El mercado laboral muestra un deterioro que ya no se limita al aumento del desempleo: crecen la informalidad, el cuentapropismo y la cantidad de personas que, aun teniendo una ocupación, buscan otro trabajo. En el segundo trimestre de 2026, el 16,9% de la población económicamente activa estaba ocupada pero buscaba activamente otro trabajo, mientras la informalidad llegó al 45% y el empleo registrado continuó retrocediendo. Y todo esto tiene lugar a seis meses de la vigencia de la Ley de Modernización Laboral, un cambio que beneficiaria a las empresas para contratar más empleados formales ya que los costos de despidos serían menores.
El INDEC registró una tasa de actividad del 48,9%, una tasa de empleo del 45% y una desocupación del 7,9%, que alcanzó a alrededor de 1,2 millones de personas. La actividad aumentó 0,8 puntos porcentuales frente al mismo período de 2025, mientras que C-P Consultora calculó que la cantidad de desocupados creció en 73.000 personas en un año y llegó a 1,164 millones.

Pero la presión laboral excede a quienes están desempleados. El 16,9% de la Población Económicamente Activa (PEA) estaba compuesto por ocupados demandantes de empleo, es decir, personas que ya tenían un trabajo pero buscaban activamente otra ocupación. Dentro de ese universo, un 8% correspondía a subocupados demandantes —personas que trabajan menos de 35 horas semanales por causas involuntarias, quieren trabajar más y buscan otra ocupación— y otro 8,9% a otros ocupados que también buscaban empleo.
Tener trabajo ya no alcanza: crece la búsqueda de otra ocupación
Los indicadores muestran así un mercado laboral en el que estar ocupado no necesariamente elimina la necesidad de buscar otra fuente de trabajo. CEPEC vinculó el crecimiento de los ocupados demandantes y de la subocupación demandante con una mayor presión sobre el mercado laboral, mientras C-P ubicó el fenómeno en un escenario de bajos ingresos. Esta última señaló que el aumento de la tasa de actividad hasta el 48,9% sugiere una creciente búsqueda de empleo frente al deterioro de los ingresos.
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La subocupación demandante refuerza la tendencia: pasó del 7,9% al 8% interanual. Son trabajadores que tienen una ocupación, pero trabajan menos horas de las que desean y buscan activamente otra alternativa. De esta manera, el problema laboral no queda reflejado únicamente en el 7,9% de desocupación, sino también en quienes necesitan conseguir más horas o sumar otra ocupación.
Los datos disponibles, sin embargo, no permiten afirmar que todo el 16,9% tenga efectivamente dos empleos: el INDEC los define como ocupados que buscan activamente otra ocupación. Sí muestran una presión hacia la búsqueda de ingresos laborales adicionales, mientras la propia metodología de la EPH contempla las múltiples ocupaciones, incluidas aquellas informales o de baja intensidad.

La informalidad absorbe trabajadores mientras cae el empleo formal
Esa mayor demanda de trabajo coincide con un cambio en la composición del empleo. En el segundo trimestre, el sector formal perdió 83.000 puestos frente al mismo período de 2025, mientras que el informal incorporó 348.000. C-P sostiene que la informalidad funcionó como refugio frente a la destrucción de puestos registrados y como principal vía para absorber a las nuevas personas que ingresaron al mercado laboral, aunque no fue suficiente para impedir que aumentara la desocupación.
El fenómeno se concentra especialmente en el cuentapropismo informal. Según C-P, fue la única categoría ocupacional que creció con fuerza durante el segundo trimestre, con más de 302.000 trabajadores adicionales en un año, mientras se perdieron 66.000 puestos entre los asalariados formales y otros 20.000 entre los cuentapropistas formales.
La desocupación trepó al 7,9% durante el segundo trimestre, informó el INDEC
El INDEC también muestra ese desplazamiento: la participación del empleo formal dentro de los ocupados bajó del 56,6% al 54,9% entre el segundo trimestre de 2025 y el mismo período de 2026, mientras el informal avanzó del 43,2% al 45%. Dentro de este último grupo, los trabajadores informales por cuenta propia aumentaron su peso, mientras la tasa de empleo correspondiente a cuentapropistas informales pasó del 6,6% al 7,6% de la población de referencia.
Menores ingresos y menos aportes: qué implica trabajar en la informalidad
El crecimiento del cuentapropismo informal no supone solamente una diferencia en vacaciones pagas, aguinaldo u otras condiciones asociadas a una relación laboral registrada. C-P advierte también sobre el impacto en los ingresos: según un estudio con paneles de 2024 y 2025 citado por la consultora, quienes pierden un empleo privado registrado y pasan a trabajar por cuenta propia sufren una caída del 28% en sus ingresos reales.

A esa situación se suma la pérdida de cobertura previsional asociada a una parte del empleo informal. Entre los 9,6 millones de asalariados relevados por el INDEC, el 37,9% no tenía descuento jubilatorio. Al mismo tiempo, los registros del SIPA muestran que el empleo asalariado registrado cayó 1,5% interanual en junio, equivalente a 147.900 trabajadores menos, mientras que específicamente el sector privado perdió 121.000 puestos.
En sentido contrario, el trabajo independiente registrado aumentó 1,3%, con 35.300 personas más, y los aportantes al monotributo crecieron 1,9%, equivalente a 40.500 trabajadores adicionales. El desplazamiento importa también para la seguridad social porque, según Fundación Mediterránea-IERAL, el aporte personal promedio representa el 11% de los ingresos de un asalariado formal, frente al 5% de un autónomo y apenas el 1,1% de un monotributista.
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El crecimiento de empleos con menores aportes presiona al sistema previsional
El informe de IERAL señala que existen 4,8 millones de monotributistas, aunque 2,8 millones están activos en el SIPA y 2,2 millones registran aportes previsionales. Además, el régimen está concentrado en sus escalones inferiores: el 55% se encuentra en la categoría A y el 78% pertenece a las categorías A, B y C. Para la Fundación Mediterránea, los bajos aportes explican que la contribución del monotributo a la recaudación nacional haya sido equivalente al 0,16% del PBI en 2026.

La diferencia se refleja en la capacidad de esos aportes para financiar prestaciones futuras. En una simulación realizada por IERAL bajo un esquema de capitalización individual con fondos que se actualizan por inflación, ninguna categoría del monotributo acumularía recursos suficientes para financiar la jubilación mínima actual de $498.633, incluido el bono de $70.000, incluso después de 40 años de actividad formal. En la categoría A, un hombre con cuatro décadas de aportes alcanzaría una renta equivalente al 9% de la mínima y una mujer, al 6%.
Incluso para la categoría K, la más alta, los fondos resultarían insuficientes bajo ese escenario: después de 40 años, un hombre justificaría una renta equivalente al 75% de la jubilación mínima y una mujer llegaría al 50%. El informe advierte además que los aportes de los monotributistas al SIPA generan actualmente una recaudación anual equivalente a apenas 0,04% del PBI.
El cuadro laboral combina así distintos problemas que se retroalimentan: cae el empleo registrado, crece el cuentapropismo informal, cae el valor de los salarios y como respuesta aumenta la cantidad de trabajadores que, aun teniendo una ocupación, buscan otra alternativa laboral. Los datos no permiten concluir que todos ellos ya tengan un segundo empleo, pero sí muestran que una parte creciente del mercado enfrenta la necesidad de conseguir más horas u otra ocupación en un escenario de bajos ingresos, mientras las modalidades que ganan terreno ofrecen menor cobertura y generan aportes previsionales considerablemente inferiores a los del trabajo asalariado formal.
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