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INTERNACIONAL / Entrevista a la vicepresidenta de Uruguay
domingo 16 septiembre, 2018

Topolansky: "El feminismo no debería prescindir de los partidos políticos"

La histórica dirigente del Frente Amplio dice que la “horizontalidad” del movimiento de mujeres no la convence. Su visión del peronismo, Macri, América Latina y su marido Mujica.

por Facundo F. Barrio

De visita oficial en China, Lucía Topolansky recibió a PERFIL en un hotel de Beijing. Foto: M. Battaglia

Desde Beijing

Lucía Topolansky es, ante todo, un cuadro político. Hace medio siglo que milita en el mismo espacio. Desde la guerrilla tupamara en los 70 hasta la vicepresidencia de Uruguay en la actualidad, siempre perteneció a una vieja cultura política para la que primero viene la organización, el partido, y después todo lo demás. Tal vez por eso Topolansky dice que no la convence la “horizontalidad” del feminismo. Dice, incluso, que no se siente feminista, aunque eso a veces le valga discusiones con sus compañeras jóvenes del Frente Amplio.

De visita oficial en China, donde casi por casualidad se cruzó con este corresponsal, la vicepresidenta uruguaya habló con PERFIL sobre el movimiento de mujeres y otros temas que dominan la agenda rioplatense, a veinte mil kilómetros de aquí. A sus 73 años, Topolansky dice lo que piensa con una transparencia que ya es su marca registrada. Por ejemplo, que el acuerdo de la Argentina con el FMI es “horrible”, que el peronismo “se cavó su propia fosa”, que le gustaría ver a más empresarios presos por corrupción y que su marido José Mujica “ya se ganó el derecho a vivir un poco”.

—Usted dice que no es feminista. ¿Por qué?

—Considero que la lucha por los derechos de las mujeres no necesariamente debe llevar a posiciones extremas. Eso no ayuda al funcionamiento social.

—Pero todos los movimientos transformadores son radicales.

—No sé. Veremos qué se logra así. Además estos movimientos son horizontales. Como mujer de partido, desconfío de eso. Se dan explosiones de expresión, pero luego no hay una solución de continuidad. En Uruguay, el 8 de Marzo es la mayor movilización después de la marcha de la memoria. Pero, después, toda la energía que aparece ese día no se traduce en trabajos concretos por la igualdad de género. Y el machismo no se corrige con consignas.

—¿Qué le dicen sus compañeras jóvenes cuando usted plantea estas cosas?

—Discutimos con mucha libertad, aunque no todas las jóvenes están en esa postura. En el Parlamento uruguayo, las únicas mujeres con responsabilidad pertenecen a mi sector. Y es porque tuvimos la voluntad política, no porque seamos mejores que otras. El feminismo no debería prescindir de los partidos políticos. Agitar y hacer movilizaciones ayuda, pero después hay que incidir políticamente para producir el cambio cultural, porque eso es lo que cuenta. La inclusión universitaria, la ley de divorcio, el voto femenino… fueron decisiones políticas.

—¿Cómo la afectó a usted el machismo durante su carrera política?

—Nunca lo padecí porque tengo un carácter de peleadora. Me defendí como pude, pero jamás pedí “por favor, una cuota de género para mí”. Lejísimos de mi mentalidad. Creo que también ayudó el tipo de organización en la que siempre milité.

—¿Siguió el debate por la legalización del aborto en la Argentina?

—Sí, obviamente hubo una decisión de algunos sectores para que no saliera la ley. Ustedes tienen a la Iglesia vinculada con el Estado. Craso error. Las mujeres pobres pagan el costo.

—Hablando de Argentina, ¿qué opina del acuerdo de Macri con el FMI?

—Horrible, horrible. Me preocupa por el pueblo argentino. No es una buena noticia que se vuelva al condicionamiento del FMI. Creíamos que eso era cosa del pasado.

—Argentina y Brasil están en momentos críticos pero Uruguay no. ¿Por qué?

—Aprendimos de la crisis de 2002, cuando nos barrió la caída argentina. Ahí introdujimos una serie de modificaciones económico-financieras que nos desacoplaron de efectos exteriores a los que estábamos muy atados. Esto no significa que no vayamos a sentir el impacto, porque la Argentina y Brasil son demasiado grandes como para que quedemos totalmente a salvo. Pero tenemos estabilidad, reservas, buena nota de las calificadoras de riesgo. Estamos creciendo menos, pero creciendo. Y trabajando fuerte en la diversificación de destinos comerciales.

—¿Cómo se explica el retroceso de las izquierdas en América Latina?

—Es difícil pensar en una misma razón para todos los países. Veníamos de una década con “presidentes con cara de gente”, como dijo alguna vez Frei Betto. Pero tal vez los procesos no se habían consolidado. Además de tiempo, es probable que nos haya faltado darle más encarnadura teórica a esos procesos.

—Algunos referentes de esas izquierdas denuncian una persecución mediático-judicial en su contra. ¿Usted qué piensa?

—Algo de eso hay. El papel que juegan Globo en Brasil o el Grupo Clarín en la Argentina, con el mecanismo de la posverdad, tiene mucho impacto. Esa táctica existe y a esos medios no los controlamos, porque son de vieja data. Y el Poder Judicial es al que más le ha costado entrar a los tiempos modernos. Los medios y la Justicia deberían ser motores del progreso, pero no estuvieron a la altura de las circunstancias.

—Sin embargo, ustedes tienen un trato relativamente amable con la prensa en Uruguay.

—A mí lo que me molesta es la descontextualización. Yo puedo no darle una entrevista al diario El País, pero no lo maltrato, porque ahí hay trabajadores que viven de eso. También hay que decir que la prensa uruguaya no tiene el grado de agresividad que la argentina o la brasileña. En algunas cosas somos bastante distintos. También en el modo de hacer política. Cosas que ocurren en la Argentina serían impensadas en Uruguay. El episodio de las monjas con bolsos de dinero… (sonríe).

—¿La corrupción es un daño colateral que no se puede evitar cuando se gobierna?

—No, no. Hay que pelear contra la corrupción porque es una lepra que se come todo. Lo que pasa es que vivimos en un mundo complejo, con multinacionales que valen más que el PBI de algunos países. Cuando quebró Lehman Brothers, yo no vi ningún banquero preso. Sigo esperando.

—En Brasil, el Lava Jato se llevó puestos a algunos empresarios.

—Marcelo Odebrecht está preso a domicilio en una casa de tres mil metros cuadrados. No es que yo le desee el sufrimiento a nadie, pero digamos las cosas como son. Además, se da otra paradoja tremenda en nuestros países: en Brasil acaban de licitar obras grandes y no hay ninguna otra empresa con capacidad de hacerlas, entonces las vuelve a ganar Odebrecht. Es para llorar.

—¿Le preocupan las próximas elecciones brasileñas?

—Yo hubiera deseado que Lula pudiera competir por un tercer mandato. Fue un líder increíble. Y ahí está Bolsonaro, que es volver a la era de las cavernas. Brasil está congelado. Algunos dicen que el país retrocedió más atrás que la época de Getúlio Vargas.

—¿Y en Argentina? ¿Cuál es su pronóstico?

—El peronismo perdió la última elección contra Macri porque estaba desunido. A todos los peronistas que conozco les digo lo mismo: “Ustedes se cavaron su propia fosa”. La unidad no se compra en el supermercado, hay que hacer esfuerzos. Como los hizo nuestro Frente Amplio. Raúl Sendic padre decía: “Si en la vida solo miramos las diferencias, no vamos a llegar a ningún lado”.

—En 2019 también hay elecciones en Uruguay. ¿Qué rol quiere jugar usted?

—Voy a estar jubilada de los cargos, pero no de la militancia. Llevo veinte años de función legislativa. Por mejor voluntad que tengamos, siempre está el riesgo de burocratizarnos, y no hay nada peor que la burocracia.

—¿Y su marido Mujica? Hace poco dijo que la vicepresidencia no le sentaría mal.

—Sí, dicen que dijo eso… (risas). A los de la oposición los tiene nerviosos, entonces le ponen la lupa a todo lo que dice. Pero él tiene 83 años, supongo que ya se ganó el derecho a vivir un poco.

—¿El problema es que no tienen a otro que mida mejor en las encuestas?

—Tal vez no sea fácil construir cierto tipo de liderazgo, pero sí gobernantes en los que la gente confíe. Porque la política es razón y corazón. Ahora, la confianza tampoco es transferible. Miremos el caso Lula en Brasil. Entonces tenemos que ir formando compañeros y compañeras para que nos sustituyan. Esto es una carrera de postas. Tal vez al que la recibe le falta comer un poco de sopa, pero con el tiempo va a aprender.


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