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domingo 19 mayo, 2019

Israel salió de la hiperinflación con acuerdo social más un ajuste fuerte

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Adrián Filut

Banco Central. La autoridad monetaria tuvo autonomía en el todo el proceso de transformación de la economía del país: el efecto fue de modernización y apertura. Foto: shutterstock

En los años 80, tanto Israel como Argentina estaban bajo lo que se llama técnicamente hiperinflación de 3 dígitos. Si uno piensa en cómo lo solucionó Israel, hay que pensar en un amigo obeso que quiere adelgazar. Claro que este amigo usa la estrategia de comprarse gaseosa diet o dulce de leche diet. Pero eso es encontrar un atajo. Pero si se quiere adelgazar realmente, lo que hay que hacer es comer la mitad de lo que venías comienzo y cambiar los hábitos alimentarios. Además, hay que cambiar la actitud. Y eso implica un cierto sufrimiento. Y lo que pasa con la comida es paralelo a lo que sucede con la economía. El proceso de adalgazamiento en un momento crítico es doloroso. No es que Israel apretó un botón y se bajó la inflación.

Lo primero que se hizo fue liberar el tipo de cambio. Se  salió de un sistema en el que estaba completamente controlado. Lo segundo fue un cambio dramático que se dio en 1985: el famoso acuerdo de estabilización nacional, que se firmó entre el Ministerio de Finanzas, el Banco Central, la Central Nacional de Trabajadores. No fue un acuerdo tripartito, sino multipartito, donde hubo un consenso nacional de todas las partes en el que debería terminarse con déficit fiscales que eran por entonces apocalípticos. En la década de los 80 sucedía que en febrero ya se había terminado el presupuesto nacional.

Otro de los elementos que influyeron fue una apuesta a la alta tecnología en un proceso de modernización de la economía, que incluyó la baja de los aranceles a la importación y una apertura de la economía en general. Así, se dejó de financiar a cierta industria y se apostó a la innovación.

El resultado fue que la balanza de pagos israelí presentó en los últimos años un superávit significativo. El primer paso fue bajar fuertemente el déficit. Y eso se convirtió a su vez en un superávit.

Todo ese conjunto, más un banco central fuerte, con una burocracia fuerte que tuvo como objetivo de política monetaria la baja de la inflación, con el apoyo de tasas de interés adecuadas, constituyó un arsenal de prácticas en el que en el camino iban apareciendo obstáculos. Lugares en los que el déficit fiscal era realmente impresionante. Es una situación muy parecida a la Argentina de hoy.

En este contexto de cosas, la actitud cumple un rol esencial. Es quizás lo más importante, cuando se entra en una  “dieta” económica de ese estilo. Estuve hace poco en la Argentina. Y la gente se quejaba tanto del precio del dólar como de las molestias que le generaba la obra pública. Pero eso es parte de lo que se debe hacer. Y no es cuestión de macrismo o no. De ortodoxia o no. Para crecer realmente no hay nada mejor sistema que la inversión en infaestructura. Y en esto existe un consenso entre los académicos. Hay que hacer las obras, aunque molesten. Es parte de la dieta.

No es un proceso mágico. Y además la receta está. No es la cura contra el cáncer. Bajar la inflación es más fácil hoy por hoy que hace treinta años. Hay productos que están en deflación a nivel global: vestimenta y calzado, muebles, artefactos eléctricos, son productos que, con todo el comercio mundial, tienden a la baja. Incluso, de una forma violenta. Para eso sirven la apertura de los mercados. Si uno se abre, como sucede en Israel, los precios de este tipo de productos bajaron de forma dramática.

Shekelización. Otro elemento importante en todo el proceso es que ya para el año 2000, y hasta 2005, se generó una confianza tal en el proceso que, esa misma confianza se tradujo en la shekelización de la economía. La economía estaba completamente dolarizada. Las compras de autos o de viviendas eran en dólares. Y eso se cambió.

El Banco Central y la sociedad en su conjunto dieron todas las señales para generar confianza como para que se cambie la perspectiva. Y hoy por hoy, eso cambió completamente. Hoy, tener dólares en Isreal es como tener francos o lira turca. No es una moneda ni de transacción, ni de ahorrro. Y eso se debe a la confianza que se generó en los mercados.

En el momento en que la economía está dolarizada, por el mismo efecto de la devaluación, se convierte automáticamente en inflación. Necesitás más pesos para comprar los mismos dólares: si el dólar está a 10 y un auto sale 10 mil dólares, el auto sale 100 mil pesos/ si el dólar sube a 20, automáticamente el precio del auto –en pesos– se duplicó por más que sigue saliendo 10 mil dólares.

En Israel, con la shekelización ese canal de transmisión de la inflación se terminó.

*Periodista uruguayo israelí, analista y columnista de Calcalist, diario económico de mayor tirada en Israel (testimonio conseguido por Pablo Helman).


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