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Recordando a Aída Bortnik

Cuando publicó su obituario, en abril del 2013, el diario español El País la llamó “la mejor guionista de Argentina”. Escribió junto a Sergio Renán el guion de “La Tregua”, sobre el libro de Mario Benedetti. La película perdió el Oscar al mejor filme en lengua extranjera en 1975 frente al “Amarcord” de Fellini, pero la revancha llegó en 1986 cuando “La historia oficial”, que preparó junto al director Luis Puenzo, se llevó finalmente la estatuilla. Aquí, un repaso de una etapa clave de su vida: el exilio y el regreso, anticipado, a Buenos Aires.

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Recordando a Aída Bortnik | CEDOC

La visité por última vez en su departamento de avenida Pueyrredón en 2011. La había conocido en 1970, cuando programé para el entonces Canal 7 una serie de “Las Grandes Novelas” bajo la dirección de Sergio Renán y Mario Sábato, y una de ellas fue la adaptación de “La Tregua”, de Mario Benedetti, cuyo guion estuvo a cargo de Aida Bortnik. Esa tarde, al hacer un repaso sobre su vida, le pregunté cómo se había atrevido a volver del exilio en plena dictadura. Como siempre, la encontré querible, lúcida y con proyectos. 

Después de muchos años de periodismo (comenzado en Primera Plana y terminando en Panorama), Aída decidíó que ya era hora de lanzarse a su verdadero amor y, en 1972, estrenó su primer espectáculo teatral, “Soldados y Soldaditos”: quince monólogos, canciones y poemas dedicados a los protagonistas, los instrumentos y los símbolos de la  profesión militar a través de los tiempos.

En 1973 aprendió y disfrutó trabajando, cuatro horas cada tarde, junto a Augusto Bonardo en Radio Splendid. El programa se llamaba “Lupa y Brújula”. Después volvió al periodismo gráfico por poco tiempo en La Opinión, el diario de Jacobo Timerman

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En 1974 se estrenó la primera película cuyo guión escribió: “La Tregua”, aunque ya había preparado el guión sobre la novela para la televisión. Ese mismo año viajó junto a Héctor Alterio (y como él, por primera vez en su vida), a Europa, para acompañar la película al Festival de San Sebastíán. Volvió antes que el resto de la delegación para continuar con los ensayos de “Tres por Chejov”, que estaba dirigiendo. En Ezeiza la esperaba Tita Alterio; ese mismo día se había publicado la primera lista de amenazas de las Tres A, que incluía a su marido. Llamaron a Héctor a un hotel de Madrid. No entendía nada, y decía: “cuando vuelva me explican”, mientras ellos se pasaban el tubo para repetirle que no podía volver.

Al poco tiempo empezaron las amenazas telefónicas. Los llamados a cualquier hora y los susurros y los gritos por el portero eléctrico y los “Falcón verdes” estacionados en la esquina de su casa, cada madrugada, cuando volvía del ensayo.

En 1975 murió su padre y ella, que nunca encontró consuelo para esa pérdida, oyó decir que quizás había sido mejor, para que no fuera testigo de lo que les esperaba. Ese mismo año se estrenó “Dale nomás”, un espectáculo cuyos monólogos había escrito para Susana Rinaldi. El teatro se llenaba todas las noches, pero las amenazas se multiplicaban. Isabel Perón era presidente de la Nación.

En 1976, ya hacía tres años (desde el segundo número) que tenía el cargo de directora de artes y medios en Cuestionario, la revista mensual que dirigía Rodolfo Terragno. Había terminado el libro de “La Isla”, una historia con muchos personajes y un solo decorado que, supuestamente, describía la vida de pacientes internados en una institución psiquiátrica, para ser dirigida por  Alejandro Doria.   

“Madrid no era todavía una fiesta en el ‘76, pero estaba despertando de la pesadilla”

Cuando el golpe que, desde hacía semanas, se anunciaba en las primeras planas de los diarios finalmente se produjo, estaba escribiendo un guion sobre “Alrededor de la Jaula” de Haroldo Conti, que Sergio Renán dirigiría con el título de “Crecer de Golpe”. Su amor por la obra de Haroldo era antiguo, pero la amistad con él  nació entonces, cuando se conocieron porque Conti pidió que fuera ella quien escribiera la adaptación de su novela. La tarde del último encuentro se abrazaron largamente en la esquina de su casa. Esa misma semana lo secuestraron. A los pocos días secuestraron a su mejor amiga, que trabajaba con ella en Cuestionario. Sólo gracias a esas excepciones arbitrarias que confirmaban las reglas de la impunidad absoluta, ella y su madre fueron abandonadas en un basural, torturadas, hambreadas, pero vivas, cinco noches después. Haroldo, no.

A tres meses de aquel 24 de marzo, Cuestionario seguía negándose a someter sus originales a la censura. Terragno era invitado a la Secretaría de Prensa donde le mostraban el modelo de capucha que podría corresponderle. Y como toda precaución él se aplicaba una antitetánica, por si la tortura... Pero finalmente comenzaron por secuestrar la revista. Rodolfo y Aída ya habían merecido, además de las amenazas personales, sendas notas de El Caudillo, en las que con resonante prosa se llegaba a la conclusión de “que no hay mejor enemigo que el enemigo muerto”. Jorge Rafael Videla ejercía como presidente de la Nación.

Se despidieron sin resignación. Terragno se fue con su familia a Venezuela, la tierra de su esposa. A fines de julio. Aída se subió  a un carguero. Llevaba dos valijas, dos bolsos, dos libros (todo Chejov, todo Camus) 800 dólares y un auto en mal estado, que ELMA aceptó cargar gratis en la bodega. Anduvo por Francia y Bélgica antes de instalarse, a fines de septiembre, en Madrid, donde estaba Alterio. 

Madrid no era una fiesta, todavía, en el ‘76. Pero estaba despertando de la larga pesadilla. Ellos salían, ante sus ojos y oídos, del largo túnel al que los argentinos habíamos entrado. Y había amigos, no sólo los argentinos que iban llegando. También amigos españoles. Su experiencia fue, en ese sentido, bastante extraordinaria. Amigos comunes prepararon su llegada -además de los entrañables del terruño-, esperándola para darle una bienvenida que no todos recibieron. Almorzaba y cenaba en casas madrileñas casi todos los días, hasta que ella misma tuvo una casa a la que también pudo invitar y logró mezclar los afectos.

Consiguió trabajo como traductora de inglés, francés (romances semi-porno, para los que le faltaba vocabulario, o guías turísticas, que la entristecían a muerte) e italiano (la parte cultural, pero también la ¡científica! de nada menos que una enciclopedia). Mientras tanto, en verdulerías, casas y calles, escuchando a la gente y preguntando sólo cuando no podía contenerse, se aplicaba en aprender el idioma de los españoles. Recién después se permitió los guiones para la televisión española y los proyectos para cine.

En España, consiguió trabajo como traductora de inglés, francés e italiano

Pasado el primer año (en el que salvo las frecuentes invitaciones gastronómicas y culturales, todo lo demás era papas y calditos, cines de barrio los días de damas, libros viejos en remates y otros apretones), había empezado a trabajar mejor, a vivir más razonablemente, a instalarse como para siempre.

Entonces llegó la decisión de irse. No sabía adónde. Pero no podía quedarse allí. Ya había probado lo que tenía que probar. Se sentía más indestructible, pero con menos fuerzas para luchar contra añoranzas que no tenían nada que ver con el dulce de leche. El país que extrañaba no existía, los amigos que necesitaba no estaban todos juntos en ninguna parte. Pero después de aplicarse a desentrañar qué le impedía quedarse quieta, disfrutar de lo que tenía y resignarse a lo que siempre le iba a faltar, descubrió dos cosas acerca de sí misma, de esas que sólo la lucidez de los años o el extrañamiento del exilio, permiten conocer: la resignación le estaba negada y necesitaba vivir en una sociedad en la que la mezcla (de orígenes, de cultura, de sentido del humor), fuese primordial.

Estaba pensando con excitación y pánico en New York (donde no había estado nunca ni conocía a nadie), cuando la llamó Alejandro Doria. Después de más de dos años habían levantando la prohibición que su nombre provocaba en cualquier proyecto y pudo filmar “La Isla”. Claro que con casi todo el elenco cambiado... Le pidió auxilio para “reescribir” la película en el montaje. Y con la inconsciencia que permite sobrevivir esas épocas, mantuvieron una breve conversación acerca de: “si venís por un mes no puede ser peligroso, algo estuve averiguando...”.

Sin dormir, en dos días y medio levantó el departamento de seis ambientes y balcón terraza. Repartió muebles, heladera, lámparas, sábanas, copas... para que fueran utilizadas y lo que es peor: libros y papeles para que fueran guardados. Por supuesto, nunca reclamó ni recuperó nada.

Tampoco durmió la última noche en un inolvidable hotel de una  estrella. En el bar del aeropuerto nadie la contradecía ni le creía cuando hablaba de volver en un mes. El clima de la despedida estaba tan cargado de temores y preocupación por ese viaje, que alguien se atrevió a ponerle el título adecuado: “te hemos armado un lindo velorio”. Entonces, con ese humor que sólo el exilio burila a extremos de espanto, pudieron reírse. Y se subió al avión con una valija chica y un bolso de mano. Principios de febrero del ‘79. Había nevado. El aire era helado.

En Ezeiza voceaban su nombre. Debía identificarse de inmediato en Migraciones. Miraron largamente su pasaporte, le preguntaron por qué no traía más equipaje después de tres años. Y dijo que no podía quedarse más de un mes, porque la esperaba trabajo en España. Le devolvieron el pasaporte. No se infartó, no se desmayó y se alejó lo más lentamente posible, un poco reconfortada porque no le había temblado la voz al contestar con tono casi mundano. Caminaba entre tal cantidad de soldados de gesto torvo y armas largas, que no podía evitar sentirse parte de una muy mala película. 

En Ezeiza miraron su pasaporte y le preguntaron por qué no traía más equipaje

Entre familia y amigos había tanta gente esperándola  que decidió que era peligroso saludar a todos. Gritó un “hola, vamos a casa” y se fueron. 

Era domingo, hacía calor, las calles estaban desiertas. En cuanto cerraron la puerta de la casa, comenzaron a hablar todos al mismo tiempo. Llegó gente durante todo el día y también a la noche. El departamento tenía dos ambientes y según le dijeron, en algún momento había alrededor de cincuenta personas que querían verla, tocarla, oírla, contarle, saludarla. 

Sobre todo decirle que no se quedara. Que no. Gente que la quería. A las siete y media de la mañana del día siguiente, lunes 12 de febrero, se subió  a un taxi y dió la dirección de Laboratorios Alex, donde la esperaba Doria para comenzar el trabajo. Ella vivía en Monserrat, el viaje era largo.

Cuántas veces se habían reído en Madrid con Beatriz Guido, reconociendo que una de sus mayores nostalgias eran los taxistas de Buenos Aires. Pero ella no sabía de qué le hablaba el taxista aquella mañana. En ese taxi, en el que no abrió la boca (emoción, prudencia, miedo), decidió que iba a quedarse. Que ahora que se había probado a sí misma que podía sobrevivir afuera, sabía qué precios prefería pagar. No fue una decisión valiente. Tampoco lo contrario. En todo caso, no volvió a pensarlo. No se arrepintió nunca.

*Periodista, escritor, diplomático