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Carretera Rubén Darío

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El 28 de junio de 1959, exactamente dos meses antes de mi nacimiento, mi mamá estaba escuchando la radio, y yo con ella. Di un respingo cuando una voz odiosa dijo: “Todavía seguiremos por algún tiempo la pendiente descendiente que recorremos desde hace ya más de diez años. Se ha cometido un error en definir a este programa como un programa de austeridad, dejando que cada uno de los habitantes del país viva como pueda y como quiera […]. Las medidas en curso permiten que podamos hoy lanzar una nueva fórmula: ‘Hay que pasar el invierno’”.

Desde que era un sietemesino no me gusta el invierno: toda mi infancia estuvo puntuada por alergias y enfermedades invernales, además de las urgencias económicas propias de aquellos que carecen de otro capital que su fuerza de trabajo. Con el tiempo, las enfermedades invernales se cansaron de que yo las sobreviviera y me abandonaron, pero la frase del ministro desarrollista siguió estremeciéndome. Intuyo que este invierno volverá con toda su carga de amenaza, porque mi sueldo universitario está congelado hasta el mes de julio, porque no para de llover, porque el gas va a costarme mucho más de lo que me costaba hasta ahora. Ya me arreglaré (“siempre que llovió, paró”), pero la sensación de “Hay que pasar el invierno” parece ser el estado de ánimo generalizado y afecta tanto a la sociedad civil como al Estado.

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Me entretendré dando mis cursos, uno de los cuales no sabía bien cómo empezar hasta el lunes pasado. Se llama La sutura de los mundos y sirve como excusa para leer a Rubén Darío, poeta enorme cuyo influjo sobre nosotros no ha cesado.
En 1898, Darío había tomado partido por “Roque Sáenz Peña, el argentino cuya voz en el Congreso panamericano opuso al slang fanfarrón de Monroe una alta fórmula de grandeza continental (‘América para la Humanidad’), y demostró en su propia casa al piel roja que hay quienes velan en nuestras repúblicas por la asechanza de la boca del bárbaro”, rechazando de plano la hipótesis de integración continental llamada “panamericanismo”: “Cuando a la vista está la gula del Norte, no queda sino preparar la defensa”. Darío reivindicaba, en contra del panamericanismo a la Monroe, el proyecto interamericano propuesto formalmente por Bolívar en el Congreso de Panamá de 1826.

En 1906, Darío asiste a la Conferencia Panamericana en Río de Janeiro y su posición se complica. Escribe la “Salutación al águila”, a la que le pide: “Tráenos los secretos de las labores del Norte,/ y que los hijos nuestros dejen de ser los rétores latinos,/ y aprendan de los yanquis la constancia, el vigor y el carácter”. ¡Para qué! Sus contemporáneos se enfurecen y el literato venezolano Rufino Blanco Bombona pide su lapidación. Darío le contesta con una carta desde Brest el 18 de agosto de 1907, justificando esa “pieza ocasional, surgida dentro del clima armónico de la Conferencia Panamericana de Río de Janeiro” como un gesto de cortesía: “Lo cortés no quita lo cóndor”, y le pide que lea bien el texto en el que “anuncio la guerra”: “Si tus alas abiertas la visión de la paz perpetúan,/ en tu pico y tus uñas está la necesaria guerra”. El mismo año escribe una “Epístola a la señora de Lugones” donde reconoce que “Yo pan-americanicé/ con un vago temor y con muy poca fe/ en la tierra de los diamantes y la dicha/ tropical. Me encantó ver la vera machicha” (ritmo que fue avasallado por el sambao).

La última referencia al asunto está en el artículo de Darío sobre Paraguay (1912): “El Paraguay es un ejemplo, hoy que el águila yankee mira hacia el Sur, como orientándose hacia un vuelo de rapacidad conquistadora”.

De modo que ya sé cómo voy a empezar este curso, para que no parezca cosa apolillada: la diputada Mara Brawer (con el respaldo de Carlos Kunkel, Edgardo de Petri, Teresa García, Claudia Giaccone, Luis Basterra, Ana María Ianni y Guillermo Carmona), convencida de que “hoy el panamericanismo no nos identifica”, presentó el lunes pasado una propuesta para redenominar la ruta Panamericana (creo que no es su nombre oficial, pero de todos modos “hay que pasar el invierno” también en el Congreso) como “Patria Grande”. Mejor sería llamarla como el poeta más actual del continente: Carretera Rubén Darío.