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EDUCACIóN /
domingo 15 septiembre, 2019

La emoción de aprender

El suplemento Educación dialogó con el español César Bona, que tras ser nominado en 2014 por Global Teacher Prize como uno de los 50 mejores maestros del mundo, escribió diversos libros y recorre el mundo brindando claves para una nueva educación vinculada con el rol de las emociones y con la importancia de escuchar y hacer participar a los alumnos para enseñar mejor.

Foto: César Bona
domingo 15 septiembre, 2019

No es usual que un docente transite los sets de los canales de televisión en España, las redacciones de los periódicos de Latinoamérica o que concrete reuniones con la prensa en cafés porteños. Sin embargo, en los últimos años, César Bona ha logrado que las noticias sobre educación no sean solo de tono negativo, sino, sobre todo, esperanzadoras, proactivas y alentadoras.

Nacido hace 46 años en Zaragoza, España, Bona es maestro, uno de los que se destaca. Tras dieciséis años de trayectoria educativa, fue nominado en 2014 como uno de los 50 mejores docentes del mundo según el Global Teacher Prize, también conocido como el Premio Nobel de los educadores.

A pocas horas de haber arribado al país y a apunto de emprender su gira por diversas ciudades de Argentina, Educación dialogó con el maestro español sobre las experiencias que lo han llevado a recorrer el mundo y escribir diversos libros, entre los últimos, La emoción de aprender. Historias inspiradoras de escuela, familia y vida (Plaza & Janés).

¿Cuál creés que es la responsabilidad o, mejor dicho, la oportunidad de un maestro que, por haber estado nominado a un premio internacional, hoy se sienta en televisión y recorre el mundo?

Esta es una respuesta que puede ser amplia, pero ahora mismo no considero tener mayores responsabilidades que al estar dentro del aula. Los maestros marcamos vidas. Los gestos, lo que decimos, aquello que hacemos u omitimos, sin darnos cuenta, quedan para siempre en los niños y las niñas.

Sin embargo, creo que vino bien que un maestro saliera en los medios de comunicación. Hace unos meses un periodista de España publicó que “el trabajo del docente ha de ser callado y de pasos pequeños como las hormiguitas”. No suelo responder (sonríe), pero a este hombre le respondí: “no ha de ser callado ni tampoco de pasos pequeños como hormiguitas, cada cosa que hacemos es un paso enorme para un niño o una niña, y callado no tiene que ser porque la educación es todo. Todo comienza en la educación y es importante que la sociedad valore lo que hacen los docentes”.

 

Retomando lo que señalas en tu último libro La emoción de aprender, uno de los paradigmas que más ha cambiado en las últimas décadas es el del rol de las emociones en la educación. La empatía, la cercanía con los alumnos y entender qué es lo que los motiva, parecieran ser elementos de los últimos años. ¿Considerás que esto es así?

Al ser humano se lo denominó “ser racional”, cuando la mayoría de las decisiones que tomamos se incuban desde la emocionalidad. No entiendo cómo puede haber gente que aún diga que educar con las emociones, o desde las emociones, es una moda. Me parece absolutamente absurdo. ¿Quién no ha sentido frustración, alegría, ira o miedo? Nosotros aprendemos sobre la marcha, porque nadie nos ha enseñado sobre ello. Hay cosas que se dan por hechas o naturales, y justamente por eso no se las trabaja. Se da por hecho que sentimos miedo, y por eso no hacemos nada para modificarlo.

Creo que una de las funciones de la educación es precisamente dotarnos de herramientas.  Una definición muy sencilla de educación sería “las herramientas que tenemos o que deberíamos tener para relacionarnos con nosotros mismos –ahí entran las emociones, la empatía, etc.-, para relacionarnos con los demás –ya que somos seres sociables- y para relacionarnos con el medio en el que vivimos”. Esto último, por ejemplo, se da por hecho, pero nuestro impacto como seres humanos en la tierra es muy importante.

La empatía es fundamental para la docencia. ¿Es buena la empatía? A priori diríamos que sí. Si la usamos con ética, ciertamente. Pero, la empatía también se puede usar para aprovecharse del otro. Esto también se da por hecho, pero es lícito preguntárnoslo. En la profesión de la docencia tener ética es lo esencial. Tener buen corazón es, para mí, lo primero que debe tener un maestro o maestra.

Siempre se asocia la educación con varios verbos: aprender, relacionarse, escuchar, exigir, entre otros. Solo podemos exigir aquello que nosotros podemos dar en cuanto a actitud y no en cuanto a capacidades, porque cada uno tiene capacidades diferentes.

 

Cuando se les pregunta a los electores, no solo en Argentina sino en varios países, cuáles son sus temas prioritarios, la educación nunca está entre los primeros. ¿Por qué creés que sucede esto?

Creo que se nos olvida lo importante que es la educación. Toda nuestra vida actual tiene un origen en la educación, tanto de nuestras casas, del entorno social, de la escuela, etc. El respeto a uno mismo, a los demás y al lugar donde vivimos, empieza en la educación.

Cuando sale el tema de educación en los debates políticos, mencionan la importancia de la educación, pero luego nadie apuesta a un cambio real y valiente. Creo que esto es así porque la educación es una inversión a largo plazo, y en política, las inversiones a largo plazo no se asimilan demasiado. A ti seguro que te marcó un maestro o una maestra, y eso lo llevás toda la vida. Esas son las inversiones a largo plazo.

Cuando se hacen cambios en la educación sin escuchar a los protagonistas, es decir, a los docentes, las familias, los niños y los adolescentes, es imposible alcanzar buenos resultados. Esto lo sumo a la importancia de trabajar en equipo. Como dije al principio, este no es un concepto nuevo. Pero es importante hacerlo: docentes con familias, así sacaremos lo mejor de nuestro trabajo con los niños y las niñas.

 

En tu libro La nueva educación (Plaza & Janés) señalás que en la educación predomina una visión “excesivamente didáctica”, la cual nos fuerza a “enseñar cosas a los niños” todo el tiempo, en vez de alentar la curiosidad que naturalmente los mueve a aprender. ¿Cómo se modifica esa visión?

No le preguntamos muchas cosas a los estudiantes. El currículum suele pesar mucho y creemos que tenemos que llenar cabezas con datos. Este es el primer error en la educación. Ya se lo decía Sócrates hace mucho tiempo a sus pupilos: “hablá para que yo te conozca”. Hay que conocer a las personas que tu pretendes educar. Si yo te escucho a ti, sabré mucho más de ti, de lo que te interesa, de lo que te da miedo o alegría. Si no hago esto, te daré un montón de datos que a lo mejor no te interesan.

El título de mi libro (La nueva educación) es una invitación. No hay nada de nuevo, no hay una educación nueva. Lo que hay es una invitación a pensar que cada día es nuevo y tenemos que repensar cuestiones que son muy básicas que no se nos pueden olvidar. Hablamos de escuchar, hablamos de que cada niño y cada niña se sientan importantes, queridos, etc. Si tú, en tu trabajo, no te sientes querido, puedes, a pesar de las circunstancias, buscar otro. Un niño no tiene esa opción. Cuando dice “mamá, no quiero ir a la escuela”, la respuesta que le damos como adultos suele ser “es tu obligación”, pero por algo será que nos está diciendo eso.

Precisamente, una de las frases que aparece en el libro es del ejercicio de ponernos en el lugar de los niños: “hagamos de la escuela un lugar a donde a los niños y a las niñas le gustaría ir”. Para lograr eso, tienes que ponerte en su lugar. Todos hemos sido niños, entonces, lo que tenemos que hacer es “bajar” por ese tubo que une la adultez a la infancia, y recordar cómo sienten y piensan los niños. Si nos vamos a dedicar a educar, eso no lo podemos olvidar.

 

¿Existe alguna forma de evaluar el rendimiento educativo de forma comparada sin los sesgos que reproducen diversas pruebas estandarizadas? ¿Considerás que es necesario tenerlas para mejorar la educación a nivel país?

¿Cómo evalúas el amor, la resiliencia o el respeto hacia los demás? Es difícil evaluarlo y, además, es más complejo aún porque estás en constante transformación. Hay cosas que son difíciles de evaluar, pero tienen que estar cada día en la educación.

Hay evaluaciones que miden muchas cosas –y son importante-, pero otras tantas quedan afuera. Lo que se consigue con estos resultados es convertir a la educación en una especie de campeonato en donde una escuela o un país está primero o último.

Hay cosas que no te enseñan para ser maestro, y que tampoco se “miden”, pero son importantes. Nunca me enseñaron a gestionar grupos, por ejemplo. Estoy hablando de algo muy básico, que es buscar la conexión como seres humanos, y eso es importante. Con la tecnología, por ejemplo, Prensky acuñó el término “nativos digitales” para los niños que ya nacen en un entorno tecnológico, aunque eso no significa que sepan más que nosotros los adultos, que los estamos educando. Si tú no estás preparado para el uso ético y responsable de la tecnología, ¿quién lo va a educar en ese sentido?

Hay muchos tesoros que aparece cuando dedicamos tiempo a escuchar a las personas que tenemos alrededor. Cuando escuchamos, conocemos a los demás y cambiamos nuestros prejuicios por una convivencia pacífica y armoniosa. Esa es la finalidad de la educación.

 

Aprender de los niños parece ser tu recomendación más ferviente para los maestros ¿Cuál fue la enseñanza por parte de ellos que más te impactó?

Creo que las personas tímidas hablan poco y observan muy bien su entorno. Me considero tímido, no sé en qué momento uno se detiene y se dedica a observar. Pero cuando ves a un niño dentro y fuera de un aula, notas que se comporta distinto. Es como si lo conocieras realmente fuera de ella, en una excursión o en actividades externas.

La creatividad, la curiosidad, son cosas que parecen ser la esencia de los niños y tienen lugar fuera del aula. Me propongo derribar los muros y que no haya diferencias entre el afuera y el adentro. Un maestro tiene que ser un “abre puertas”, para que esa división entre lo externo y lo interno no sea tanta.

Hay miles de docentes que hacen una tarea espectacular. Tarea que a veces las familias no entienden, porque estamos educando de una forma distinta de aquella con la que nos han educado. Creo que la escuela no es una burbuja, no debemos educar solo para la escuela, esperando buenas notas y ya. Tenemos que educar para la sociedad. Una sociedad en donde los jóvenes se involucrarán con otras personas y con el medioambiente. 

Estoy seguro de que tú, en tu entorno, quieres gente que se comprometa. Pero eso no pasa porque sí. No te levantas de la noche a la mañana y dices “me comprometo”. Eso comienza en la escuela.

 

*Politólogo y docente (UBA)

@leandro_bruni

 

 

 

 

 

 


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