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Entre la trucha y el general

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Richard Brautigan | Cedoc Perfil
Hce dos años, en Madrid, entré en una librería y vi dos libros de Richard Brautigan editados por Blackie Books: La pesca de la trucha en América y Un general confederado de Big Sur. Livianos aunque de tapa dura, las ilustraciones de Anders Nilsen les daban aspecto hermoso. Decidí comprar uno de los dos, me decidí por el del general y me equivoqué. Había escuchado hablar de Brautigan y hasta había leído, hace más de treinta años, la edición en Anagrama de Un detective en Babilonia, pero yo era muy joven entonces como para apreciarlo.

La semana pasada, entré en la librería Arcadia de Buenos Aires y vi la colección de libros de Brautigan en Blackie, de la que se había agotado La pesca de la trucha. Me llevé El monstruo de Hawkline, un western gótico, pero salí con la convicción supersticiosa de que si un libro se me escapaba dos veces, debía ser algo especial. Así que me metí en internet y conseguí una edición en inglés de Trout Fishing in America, que resultó una obra maestra de cuya lectura no se me pasa el asombro.

Richard Brautigan nació en 1935 en Washington y se suicidó en 1964 en California. Su vida transcurrió casi toda en la costa oeste y fue espantosa. A los veinte años tiró una piedra contra una comisaría para que lo llevaran preso y así poder comer. El episodio derivó en una internación psiquiátrica en la que le frieron el cerebro a electroshocks. En una permanente pobreza se las arregló para publicar algunos poemas y escribir en 1961 la novela de la trucha y la del general en un campamento. Brautigan también se equivocó y publicó primero la del general, que pasó inadvertida, pero en 1967 Trout Fishing in America resultó un éxito descomunal y lo llevó (por poco tiempo) al rango de escritor de culto del Oeste, es decir de portador de ese halo bohemio que de algún modo liga a los beatniks, a los hippies, a Henry Miller o a Pynchon. Pero Brautigan no tuvo que ver demasiado con nadie (aunque su humor recuerda un poco a Vonnegut y su imaginería a la de Bob Dylan). Una prueba del aislamiento de Brautigan es que Lawrence Ferlinghetti, un poeta que será recordado como librero y que gerenció el under de San Francisco, lo despreciaba como un escritor inmaduro.

Libro pequeño, Trout Fishing in America está cerca de ese grial ridículo y esquivo, la Gran Novela Americana. Combina la materialidad de la vida al aire libre (y en particular, del mundo de la pesca en los ríos y arroyos) con todo el absurdo del que el lenguaje es capaz. No recuerdo haber leído algo como la descripción de una gran tienda en la que se venden por metro arroyos para pescar, aunque con la vegetación y la fauna por separado. En estos días leí también el libro del general, el del monstruo y el del detective, que no alcanzan el brillo de la trucha pero sí su ligereza, su sequedad y su precisión. Brautigan, un escritor amigo, es capaz de penetrar en la soledad y la miseria e infiltrarles los sueños de la naturaleza, la historia, el erotismo y la amistad. Les dejo este poema titulado “Las memorias de Jesse James”: “Recuerdo todos esos miles de horas/ que pasé en la escuela mirando el reloj esperando el recreo el almuerzo o irme a casa./ Esperando: cualquier cosa menos la escuela./ Mis maestros podrían haber cabalgado con Jesse James por todo el tiempo que me robaron”.