va a llegar en el corto plazo, que ese tiempo de prueba en el que la ciudadanía espera soluciones, pase sin que el Gobierno recupere las herramientas económicas necesarias para llevarlas adelante, o que la sociedad reafirme que el problema es toda la clase política, que todos son lo mismo y que la salida es vía un outsider. No necesariamente la construcción de una narrativa lleva a una batalla cultural; también la puede evitar.

* Investigadora Adjunta Conicet (Citra/UMET). Profesora FCS/UBA.


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