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COLUMNISTAS / opinion
domingo 24 diciembre, 2017

Alternativas para integrar a los ‘ni-ni’

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Micaela Figueredo y Martin Grandes*

Cerca de 700 mil jóvenes de entre 15 y 29 años viven en la Ciudad de Buenos Aires, según datos del gobierno porteño en 2014. Se estima que el 12,7% de ellos no estudian ni trabajan (son jóvenes “nini”). A su vez, el 9,1% no estudia, no trabaja y no busca trabajo y el 3,6% no estudia, no trabaja y busca trabajo.
El grupo es heterogéneo, fuertemente sesgado en género (mujeres) e ingreso (provenientes de hogares de menores recursos). A nivel nacional, uno de cada cuatro jóvenes de entre 18 y 24 años que viven en áreas urbanas, alrededor de 1,2 millones, ni estudia ni trabaja, según estimaciones de la Encuesta Permanente de Hogares II 2016.
Las intervenciones de política pública han sido diversas y un grupo significativo ha tenido resultados positivos en general: estos son programas como Proyecto Joven, Jóvenes con Futuro y Jóvenes por Más y Mejor Trabajo. Pero no han logrado revertir la situación. La gran mayoría de los programas que tratan de acercar o insertar a los jóvenes en el mercado laboral forjando su capital humano consisten en capacitación (habilidades académicas generales y técnicas específicas) o ámbitos (en centros educativos o en el trabajo) y distinta duración. Muy pocos o ninguno se enfocan en el desarrollo de competencias “blandas”, como habilidades sociales como la resolución de conflictos y el trabajo en equipo; autoestima, disciplina, persistencia, motivación, responsabilidad y comunicación, entre otras.
¿Cuáles son las mejores prácticas internacionales de inclusión dirigidas a los jóvenes de hogares en situación de vulnerabilidad social que combinan e incluyen programas que mejoren esas habilidades blandas antes de iniciarse en el mundo del trabajo? Son los programas conocidos como de aprendices y preaprendices.
La focalización en el aprendizaje es una intervención fundada en el hecho de que la juventud carece de experiencia y de capacitación. Estos programas de capacitación más recientes, como en México, ofrecen un modelo más integral, ampliando el área de atención de los jóvenes de bajos recursos no sólo a la esfera del empleo sino también a su entorno psicosocial. Partiendo del supuesto de que para lograr una mayor empleabilidad no bastan la capacitación y la práctica laboral, estos programas ponen en práctica estrategias de retención centradas en el vínculo personalizado e incorporan acompañamiento y orientación personal y laboral.
Si se contemplaran estos factores, las personas en situación de pobreza más severa se incorporarían más frecuente y eficazmente a las redes de protección social y permanecerían vinculadas con mayor consistencia hasta insertarse en la sociedad. Quienes viven en hogares más pobres requieren, urgentemente, programas de alta calidad, con capacidad de compensar y revertir esa desventaja, a fin de igualar las oportunidades y participar plenamente en la sociedad.
La Ciudad de Buenos Aires podría ser un caso piloto, comenzando por articular los programas existentes tanto en el ámbito nacional como local, integrándolos con lo mejor de estos sistemas de aprendizaje y preaprendizaje para potenciar los resultados buscados.
Se trataría no solo de incluir en un único programa la formación básica y técnica, sino también de profundizar y considerar la orientación y el acompañamiento personalizado de tutores con el joven y su entorno, o con tutorías motivacionales por grupos de pares o comunidades para aprehender las habilidades blandas, así como en la búsqueda activa de los jóvenes “ni-ni” para enrolarlos y retenerlos.
Si algunas ideas de esta propuesta están contempladas en la actual Reforma Laboral presentada por el Ejecutivo, la integración de capacitación, aprendizaje y fomento de habilidades blandas y el seguimiento y evaluación de las mismas aún permanecen ausente.

*Figueredo (UTDT)/Grandes (UBA-Conicet y Escuela de Gobierno, UTDT).

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