OPINIóN
Brasil - Argentina

Milei y Bullrich en el espejo de Bolsonaro: similitudes y diferencias

La imagen de Bolsonaro era la del “hombre común. Libertario y excéntrico, Milei, está lejos del “hombre común”. Y Bullrich, directa, procura hablar sin el corset de lo “políticamente correcto”. La paradoja argentina es que la grieta podría evitar el triunfo de un antisistema.

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Bolsonaro, Milei y Bullrich. | Collage

Mucho se pensó en la posibilidad del “Bolsonaro argentino” desde el triunfo de Jair Messias en Brasil allá por octubre de 2018. Hoy esa equiparación perdió atractivo y algo de sentido. El paso del tiempo, la derrota en 2022 a manos de Lula Da Silva y, tal vez lo más importante de todo: hoy Argentina tiene nombres propios bien instalados en el casillero de la derecha radicalizada, lo que hace obsoleto el mote de “Bolsonaro argentino”. No obstante, la comparación entre países y casos es siempre un buen método para pensar y analizar la política. 

Entre el Brasil de 2018 y la Argentina 2023 hay similitudes y diferencias. Algunas de orden de los estilos e imagen de los candidatos, otras, las más interesantes y más determinantes, de contexto, historia y sistema político. 

La encarnación criolla del espectro que recorre el mundo por estos años (el espectro de la derecha radicalizada) está dividida en dos, Javier Milei y Patricia Bullrich. Esa es una primera diferencia importante con el caso brasileño. En el Brasil de 2018, Bolsonaro era el único candidato competitivo de la derecha radicalizada.  

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Bolsonaro había logrado amalgamar un conjunto de valores (antipolítica, mano dura, militarismo, conservadurismo, religión y liberalismo económico), manteniendo una coherencia discursiva durante los cuatro años previos a la elección, y sorteando, además, algunas contradicciones que podía llegar a haber entre sus valores e ideas (como el caso del armamentismo y la religión). Lo que en Brasil confluía en un mismo candidato, en Argentina se encuentra desperdigado en más de uno. Además, esos valores promovidos por Bolsonaro tenían fuerza previamente en la historia brasileña y actores sociales que los respaldaban.   

La imagen construida por Bolsonaro era la del “hombre común”. La periodista Eliane Brum lo llamó “el tío del asado que llegó a la presidencia”, y al que muchos lo eligieron porque lo consideraban parecido a ellos mismos y no precisamente un hombre excepcional. En la política brasileña abundan este tipo de personajes. Pero en el caso de Bolsonaro ese aspecto fue potenciado con una comunicación que reforzó permanente la imagen del hombre común, desde la vestimenta, las escenas comiendo en puestos de comida callejera o las transmisiones en vivo en el patio de la casa con la ropa colgada de fondo, por ejemplo.   

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En simultáneo a la imagen del hombre común, Bolsonaro era “el diferente”. El diferente, por un lado, a raíz de su carisma y la construcción del mito, el Messias, que tiene una misión por delante, siempre impulsado por la divinidad. En ese sentido había algo de excepcionalidad. Pero también el diferente respecto a los políticos tradicionales. El estilo directo, sin filtros y espontáneo, en contraste con lo acartonado, mesurado y políticamente correcto. La valoración permanente por parte de sus votantes era, sobre todo en aquel momento, que Bolsonaro podía decir algunas barbaridades, pero en definitiva las decía por que “él es así” y se muestra tal cual es. Las investigaciones por medio de focus group de la doctora en Ciencias Sociales Esther Solano reflejan bien ese fenómeno.  

Milei, en cambio, está lejos del “hombre común”. Es un economista libertario un tanto excéntrico. Pero por otro lado, a raíz de eso mismo la diferenciación con el resto de la dirigencia es efectiva. Además, y al igual que Bolsonaro, casi toda su comunicación política logra diferenciarse en las formas respecto de los demás políticos.  

Bullrich capta mejor el estilo directo, frontal y que procura hablar sin el corset de lo “políticamente correcto”. En cuanto a los estilos personales, Bullrich como Bolsonaro, logra proyectar fuerza y determinación, algo valorado en los contextos de crisis.  

Hablando de crisis… las diferencias del contexto son todavía más interesantes. En primer lugar, la crisis brasileña era como un pantano. A la fuerte recesión de 2025-2016 le siguió el estancamiento de 2017-2018. La crisis política, los escándalos de corrupción (y la corrupción de los escándalos), la crisis de inseguridad, entre otros, dieron forma a un país que se sentía hundido en la crisis y sin capacidad de visualizar un horizonte posible. Ahí Bolsonaro propuso un horizonte, con bronca, con odio; pero también con esperanza. 

La crisis argentina tiene otras características. No es un pantano. Hay crecimiento, hay generación de empleo y hay consumo. En la calle, la crisis se reduce a una única palabra/fenómeno, conocida por todos, y con impacto directo en el poder adquisitivo. Es una crisis del día a día, del mes a mes, donde lo que hay es vértigo más que quietud de pantano. 

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Los brasileños estaban mal, pero tenían margen para “darse el gusto” de dar un salto al vacío con un candidato de las características de Bolsonaro. La situación argentina es más volátil. 

Esto nos lleva a algo que decía Federico Aurelio en la entrevista con Jorge Fontevecchia para Perfil. Para el director de la consultora ARESCO, una de las claves de la elección es si habrá un voto más racional o más emocional, siendo que lo racional favorecería a un Larreta, en tanto construyó el perfil de gestor, y el voto más emocional a Bullrich y Milei. Se puede agregar que algo que podría influir en qué tipo de voto va a predominar van a ser las condiciones económicas del país al momento de la elección.  

Con el Brasil de 2018 hay una diferencia muy importante en cuanto al sistema político, más específicamente el sistema de partidos y el correlato de este al nivel de la sociedad. Entra aquí a la pista la gran vedette del análisis político argentino de la última década y media: la grieta. Denostada y responsabilizada de degradar la democracia, la paradoja es que la grieta podría evitar el triunfo de un antisistema. 

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En Brasil, como en otros países donde ganó protagonismo la derecha radical, lo que sucedió fue la implosión electoral de los partidos tradicionales. Bolsonaro ganó prometiendo ir “contra todo lo que está ahí”. Un “que se vayan todos” por la vía de los votos. Hoy en Argentina la representación de amplios sectores de la sociedad por parte de las dos grandes coaliciones evita esa implosión. La palabra clave es representación. 

En Brasil, durante décadas la polarización se expresó electoralmente en la disputa entre el Partido de los Trabajadores (PT) y el Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB), que protagonizaron las presidenciales entre 1994 y 2014. Sin embargo, al nivel de la sociedad la polarización no era entre el PT y el PSDB, sino entre petistas (partidarios del PT) y anti-petistas. Eso lo muestran bien los politólogos Cesar Zucco y David Samuels en el libro Partisans, Antipartisans and Nonpartisans. Voting Behavior in Brazil. A partir del análisis histórico de encuestas los autores muestran que el único partido que tenía una parte de la sociedad identificada de manera positiva (partidismo) era el Partido de los Trabajadores. En resumen, los votantes del PSDB no se identificaban tanto con este, sino que eran básicamente antipetistas. 

La ausencia de un amplio partidismo del PSDB a nivel social podría explicar la abrupta implosión electoral de esa fuerza en 2018 (que sacó menos de 5% de los votos). En ese contexto de crisis de representación política el único que se mantuvo en pie fue el PT (con niveles altos de partidismo, es decir de representación), en tanto Bolsonaro se posicionó como el gran referente del antipetismo. 

En Argentina, la grieta no está constituida de la misma forma. A partir de los escombros del viejo bipartidismo se fue formando con el tiempo el mosaico actual. Primero fue la emergencia del kirchnerismo. Luego, el antikirchnerismo encontró hacia 2015 -y lo menos hasta ahora- una fuerza que lo representó de manera positiva, con una identificación partidaria que trascendió el mero anti. En consecuencia, hay representación y hay un piso estable de votos que dificulta el ascenso por fuera de las dos grandes coaliciones. 

Es evidente que en el caso argentino ha habido una incorporación de los discursos radicales de derecha por una de las principales fuerzas que, intencionalmente o no, de esa forma evitó ser totalmente desplazada como sucedió en Brasil con el PSDB. En ese sentido, un triunfo de la derecha radical por dentro de una de las dos principales fuerzas podría tener semejanza con el caso de Donald Trump (un outsider de verdad), que ganó las primarias del Partido Republicano y luego las generales. 

Por último, y volviendo al tema de la grieta y la polarización. En el Brasil de 2018 fue determinante la fuerza del antipetismo, que terminó inclinando la balanza en las semanas previas a las elecciones en favor del candidato antipetista mejor posicionado, Jair Bolsonaro. Es imposible pensar su triunfo sin considerar la fuerza que tenía entonces el antipetismo. Cuestión de magnitudes de rechazo al margen, hoy el escenario argentino, con los candidatos ya definidos, se inclina hacia una elección con menos polarización. O menos polarización en los términos y con la intensidad de lo que conocemos por grieta.    


* Politólogo. Especialista en política brasileña. Miembro del Observatorio de Liderazgos Políticos de América Latina de la Universidad de Buenos Aires.