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COLUMNISTAS / Opinión
sábado 12 enero, 2019

Reír o no reír

Hay un tema que Camilleri trata con cuidado en sus libros y es el de la mafia, ancestral institución ligada a todo lo que el escritor detesta.

por Quintín

default Foto: CEDOC

Estuve viendo algunos capítulos de la serie El comisario Montalbano, que el canal Europa Europa emitió a granel durante los días festivos. Tardé mucho para que las novelas de Andrea Camilleri sobre el policía siciliano se convirtieran en hábito; tardé menos para convertirme en adicto de la serie, que se emite a razón de dos capítulos por año desde 1999 (las novelas empezaron en 1994), lo que me permite habitar más plenamente un universo esencialmente grato. La versión televisiva logra recrear los personajes, una clave de la saga escrita: el explosivo Montalbano, el trío de fieles agentes de la comisaría que componen el mujeriego y legalista Augello, el demasiado eficiente Fazio y el tonto angelical de Catarella. La televisión es un gran vehículo para mostrar la colección de mujeres espectaculares que alternan con Livia, la eterna e incordiosa novia de Montalbano que no sabe cocinar. Pero también para escuchar los distintos matices del lenguaje de la isla, que el lector de traducciones no puede apreciar: desde el italiano más puro hasta el dialecto más cerrado. La serie tiene algunos baches narrativos, algunas torpezas visuales y un defecto importante: aunque muestra pasajes sicilianos bellísimos e interiores alucinantes de viejas casas, las calles están siempre vacías: en ellas se ve solo a los actores, como si la policía siciliana real mandara despejar las locaciones para que no perturben la filmación.

Hay un tema que Camilleri trata con cuidado en sus libros y es el de la mafia, ancestral institución ligada a todo lo que el escritor detesta: el delito organizado, la corrupción, la crueldad, los políticos de derecha. Pero las novelas se ocupan de crímenes que ocurren en una zona gris y que tanto pueden ser ajustes de cuentas entre mafiosos como acontecimientos entre particulares. En esos casos, no faltan las comunicaciones indirectas con los capos locales que permiten deslindar responsabilidades y prolongar la convivencia pacífica. Las novelas dejan la sensación de que la mafia es una especie de condimento de la vida social o de mal necesario, preferible a perversiones delictivas más modernas. Camilleri cuenta historias de crímenes atroces al mismo tiempo que celebra la alegría de vivir que proporcionan la comida, el sexo, la natación, la amistad, la conversación chispeante. En la ficción de Camilleri, la mafia cumple la función de regular ese balance tan italiano entre la comedia y la tragedia.

Esa ambigüedad aparece en Vosotros no sabéis, un libro recientemente reeditado, en el que Camilleri se ocupa de Bernardo Provenzano, capo de la Cosa Nostra que vivió 43 años en la clandestinidad y que se comunicaba con sus subordinados exclusivamente mediante mensajes escritos. Hay en el libro una mezcla de desprecio, admiración y perplejidad frente a un personaje que pasó de ser un asesino sangriento cuando estaba a las órdenes de Totò Riina a adoptar una modalidad más reflexiva y conciliadora en los años de su propia jefatura. Camilleri trata de entender si Provenzano obraba por astucia o estupidez, por cálculo o religiosidad, como un pequeño delincuente o como un hombre de Estado. En todo caso, solo sabe a ciencia cierta que Provenzano no reía nunca. Como Guillermo Piro, que esta semana se jactaba de ello en Twitter.


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