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El último y el mejor telegrama francés

El lunes pasado, poco antes de las 12 de la noche, la firma francesa Orange (ex France Telecom) emitió el último telegrama de su historia.

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El lunes pasado, poco antes de las 12 de la noche, la firma francesa Orange (ex France Telecom) emitió el último telegrama de su historia. Los destinatarios fueron los mismos empleados de la compañía y decía esto: “El último telegrama fue emitido a las 23.59 STOP Esta es una página de la historia de Telecom que cambia en beneficio de las nuevas tecnologías STOP Buena suerte y muchas gracias a todos nuestros colegas que todavía tienen el servicio STOP y FIN”. En Francia, aún hoy, al telegrama se los seguía llamando petit bleu, “pequeño azul”, por el color en que seguían imprimiéndose los mensajes.

En la Argentina sigue usándose los telegramas para  anunciar despidos, renunciar a labores asalariadas, desafiliarse de un partido político, negarse a donar órganos ante el Incucai y enviar los resultados parciales de las elecciones a las oficinas de la Dirección Nacional Electoral. No sé a quién y con qué excusa se le podría alguien ocurrir recurrir a un medio de comunicación tan anticuado y perimido, pero lo cierto es que en algún momento habrá que adoptar la misma vía que la francesa y decirle adiós, como llegado a cierto punto se le dice adiós a casi todo.

Aunque creo que los franceses tienen alguna razón de más para extrañar al telegrama, y es que a diferencia de nosotros tienen al menos un caso en que fue usado con fines encomiables, como tomarle el pelo a un amigo.

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André Gide era un homosexual declarado y François Mauriac uno reprimido, pero eso no evitó que fueran buenos amigos y que incluso se admiraran mutuamente. Gide solía, cuando las ocupaciones se lo permitían, escaparse a las playas de Marruecos o Argelia a solazarse en los brazos de algún mancebo, y siempre –según él mismo lo confiesa en sus Diarios–, al despedirse les recomendaba a sus muchachos que recordaran su nombre por si en algún momento necesitaban abrirse camino en Francia, y decía llamarse François Mauriac.

Pero no es de la divertida amistad entre Gide y Mauriac que queremos hablar, sino de un telegrama. El 19 de febrero de 1951 Gide estaba muy mal; la muerte, como suele decirse, “rondaba sus pasos” –nunca entendí esa expresión, pero usémosla porque es bella y nada relacionado con la muerte debería morir. Mauriac fue a visitarlo a su casa y lo encontró en la cama, tremendamente débil y delgado, como esos cuerpos a los que el alma abandona de a poco. Seguramente el Premio Nobel de Literatura 1947 y Mauriac intercambiaron algunas palabras, pero la cosa no fue más allá de un par de preguntas de circunstancia, alguna observación sobre el tiempo en París –no nevaba ese día, pero hacía tanto frío que el agua hacía escarcha en la calle– y no mucho más –Mauriac recibiría a su vez el Premio Nobel de Literatura al año siguiente.

Así que el futuro Premio Nobel volvió a su casa devastado. Pocas horas después recibió un llamado telefónico del sirviente de Gide: André acababa de pasar a la eternidad. Mauriac se derrumbó. Lloró por el amigo muerto, por él mismo, por todos. Lloró tanto y tan desconsoladamente que finalmente se quedó dormido en el sillón de la sala. A la mañana siguiente lo despertó el timbre de la calle. Abrió la puerta y allí estaba el cartero, extendiendo un telegrama en la mano. El telegrama estaba firmado por André Gide y decía: “Infierno no existe STOP Jodé tranquilo STOP Avisale a Paul Claudel STOP”.