19 oct 2020
CULTURA |¡Salud!
lunes 28 septiembre, 2020

El estornudo: orgasmo y muerte

En la sexta entrega de "Atlas del cuerpo humano", el ensayista Pablo Maurette reflexiona sobre la relación que mantiene el estornudo con el orgasmo y con la muerte.

Pablo Maurette

Un buen estornudo es algo placentero y liberador, siempre y cuando se trate de un exabrupto aislado y no de un ataque de alergia, o de un síntoma de gripe, o resfrío. Foto: Cedoc Perfil

Si el estornudo es un pequeño orgasmo y el orgasmo una pequeña muerte, la muerte ha de ser menudo sacudón, pensé el otro día tras una batería de estornudos particularmente enérgica. Insatisfecho con la evidencia sensorial que inspiró la epifanía, me precipité a mis fuentes y comprobé que, en efecto, el estornudo y el orgasmo comparten características fisiológicas. En primer lugar, son reflejos espasmódicos con un mecanismo similar: una tensión que retiene y un impulso que finalmente suelta. Además, en ambos casos el cuerpo libera endorfinas; muchísimas menos durante el estornudo que durante el clímax sexual, huelga decir. Hay quienes dicen que el estornudo es un cuarto de orgasmo. Otros, un octavo. Otros, un treintavo sexto. Por último, los cornetes nasales, al igual que el pene y el clítoris, están compuestos de tejido eréctil, es decir que tienen la capacidad de dilatarse cuando se llenan de sangre arterial. Este proceso, conocido como tumescencia, se produce como reacción ante un estímulo externo. En el caso del estornudo, suele ser un reflejo para expulsar partículas de polvo que entran por los orificios nasales, aunque puede ser consecuencia de una afección viral, de una reacción alérgica y de un golpe de aire frío o caliente. En ocasiones también sucede cuando dirigimos la mirada hacia el sol u otra fuente de luz brillante; se llama a este fenómeno “estornudo fótico”. Quien no haya fijado alguna vez la mirada en el sol de mediodía para provocarse un estornudo que arroje la primera piedra. Convengamos pues que un buen estornudo es algo placentero y liberador, siempre y cuando se trate de un exabrupto aislado y no de un ataque de alergia, o de un síntoma de gripe, o resfrío. Dudo que Donna Griffiths, la joven inglesa que, entre el 13 de enero de 1981 y el 16 de septiembre de 1983, estornudó sin parar hasta dos mil veces por día, encontrase deleite en la excepcional condición que, dicho sea de paso, le valió una entrada en el Libro Guinness de los Récords. 

En lo que respecta a la relación entre el estornudo y la muerte hay mucha tela que cortar. Para empezar, aceptemos que el estornudo es una exageración grotesca del mecanismo que nos mantiene vivos: la respiración. Una serie de inhalaciones estentóreas que se resuelven en una única exhalación impetuosa, desbordante. El histrionismo del estornudo explica, en parte, la reacción de los otros cuando estornudamos, esa curiosa costumbre automática y ceremonial que se repite desde hace milenios a lo largo y a lo ancho del planeta. Uno estornuda y otro, que puede ser un conocido o un perfecto desconocido, lo bendice a la voz de: “¡Salud!”, “Salute!”, “Saúde!”, “(God) bless you!”, “Gesundheit!”, “Shatam jeevah!” (en hindi, “¡Que vivas 100 años!”), o con expresiones más ominosas, como “Guð hjálpi þér!” (“Que Dios te ayude”, en islandés) y “Burkhan örshöö!” (“Que Dios te perdone”, en mongol). La teatralidad de la escena es una ligera falla geológica que se produce en la llanura de la cotidianidad, un recreo infinitesimal durante el que evocamos, aunque sea de manera protocolar, la dimensión espiritual. Se trata, a fin de cuentas, de una plegaria por la salud del cuerpo pronunciada indistintamente por creyentes y por ateos. Pero es también un gesto de solidaridad comunitaria mediante el cual aceptamos que el bienestar del otro nos concierne, un conjuro que nos aúna con las culturas más diversas de eras pasadas y futuras para ahuyentar al unísono y sin nombrarlo al fantasma de la muerte. 

Decálogo de lo que hay que saber sobre el orgasmo

Se dice que en Occidente la costumbre de bendecir al que estornuda nació en boca del Papa Gregorio I durante una epidemia que azotó Roma a fines del siglo VI. Esto, desde luego, es un mito. La idea de que durante el estornudo el espíritu se escapa del cuerpo momentáneamente y la creencia en el poder de la breve plegaria para devolverlo a su domicilio es arcaica. Los antiguos (griegos y romanos, chinos y persas, judíos y musulmanes) ya apreciaban la singularidad y sacralidad del estornudo. Para muchos el acto tenía cualidades proféticas. Atendiendo a la intensidad del estornudo y a la dirección en la que uno lo proyectaba se podía interpretar como un anuncio de fortunas o de miserias. A menudo era leído como un aviso de muerte. Entre los maoríes, si un guerrero estornuda mientras come significa que morirá en batalla y será devorado por sus enemigos. Según los apalaches, estornudar y eructar a la vez anuncia una muerte por asfixia. Para los gitanos, estornudar mientras uno se pone los zapatos a la mañana es un pésimo augurio y conviene volver a la cama. En el libro 17 de La Odisea, Penélope pronostica que Odiseo volverá a Ítaca y se vengará de los pretendientes. Al oírla, Telémaco estornuda. El estruendo retumba en todo el salón y Penélope ríe: “Mi hijo acaba de estornudar, ¿escucharon? Es una señal de muerte para los pretendientes”.

Pero el estornudo también se relaciona con la muerte en cuanto síntoma de enfermedad. Según una exégesis del Antiguo Testamento, hasta la época de Jacob los seres humanos no se enfermaban jamás y estornudaban una sola vez en la vida, luego de lo cual, expiraban. Imaginarlo como antesala de la muerte resalta la naturaleza liminar del estornudo. Todo estornudo implica una pausa. Las agradables inhalaciones que preceden a la explosión, durante las cuales uno a veces se excusa y haciendo un gesto con la mano pide que le concedan un momento, crean un espacio de suspensión en cuya intimidad acaso se nos revele un anticipo de la sensación que acompaña el fin de la vida. Por lo pronto, en tiempos de peste conviene tener presente que un estornudo propaga las gotitas respiratorias infectadas a siete u ocho metros de distancia.


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