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COLUMNISTAS / concepciones de feminismo
sábado 11 agosto, 2018

La negación del otro

La revolución más importante del siglo XX fue la irrupción de la mujer como un otro tan importante como el varón. El cambio tomó fuerza durante las guerras mundiales y, en su consolidación, los valores democráticos y laicos se enfrentaron a una moral sexual.

por Jaime Duran Barba

2018. En otras épocas se decía que la mujer era la fuente de todo mal. ¿Cuánto avanzamos en dejar estos preconceptos? Foto: M. Silvestro

En octubre de 1889, Francia celebró el primer centenario de la Revolución con una Exposición Universal en la que se exhibieron los avances de la ciencia, la producción y la cultura que eran resultado de cien años de laicismo, igualdad, fraternidad y libertad. El municipio de París autorizó al ingeniero Eiffel para que construyera una torre metálica horrible pero que con su altura asombraría al mundo. Puso la condición de que fuera derrocada en cuanto terminara la exposición para que no estropeara el paisaje de la ciudad. En lo político, intelectuales y activistas fundaron la Internacional Socialista, que tanta importancia tendría en la historia de Occidente.

Ese ambiente progresista no chocó con la presentación de los Circos Humanos, que estaban de moda. En uno de ellos se encontraban nueve indígenas onas, presentados como caníbales, a los que les arrojaban carne cruda de caballo y los mantenían sucios para que su apariencia atrajera más público. Estuvieron en la propia torre Eiffel y recorrieron varios países de Europa. En Bruselas exhibieron en el Musée du Nord a siete sobrevivientes junto a inventos, equipos electrónicos y obras de teatro actuadas por enanos. De esa ciudad fueron devueltos a América y sobrevivieron al viaje solo cuatro. En esos años recorrió Europa el circo Buffalo Bill’s Wild West, en el que Búfalo Bill contaba sus aventuras acompañado de algunos actores, entre los que estaban algunos pieles rojas y unos tantos bisontes narcotizados. El actor estrella del espectáculo era el auténtico Toro Sentado, líder indígena que firmó la paz con los norteamericanos. En medio de la batalla ficticia cruzaba solemnemente el escenario y volvía a sentarse en un taburete desde el que presenciaba la obra. Recibía aplausos frenéticos.

Durante la conquista de América, el apóstol Santiago apareció en repetidas ocasiones, jinete de un corcel blanco, con un estandarte blanco y una cruz roja para ayudar a los españoles que se lanzaban a la batalla gritando “Santiago y cierra España” o “Santiago y a ellos”. El santo era muy diestro con la espada y mató a muchos indígenas en el cerro del Sangremal junto a Querétaro, en la batalla de Cintla, en Tabasco.

Se decía que la mujer era la fuente del mal. Teólogos y médicos fantaseaban sobre el desenfreno propio de la sexualidad

Apareció en 1520 en el Templo Mayor de Tenochtitlán, en la fiesta de Hutzinopotchli, en donde encabezó una enorme masacre. Estos hechos le valieron la adveración de Santiago Mataindios. Los teólogos discutieron algunos años si los indígenas tenían alma. Los españoles se encontraron con culturas que reducían la cabeza de seres humanos en ciertas circunstancias y los llamaron “jíbaros” (perros salvajes remontados) o “aucas” palabra quechua que significa salvaje peligroso. Usaron una derivación de “auca” para referirse a grupos indígenas del sur de Sudamérica a los que denominaron araucanos.

En todos los casos, los onas en Europa, Toro Sentado en el Circo de Búfalo Bill, los indígenas victimados por Santiago o las denominaciones despectivas de ciertas culturas, se produjo una negación del otro: algunos se creían seres humanos y negaban esa condición a los distintos. No era un “otro” al que había que comprender sino, en el mejor de los casos, seres que servían para la diversión, o que debían ser exterminados o dominados.

Esta situación permaneció invariable hasta la primera mitad del siglo XX, en que algunos europeos salieron al mundo con otra óptica y se llevaron grandes sorpresas. La publicación de las obras de Levi Strauss y de Adolescencia y cultura en Samoa, de Margaret Mead, se encontró con sociedades complejas, con valores y tradiciones ancestrales, diferentes a los “salvajes” que se exhibían en jaulas. La sorpresa fue que había un otro al que había que comprender, superando el tradicional eurocentrimo.

Pero en esos mismos años se inició la revolución más importante del siglo XX: la irrupción de la mujer como un otro tan importante como el varón. El cambio tomó fuerza durante las guerras mundiales y la consolidación de valores democráticos y laicos que enfrentaron a una moral sexual creada en el siglo XII en el Concilio de Letrán y perfeccionada en el Concilio de Trento, el primero que se celebró después del descubrimiento de América. Esa ética permaneció vigente hasta mediados del siglo XX.

La moral medieval creía que todo lo que tenía que ver con el sexo era malo, partiendo de la existencia del deseo erótico. Médicos y religiosos trabajaron para encontrar fórmulas para combatir los pensamientos impuros. A los varones se les aconsejó realizarse cortes en las venas superficiales que están en la parte superior del muslo, para producir una sangría, y a las mujeres, lavativas con incienso y otras sustancias para purificar sus órganos genitales.

Se decía que la mujer era la fuente del mal. Teólogos y médicos fantaseaban sobre el desenfreno propio de su sexualidad producido por el exceso de humedad en su cuerpo, que generaba un deseo erótico insaciable. Los estudiosos creían que el varón era racional, podía controlar mejor sus instintos y pulsiones eróticas, mientras que la mujer era un ser inferior, descendiente de Eva, la responsable del pecado original, madre de todas las tentaciones.

La mayoría de las teorías giraban en torno a la perversidad y el peligro de la sangre menstrual que asustaba a teóricos, que normalmente eran varones célibes. La ciencia de la época consideró que las mujeres generaban la viruela y el sarampión, porque las porosidades de los cuerpos retenían esa sangre y la naturaleza trataba de eliminarla a través de granos y purulencias. La lepra se consideraba una enfermedad propia de los niños engendrados en el tiempo de la menstruación. Durante el período menstrual, la mujer era capaz de transmitir veneno a través de la mirada, usando el aire como vehículo entre sus ojos y sus víctimas.

Los estudiosos creían que el varón era racional, podía controlar mejor sus instintos y pulsiones, mientras que la mujer era un ser inferior

El sexo era un mal que debía limitarse en el tiempo. No se podía practicar durante las festividades religiosas, en días señalados por la autoridad ni mientras durara el período menstrual. Tampoco desde el jueves hasta el domingo, cuando se celebrara el aniversario de un santo, durante la cuaresma, en los 35 días anteriores a la Navidad y en los 40 días anteriores a Pentecostés. Las relaciones sexuales estaban permitidas solo durante la noche, nunca durante el día.

La acepción de la palabra amor no era positiva porque se vinculaba con lo femenino, sensual, irresistible, destructivo. El verdadero afecto conyugal tenía una connotación racional masculina, era charitas coniugalis (caridad conyugal), mezcla de ternura con amistad, o dilectio, sentimiento de preferencia y respeto. El término amor aludía a pasiones extraconyugales relacionadas con la lujuria, conductas sexuales sucias que solo se podían practicar con prostitutas, prácticas demoníacas surgidas en culturas precristianas manejadas por el demonio.

Para comprender cómo se formó la doctrina sexual de la Iglesia, es interesante consultar el libro Malleus maleficarum, escrito por dos monjes, Heinrich Kramer y Jacob Sprenger; los Libros penitenciales, que ayudaban a los confesores a imponer la pena justa a los pecadores; los textos de los Concilios y los escritos de algunos teólogos. Todos coinciden en la idea de la perversidad del cuerpo de la mujer, la maldad del placer sexual y la idealización de la castidad.

Determinaron que las relaciones sexuales cabían solamente dentro del matrimonio y exclusivamente con el fin de reproducir seres humanos. Los esposos debían emplear una sola posición sexual, que permaneció invariable a través de los siglos, el hombre sobre la mujer, evitando cualquier caricia o acto placentero que no fuera indispensable para reproducir. Cuando Margaret Mead y otros antropólogos llegaron al Pacífico sur, supieron que los isleños la llamaban postura “del misionero”. No había otras personas que tuvieran sexo de manera tan aburrida.

La primera mitad del siglo XX lo cambiaría todo. La psicología permitiría comprender de otra manera la realidad del ser humano, la antropología descalabraría al eurocentrismo, la brutalidad del nazismo provocaría que intelectuales dirigidos por Theodor Adorno reflexionaran sobre la personalidad autoritaria y que Emmanuel Levinas escribiera su tratado acerca de la alteridad.

*Profesor de la GWU, miembro del Club Político Argentino.


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