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COLUMNISTAS / opinión
domingo 31 mayo, 2020

La varita mágica

En un momento de cada capítulo, los especialistas del programa confrontan a sus clientes con las reseñas de sus usuarios.

Karin, Nick y Dennis, los conductores. Foto: Cedoc
domingo 31 mayo, 2020

Nunca creí demasiado en los placeres culpables, pero estoy sucumbiendo a uno. Restaurants on the Edge (Restaurantes al borde) es una serie de producción canadiense que va por su segunda temporada. En cada episodio, un trío compuesto por una diseñadora de interiores, un chef y un experto en el negocio gastronómico eligen, en alguna parte bonita del mundo, un restaurante que está al borde de la quiebra. Después de trabajar una semana en la decoración, la comida y el marketing, le entregan al dueño su viejo local transformado, que ahora ofrece un espacio atractivo, un menú delicioso y una buena perspectiva económica. Los dueños no intervienen en la transformación, pero al final vuelven al lugar y lloran extasiados y agradecidos frente a tanto esplendor visual y culinario. Es un sueño hecho realidad. 

Mientras los clientes esperan que la varita mágica transforme su bar tipo Martona en el cabaret más flor, nuestros expertos recorren las inmediaciones para descubrir ingredientes, artesanías y canales de difusión que les servirán de inspiración para la criatura a punto de renacer. El trío les suele enseñar a sus clientes a ser locales, a ofrecer formas, sabores y colores más ligados a las tradiciones y a los productos del lugar. Una especie de broma recurrente es el momento en el que los forasteros descubren que un restaurante ofrece, por ejemplo, mariscos congelados que llegan de los confines del mundo mientras vemos cómo a dos pasos atracan los pequeños barcos repletos de frutos del mar recién pescados. La misión del dream team es convencer a los propietarios de las posibilidades que les ofrecen su entorno y su cultura.

Pero ese cambio de perspectiva bien puede ser una parte más del guion. Porque en Restaurants on the Edge todo parece falso y uno puede sospechar incluso que los restaurantes en peligro se fundieron hace rato y que sus supuestos dueños son actores que salieron de un casting. Pero tal vez esa sensación de falsedad se desprenda más bien del hecho de que la serie está concebida, filmada y editada con los vicios de los productos televisivos a los que se agrega la falta habitual de gracia que tiene el cine canadiense. Es más, acabo de verificar que el arquero de la selección de Malta que protagoniza el primer episodio existe y tiene un lugar de comidas. En un momento de cada capítulo, los especialistas confrontan a sus clientes con las reseñas de sus usuarios. Estas suelen ser demoledoras, pero no más de las que recibe la serie, a la que los espectadores tratan de paternalista e inmirable. 

Y entonces, ¿por qué me gusta cada vez más, aunque las críticas no sean infundadas? En primer lugar, porque es una serie de viajes y los restaurantes elegidos tienen una buena vista en una locación hermosa. Después porque los platos parecen apetitosos y me hacen acordar que alguna vez he comido bien. 

En tercer lugar, porque los restaurantes están abiertos y no hay barbijos a la vista. En cuarto,  porque sería maravilloso contratar a un equipo para que a uno le devuelva una vida mejor al cabo de una semana. Y quinto, y más importante, porque Karin, Nick y Dennis son las únicas personas que han visitado nuestra casa en los últimos meses. Al principio me parecían un poco tontos, pero con el correr de los capítulos se han transformado en grandes amigos.


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