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Partes de guerra

Desconfío profundamente de las crisis económicas, que son presentadas a la opinión pública como si se tratara de catástrofes naturales: una ola gigante que se forma en algún lugar del planeta y que progresivamente va alcanzando costas y destruyendo poblaciones.

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Desconfío profundamente de las crisis económicas, que son presentadas a la opinión pública como si se tratara de catástrofes naturales: una ola gigante que se forma en algún lugar del planeta y que progresivamente va alcanzando costas y destruyendo poblaciones.

La lógica que conviene aplicar a la(s) crisis del capitalismo no es la de la catástrofe, sino la de la guerra, que como bien sabía Clausewitz (1780-1831) no es sino “un acto de fuerza que se lleva a cabo para obligar al adversario a acatar nuestra voluntad” (la guerra no es más que el duelo a una escala más amplia).

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En las luchas entre los hombres intervienen dos principios dispares: el sentimiento hostil y la intención hostil. Clausewitz define a la guerra a partir del segundo, porque es el más general.

De modo que si, como pareciera, la política no es sino la continuación de la guerra (que precede a la paz, y que la constituye) por otras vías, los actores de la actual crisis financiera deberían entenderse como potencias beligerantes que han declarado acciones hostiles (aunque no los domine ningún sentimiento de hostilidad): “ya no financiaremos”. Y así se produce el efecto dominó que es, más bien, una fabulosa conscripción o leva: “si ellos no nos financian, entonces no podemos producir”, mienten las empresas automotrices. “Ah bueno, si ellos no producen, nosotros no podemos subsidiar el consumo”, dicen los Estados de Bienestar. Y unos tras otros van poniéndose a las órdenes de los generales del dinero con un único objetivo: desarmar al enemigo.

Pero la guerra es un acto de fuerza en el que los adversarios se justifican uno al otro (lo que implica acciones recíprocas y, por principio, extremas). Tal vez el “no financiaré” no sea, entonces, una acción ofensiva, sino una táctica defensiva, la estúpida respuesta al “no consumiré” que, desde hace décadas, viene minando la confianza del capitalismo en sus poderes y que hasta ahora se ha notado sobre todo en la retracción de los consumos culturales.

El resultado de la guerra es por ahora incierto pero la retracción del consumo, dicen, se profundizará.