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TEO GUTIeRREZ, LA NEGRITUD Y EL COLOR DE LA JUSTICIA NATIVA

Elogio del negro de mierda

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“¿Vietnam? ¿Por qué tengo que ir yo a matar gente a Vietnam? ¡Ningún Vietcong me llamó nunca negro de mierda!”
Muhammad Alí (neé Cassius Clay, Louisville, 1942). En 1967 se negó a sumarse al Ejército. Le quitaron su título mundial y estuvo tres años sin boxear.

El lugar común nos jura que el movimiento físico de los negros suele ser felino, elegante, certero. Teo es así. Se mueve como en puntas de pie y en un segundo, zás, despega con un pique exacto justo hacia el corazón del área. Es un 9 a la antigua; no tan alto, con piernas potentes y olfato goleador. Un tipo dúctil que se impone a puro anticipo por arriba y por abajo. Mucho más jugador que estas contemporáneas moles de casi dos metros que aguantan de espaldas todo lo que les tiran y cuando logran darse vuelta arrastran defensores, pelota, arquero, arco y tribuna. Valen fortunas, eso sí.

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Teo cultiva un estilo vintage, muy años sesenta. Su corte de pelo media americana me recuerda más a Leo Dan que a los raros peinados nuevos de los ochenta. Un negro con jopo onda Ray “Sugar” Robinson, Little Richard, esos tipos. Hace mucho que Racing no tiene un 9 así, potencialmente tan bueno. Recuerdo a Machado Da Silva, un brasileño finísimo que llegó en 1969 y en una sola temporada quedó en la memoria de todos. Pero era más alto, de piernas largas, más exquisito, menos explosivo. Otra cosa.
Teo, como Pelé, no es amable con sus marcadores. Pone la patita. Quizá con menos furor que Dertycia, pero la pone. Y cómo. Su planchazo a Bogado fue la excusa ideal para relativizar la injusticia que sufrió la semana pasada contra Argentinos Juniors. Sin discutir si fue penal o no –es obvio que sí– lo cierto es que no fingió esa caída. Es decir, fue castigado por algo que no hizo.
Lo que Bogado sí hizo, sin duda embroncado por la feroz patada recibida, fue llamarlo “negro de mierda”. ¡Ops! Según la curiosa interpretación de su compatriota, el también morocho Jorge Bermúdez, se trata de una cuestión menor, sin importancia, muy habitual en el ambiente.

“Acá son racistas”, se quejó amargamente Teo. Paternalista, perdonavidas y a través de los medios, el viejo Patrón de la zaga boquense le sugirió cerrar la boca y ser “más inteligente”. Es decir, adaptarse al rígido código interno que tolera y justifica este tipo de exabruptos y simpáticamente los llama “folclore del fútbol”. ¿Ah sí? Mirá vos. “Negro Tío Tom”, llamaría Miles Davis a Bermúdez si estuviese vivo. Pero no lo está. Lástima.
Señores, seré brutalmente claro. Si se trata de racistas diré, como Woody le hace decir a su personaje de Manhattan cuando se entera de que unos nazis iban a desfilar en Nueva Jersey, que lo mejor con esa gente es un palo en la cabeza. Así, a lo bestia, sin hablar. Mis disculpas.

Me importa nada si está bien o mal quitar esa amarilla; si merecía la expulsión o si este perdón provocará un tsunami de protestas en la AFA. Lo que sí me interesa, en todo caso, es saber si vivo o no en una sociedad de mierda, que no negra.
Y no me vengan con que se trata de una frase inocente. No hay inocencia en el lenguaje, compatriotas, y para saber esto no hace falta ser Freud ni Wittgenstein. No jodamos.
“¿Argentino? ¡Oh, que gran país! Conozco Buenos Aires. Es una ciudad clean. No hay negros. Acá está lleno. Apestan”, me dijo en confianza Fred, un colega de origen cubano que conocí hace 21 años en Miami, en el South West, pleno carnaval de la Calle Ocho. Los sandinistas acababan de perder las elecciones en Nicaragua y Fred, entusiasmado y con bastante ron encima, ya se imaginaba en La Habana quemando cuadros de Fidel. No sabía quienes eran Thelonious Monk, Mingus o LeRoy Jones, pero sí reaccionó cuando le hablé de Alí. “Comunista bocón”, lo llamó. “Mira, tú no entiendes porque en tu país no los sufren. ¿Un negro se muda al lado de tu casa? Tu casa vale la mitad. Son vagos. Viven gracias al Seguro Social. ¡Dan asco!”

A ver. No tomo alcohol, detesto la salsa, tengo una legión de héroes negros y los racistas me hacen hervir la sangre. Lo mejor era irme de allí. Eso sí: antes tuve que escuchar su última, húmeda y perturbadora frase: “Hay algo que me llamó mucho la atención de tu país. Dime, ¿por qué en Montevideo hay negros y en Buenos Aires no? Vaya… ¿No será que allá son más racistas que nosotros?”
Glup. Borges ironizaba brutalmente con ellos. Decía que el error había sido educarlos, haberles revelado que sus antepasados eran esclavos. Puro humor borgeano, ¿no? Nada grave. Porque en Argentina también amamos la dulce melancolía del blues. Y admiramos a los futbolistas negros como Teo, aunque haya que tratarlos con cuidado: son ladinos pero flojos; arrugan en cuanto sienten el rigor.

Envidiamos su musculatura, claro; su inigualable sentido del ritmo, el baile, los dientes blancos. Sonreímos, cómplices, y hacemos chistes con el mito de su desmesurada virilidad. Los conocemos bien. Los vemos por la tele, con harapos o trajes de marca y rubias inaccesibles. Negros de verdad, fuertes, seductores, más exóticos que los cabecitas negras de provincia o países vecinos, importados, dignos de ser mirados con curiosidad; unos fenómenos.