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ELOBSERVADOR / psicologia y sociedad
sábado 9 junio, 2018

Educación para decidir: un grito unánime en el debate

Para la autora, interrumpir el embarazo es el fin de una cadena de errores individuales y colectivos. Estar informados es el primer paso para evitar muchos males.

Carolina Sánchez Agostini

Homilia. Mario Poli interpeló directamente a Mauricio Macri en el tedéum del 25 de Mayo sobre la responsabilidad de los políticos de comprometerse con la temática. Foto: Presidencia

Probablemente, algunos ya conocen esta historia:

Había un hombre bañándose en un río cuando vio que, a lo lejos, una persona se ahogaba. Se levantó inmediatamente para intentar rescatarla, y lo logró. No alcanzaron a acercarse a la orilla y vieron a otras dos personas ahogándose. Volvieron a meterse, y lograron sacarlos. En ese momento, vieron nuevamente que la fuerte corriente del río había arrastrado a cuatro personas más. Les resultó más difícil poder ayudarlos y, mientras lo intentaban, vieron a un gran grupo de personas en las mismas condiciones. En ese momento, uno de los que estaban en la orilla decidió ir río arriba para ver qué sucedía y observó que se había roto un puente. La gente comenzaba a atravesar el puente y, a mitad de camino, se aflojaba una parte que terminaba tirándolos al río. Una vez que vieron esto, y ante la evidencia de que no iban a poder rescatar a todas las personas que se llevara el río, decidieron dos estrategias: arreglar el puente y, mientras tanto, enseñarle a la gente a nadar.

Escuché esta historia por primera vez cuando trabajaba como psicóloga en un gabinete interdisciplinario escolar. No pude evitar pensar en la similitud entre lo que oía y mi trabajo. Había muchas más derivaciones al gabinete de las que podíamos realmente contener. Y mientras “el puente roto” solo seguía agrietándose, nosotras, en la punta, intentábamos acompañar a los que ya habían sido heridos.

En el debate por el aborto está escaseando un componente fundamental, que no es simplemente una propuesta entre tantas. Que no puede quedar en segundo plano y considerarse como “una alternativa más”. Es la única alternativa sincera, real y sensata: la educación.

La realidad indica que no es posible dar asistencia a todas las problemáticas que emergen día a día. E intentar la salida del aborto sería estar dispuestos a llegar siempre tarde y por detrás de los acontecimientos, cuando ya hemos sido heridos. Con educación, un sinfín de problemáticas vinculadas a los embarazos no deseados podrían prevenirse. La educación es capaz de revertir la situación de pobreza y vulnerabilidad. El aborto no.

La educación es capaz de enseñarles a un niño y a una niña, que luego serán hombre y mujer, que a la persona se la respeta y no puede ser jamás violentada, ni psicológica ni físicamente. El aborto no.

La educación es capaz de darles a una mujer y a un varón las herramientas para construir un proyecto de vida personal y decidir qué vida quieren llevar. Nos hace capaces de desarrollar nuestra libertad sin dañar, capaces de prever, de prevenir, de proyectar. El aborto no.

El aborto no es capaz de nada de eso.

Educación para decidir: es un pedido unánime que no presenta resistencias. Es un pedido que, de llevarse a cabo con toda la fuerza que está teniendo este debate, conseguiría un cambio real en la vida y en la salud de las mujeres.

¿Por qué, entonces, si es un pedido unánime no es escuchado con más fuerza?

Estoy esperando depositar mi confianza en una política pública que alce la bandera de la educación y esté dispuesta a generar políticas sólidas y consistentes en materia de educación afectiva integral. Porque, como todos sabemos, las buenas políticas llevan tiempo e implicarían políticos dispuestos a renunciar, quizás, a que los frutos de esas políticas se vean durante su propio período de gobierno. Sería una clara forma de demostrar, como dice el doctor Albino, que se está pensando en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones.

Pienso que, probablemente, a ninguno de nosotros se nos ocurrió una tercera estrategia cuando escuchó la historia, que podría haber sido: seleccionar a quiénes íbamos a rescatar en función de que nos encontraran mejor predispuestos o fueran más viables, y deshacernos de los demás, dejarlos morir. No, porque chocaría con ese sentido de humanidad que todos tenemos. Estoy segura de que todas las personas que conozco –y tengo amigos de ambas posturas– se hubieran arremangado en el río.

*Psicóloga y magíster en Matrimonio y Familia. Profesora de la Universidad Austral.


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