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OPINIóN / Economía
jueves 23 mayo, 2019

Dolarizar no es una opción

Es objetable desde la teoría económica más avanzada.

por Eduardo Conesa

Dólares Foto: Dólares
jueves 23 mayo, 2019

Desde 1890 hasta 1945 nuestro país tuvo como moneda el peso, sin inflación y con fuerte crecimiento económico. Llegamos a tener un PBI per cápita que figuraba entre los 5 más altos de todos los países del mundo. Sin embargo, desde 1945 hasta la fecha nuestro país ha venido soportando una inflación que llegó al máximo de 4982% en 1989 y sigue en la actualidad en el orden del 50% anual.

La excepción tuvo lugar desde abril de 1991 hasta diciembre de 2001. En esos 10 años tuvimos estabilidad de precios gracias al sistema monetario de la convertibilidad, el cual prohibía al Banco Central emitir pesos para financiar al gobierno. El Banco Central solamente podía emitir un peso si compraba un dólar. El público tenía confianza en nuestra moneda porque sabía que por cada peso en circulación había un dólar en las arcas del Banco Central ¿Pero qué hizo el gobierno entonces? Financió su gran déficit fiscal y de balanza de pagos, con endeudamiento externo en dólares por cifras siderales. Luego cambiaba los dólares del endeudamiento externo por pesos en el Banco Central que entonces emitía esos pesos, pero con respaldo de los dólares del endeudamiento.

El defecto del sistema consistía en el endeudamiento en dólares que crecía a tasas de 19% anual. Finalmente, el tamaño de la deuda externa nos hizo entrar en insolvencia, y la convertibilidad le estalló en las manos al Presidente De la Rúa 10 años después, en el 2001.

Cómo hizo el Banco Central para contener la suba del dólar

La experiencia de la convertibilidad con dólares en las reservas del banco central que a su vez respaldaban los pesos que circulaban para las transacciones corrientes de la economía, ha llevado a algunos economistas ingenuos a proponer que, directamente, utilicemos los dólares como moneda nacional para las transacciones internas y suprimamos la intermediación del peso nacional y el mismo Banco Central que emite esos pesos.

Las objeciones a ese criterio son de orden técnico económico, y político constitucional. Comencemos por las de orden técnico económico más elementales. La economía funciona en base al crédito y los que dan crédito a las empresas y a particulares para la inversión y para financiar el capital circulante de las empresas, pagar salarios, hacer compras de insumos, etc., son los bancos comerciales. Pero el crédito que otorgan no lo hacen con capital propio, sino con el dinero de los depositantes. Si a los depositantes se les ocurre retirar su dinero, los bancos no lo pueden devolver porque lo han prestado a otros. En tal caso, los bancos acuden al Banco Central como prestamista de última instancia, y con el dinero tomado del Central devuelven los depósitos y tranquilizan a los depositantes. Pero si no hay Banco Central emisor de moneda, los bancos no pueden aguantar las frecuentes corridas bancarias y van a la quiebra.  Así la economía se torna muy riesgosa: con frecuentes crisis y mucho desempleo. Fue la experiencia histórica de todos los países hasta que se establecieron los bancos centrales. Por eso el Premio Nobel Paul Samuelson afirmaba que en la humanidad hubo tres grandes inventos, el fuego, la rueda y la banca central.

 

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Ahora bien, si en Argentina, la única moneda fuera el dólar, no podríamos tener Banco Central pues el único banco que emite dólares es el Banco de la Reserva Federal de los Estados Unidos. Y la Fed ha establecido categóricamente que no prestará dinero a bancos fuera del territorio estadunidense. Ni siquiera a sucursales de bancos norteamericanos establecidos en otros países.

Después está la Constitución Nacional, la cual establece en su artículo 75 la obligación del Congreso de hacer sellar la moneda y fijar su valor el de las extranjeras, así como crear un banco central con facultad de emitir billetes. La dolarización, en consecuencia, requiere una reforma constitucional previa. La institución de moneda está vinculada estrechamente a la soberanía. En todo caso, los que proponen al dólar como moneda desean que seamos un territorio de los Estados Unidos como Puerto Rico, o quizá estén soñando con derogar el acta del 9 de julio de 1816 y supliquemos al Rey de España que nos mande un Virrey nuevamente, pues los argentinos seríamos un pueblo inferior, incapaz de tener gobierno y moneda propios. O tal vez, los que propician la dolarización argentina pretenden que nos transformemos en una de esas pequeñas banana republics de los trópicos.

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Pero además, la dolarización es objetable desde la teoría económica más avanzada. En 1961 el economista canadiense Robert Mundell estudió a fondo si le convenía a Canadá abandonar el dólar canadiense y adoptar el dólar estadounidense como moneda. Y llegó a la conclusión de que no le era conveniente pues si bien el ciclo económico canadiense coincidía exactamente con el de los de Estados Unidos, y ello era un factor muy favorable a la dolarización canadiense, no se daba una segunda condición esencial para que la dolarización funcione bien en Canadá. Esa segunda condición era la total libertad de migración de trabajadores entre Estados Unidos y Canadá. Esa condición no se daba, pues Estados Unidos prohíbe la inmigración en general y la canadiense en particular. En el caso argentino, nuestro ciclo económico funciona al revés que el norteamericano. Cuando el Gran País del Norte expande, el frustrado Gran País del Sur se contrae y viceversa. Además, el del norte no permite la inmigración de argentinos. En consecuencia en el Gran País del Sur no se dan ninguna de las dos condiciones de Mundell y, por lo tanto, la propuesta de dolarización en la Argentina no es seria.

*Para el análisis a fondo de este tema ver mi libro Macroeconomía y Política Macroeconómica, 7 edición, 2019, capítulos 49 y 52, Editorial La Ley. Incidentalmente, a Mundell le dieron el Premio Nobel por esta teoría.*


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