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COLUMNISTAS / Apuntes en viaje
sábado 7 julio, 2018

París era una fiesta

Los Champs Elysées estaban vestidos con los colores de la bandera francesa. Los caminantes cruzaban sonrisas, como si algo se les hubiera dado de forma inocente.

Oliverio Coelho

Los Champs Elysées estaban vestidos con los colores de la bandera francesa. Los caminantes cruzaban sonrisas, como si algo se les hubiera dado de forma inocente. Foto: Marta Toledo

Aunque los años pasan, no olvido la sensación de incredulidad y tristeza ante la eliminación de la Selección argentina en el Mundial de EE.UU. 94 en octavos de final, tras dos finales consecutivas –86 y 90. Tenía 17 años y el fútbol me importaba mucho más que ahora. Maradona había sido expulsado del Mundial por doping y todos esperábamos de su sustituto, el Burrito Ortega, un salvavidas que nunca llegó contra la Rumania de George Hagi. El partido terminó 3 a 2. Era una noche templada y con mis amigos no tuvimos mejor idea que ir a la plaza más cercana, a jugar al fútbol, como si el futuro de la Selección fuéramos nosotros. El lugar estaba desierto. Prometimos alguna vez asistir a algún Mundial juntos, cosa que nunca sucedió.

Solo en el año 98, de viaje por Europa, me encontré en las cercanías de Francia. Más precisamente en Viena, donde en una cervecería vacía, con el morbo inexplicable que produce la rivalidad entre vecinos, paladeé la derrota de Brasil por goleada. Viajaba solo, con mochila, y evitaba a toda costa las aglomeraciones de gente, por lo cual demoré en llegar a París, pese a lo cual viví las secuelas de felicidad que dejó el campeonato en las caras de los parisinos. Estaban orgullosos de la selección nacional. Hasta entonces yo pensaba que ese tipo de patriotismo exuberante era potestad de los pueblos latinoamericanos y era proporcional a la injusticia social y al subdesarrollo que los sucesivos gobiernos y dictaduras habían profundizado. Pasé días de extraño bienestar en una ciudad veraniega y el mito de la antipatía de los parisinos quedó anulado por los efectos que el triunfo nacional insufló en el imaginario colectivo. En ese despertar patrio desprovisto de ideología, los Champs Elysées estaban vestidos con los colores de la bandera francesa. Los caminantes cruzaban sonrisas, como si algo –quizás la igualdad y la fraternidad– se les hubiera dado de forma inocente. Era la victoria de lo nuevo y de lo heterogéneo y duró, como ya sabemos, un periquete. Por primera vez, los millones de inmigrantes que vivían en el país marginados o como mano de obra barata, aparecían representados, ya que aquella selección tenía raíces en la inmigración post-colonialista.  

En la más reciente eliminación de la Selección argentina, no pude dejar de pensar en el paralelismo que existía entre el funcionamiento improvisado del equipo de Sampaoli y la marcha averiada del gobierno actual. Una eliminación contra un equipo organizado y metódico, igual que la Francia campeona del 98, obstinado en que todas sus líneas sean eficientes –y que además contaba con un crack como Mbappé–, era más que decorosa. No hubo goleada. Por otra parte prolongar una esperanza disfrazada de agonía en Rusia 2018, podía distraer a la población apaleada de asuntos relevantes que se dirimen en la vida pública nacional, como la Ley de interrupción voluntaria del embarazo a tratarse en el Senado, el acuerdo estrafalario con el FMI y sus efectos colaterales: ajuste, desempleo, extrema pobreza. Imaginaba a la vez que por cada semana de permanencia de la Sele-cción en el Mundial, el ejecutivo ganaba tiempo y espacio para pasar decretos, aumentar tarifas, ejecutar despidos descomunales, como en el caso de Télam. En otras palabras, impunidad para gobernar en la sombra.


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