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COLUMNISTAS / miradas
viernes 20 julio, 2018

Guerra fría

Es cierto, es cierto: el lunes dijo una cosa y el miércoles dijo la cosa contraria. El lunes dijo que no había razones para pensar que Rusia había tenido injerencia en las elecciones celebradas en Estados Unidos. Y el miércoles dijo eso mismo, pero ahora agregando a lo dicho la pequeña palabra “no”

por Martín Kohan

Portal Perfil.com Foto: Perfil.com

Es cierto, es cierto: el lunes dijo una cosa y el miércoles dijo la cosa contraria. El lunes dijo que no había razones para pensar que Rusia había tenido injerencia en las elecciones celebradas en Estados Unidos. Y el miércoles dijo eso mismo, pero ahora agregando a lo dicho la pequeña palabra “no”: que no había razones para pensar que Rusia no había tenido injerencia en las elecciones celebradas en Estados Unidos. ¿Tanto lío, che, por una palabra?

Sí, tanto lío. A Donald Trump medio país se le vino encima, exigiéndole, a él, que lo tiene todo, justo lo que no tiene: seriedad, responsabilidad, coherencia. Me pregunto, sin embargo, quién tiene realmente derecho a reprocharle a Donald Trump ese rapidísimo cambio de enfoque. Y me digo: tan solo alguien que, alguna vez, haya sido mirado por Putin. Cuando digo mirado no digo solamente mirado, mirar como se mira el paso del tren o un desfile militar en pleno. Digo clavar los ojos, digo clavar la vista.

¿Sabemos de alguien a quien Putin haya clavado la mirada y, en esa situación, haya osado llevarle la contraria? ¿Alguien puede contar cómo fue, qué le pasó, qué se siente? Presumo que ese testigo corresponde al testigo integral del que ha hablado Giorgio Agamben. Se dirá: ¡pero Trump es el presidente de la mayor superpotencia del mundo! Lo es, sí, y lo sabe. Pero también es un fantoche, y también lo sabe. Y además es un empresario: nada le importa con tal de que las cuentas le cierren (cuentas de votos, en este caso).

Ojos chispeantes, boca en trompita, pelo de cómic: Donald Trump parece siempre a punto de reír o hacer reír. A Putin, en cambio, es más difícil verlo con risas, o incluso imaginarlo reír. Pero se tiene a la vez la impresión de que, por dentro, sonríe todo el tiempo. Y hay además momentos increíbles en los que, desde afuera, al igual que con la Gioconda, no podemos estar seguros de si está sonriendo o no.


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