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COLUMNISTAS / opinion
domingo 11 marzo, 2018

El egoísmo de los empresarios

Puede ser simplista, pero los relatos que se instalan con éxito son los que contienen verdades. Aunque sean parciales.

por Gustavo González

PEÑA visitó a Rocca. Distensión tras días de cruces con empresarios que invertirán más cuando lo crean conveniente. No por altruismo. Foto: TEMES

En países empobrecidos, los empresarios suelen ser los malos de la película. Cuando el dinero es escaso, las diferencias extremas entre los que más y los que menos tienen necesitan de culpables funcionales. Funcionales para los que sufren pobreza y creen que si los empresarios fueran buenos estarían mejor. Y funcionales para los gobiernos que, mientras no apunten a ellos, todo es aceptable.

Puede ser simplista, pero los relatos que se instalan con éxito son los que contienen verdades. Aunque sean parciales.

Macri vs. ellos. Los presidentes argentinos recurrieron permanentemente al ardid de ceder la responsabilidad del Mal al mundo empresarial, salvo Menem que proclamaba “relaciones carnales” con el establishment nacional e internacional.

Los más recientes fueron los Kirchner, que pese a controlar el poder político, legislativo, judicial, económico y militar durante doce años, lograron instalar la idea de que el poder no estaba en sus manos sino en las de la Corpo, responsable de la inflación y de la crisis, entre otros males. Eso no quitaba que surgieran empresarios buenos, avalados por el oficialismo, como Lázaro Báez, Cristóbal López o Sergio Szpolski.

Ahora Cristina acusa a la Justicia por investigar la corrupción de sus ex funcionarios, pero no a los empresarios que les pagaban los sobornos. Ella fue coherente en no denunciar ni a unos ni a otros.  

Con la llegada de un empresario como Macri al poder, se suponía que ese sector social ingresaría a un ciclo de reconocimiento institucional.
Fue un mal entendido.

Macri es un empresario, pero un empresario frustrado. Siempre quiso manejar la empresa que su padre fundó y jamás le cedió. Huyó de ese mundo para presidir algo. Y no le fue mal: presidió Boca, la Ciudad de Buenos Aires y, ahora, la Argentina. No, la realización laboral de este hombre no pasa por el sector empresario. Al contrario.

Ya en reuniones reservadas en 2015, filtraba su mirada crítica frente a un establishment acomodaticio. Por si buscaba inspiración en ese sentido, tras uno de esos encuentros Jorge Fontevecchia le regaló The Bully Pulpit, el libro sobre Theodore Roosevelt y los inicios del periodismo de investigación.
Roosevelt fue el presidente que promovió políticas antimonopólicas, impulsó impuestos a la renta y a la herencia, y se enfrentó a banqueros y a grandes empresarios. Hijo de una familia acaudalada, otros ricos terminaron considerándolo “un traidor a su clase”.

Dos años después de su asunción, no se puede decir que Macri merezca que los empresarios lo llamen traidor, pero el establishment esperaba que la Casa Rosada fuera su segundo hogar o, al menos, que el clima pro-mercado ya hubiera dado frutos.  

Macri, en cambio, siempre dudó de hasta dónde llega el impulso emprendedor del empresariado argentino. En público los insta a invertir de una vez por todas. En privado dice, además, que después de tantos años de relaciones tóxicas con los gobiernos peronistas, se acostumbraron a enfocar sus esfuerzos en aceitar ese vínculo en lugar de alcanzar mayor eficiencia y competitividad.

Relaciones tóxicas. En la Rosada usan de ejemplo al ex titular de la UIA, Juan Lascurain, que recuperó su libertad bajo fianza acusado de cobrar $ 50 millones por una avenida de Río Turbio que no se construyó. Hay otros 17 empresarios en la mira por supuestos sobreprecios y evasión en torno a los Yacimientos Carboníferos de esa ciudad. (No sería el único sector empresario con problemas en Tribunales. Lo podrían seguir los laboratorios que en los últimos años le vendieron al Estado).

Río Turbio es presentado en el oficialismo como el caso típico de descontrol estatal y de empresarios adiestrados en sacarle beneficios: “Es una mina que es inviable y nos costaba más de $ 4 mil millones al año. El sueldo promedio es de $ 80 mil, pero la gente no trabaja porque no hay nada qué hacer. Si fuera una empresa privada estarían despidiendo al 80% y bajando sueldos. Es la bomba que recibimos y tratamos de desactivar con el menor daño posible”. El presupuesto para este año se redujo a 3.435 millones, incluyendo el despido de 200 empleados.

“No es que sospechemos que muchos empresarios están habituados a prácticas indebidas –dicen cerca del Presidente–, estamos convencidos de eso. Están acostumbrados a jugar a un deporte y nosotros jugamos a otro. Venían de años en que pactaban paritarias del 30% y al mismo tiempo pretendían mayores ganancias. La diferencia la ponía el Estado, con subsidios o negociados. Nuestro modelo es otro, el empresario debe arriesgar y aceptar la competencia. Y el Estado tiene la deuda de mejorar costos, logística y cargas impositivas”.

El énfasis de estas afirmaciones haría suponer que los palabras del ministro Cabrera sobre los empresarios (“Hay que dejar de llorar, solucionar problemas y no decir estupideces”) fueron dichas no solo con el apoyo posterior de Macri sino con su OK previo, explícito o tácito.
 
Panadero. El malestar oficialista contra los empresarios que no defienden el modelo ni invierten lo esperado, parece un revival de la frase de aquel ministro de Economía de Alfonsín que se quejaba de ellos: “Les hablo con el corazón y me contestan con el bolsillo”.

Pero el objetivo último de los hombres de negocios es justamente su bolsillo. Adam Smith los comprendió bien. No es por su generosidad que se promueve el desarrollo sino por su egoísmo. Es en el afán de ganar más, que invertirán más, darán más trabajo (obtendrán más plusvalía, diría Marx) y reinvertirán para multiplicar sus ingresos.

Milton Friedman ejemplificaba ese gen utilitarista: “No existe tal cosa como un almuerzo gratis”.

En La Riqueza de las Naciones, Smith decía: “No es la benevolencia del panadero la que lo lleva a procurarnos nuestra comida, sino el cuidado que presta a sus intereses”. Como profesor de Etica y autor de La teoría de los sentimientos morales, Smith veía el costado moralista de ese egoísmo: el afán de ganar más implica la necesidad de interactuar, escuchar y comprender al otro. Si interpreta bien, el panadero sabrá cómo hacer el producto que más le guste al otro. Y el otro, por esa satisfacción, volverá a comprar su pan.

Macri tiene razón: ciertos empresarios están acostumbrados a negociar y ser cómplices de funcionarios corruptos. Y tiene razón en suponer que apoyaron a Scioli para mantener ese sistema. Lo sabe porque los conoce y porque su propio padre hizo su fortuna lidiando y apostando por cada gobierno, incluidos los K.

Pero estos “panaderos” del círculo rojo local no tienen nada personal con Macri. Son pragmáticos. La encuesta del Coloquio de IDEA de octubre, indicaba que el nivel de optimismo de ese sector era el más alto de los últimos 22 años. Solo que lo que vino después los asustó, en especial el cambio de metas inflacionarias de fin de año y la incertidumbre posterior de la economía.

No van a invertir por altruismo. Lo harán cuando crean que están dadas las condiciones para que el capital que arriesguen les brindará el mayor beneficio posible. Entonces no necesitarán que nadie los rete para invertir.

 


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