domingo 03 de julio de 2022
COLUMNISTAS opinión

En defensa de Assange

17-06-2022 23:55

Al informar ayer en el programa de la mañana de Radio Perfil la decisión de la Justicia inglesa de extraditar a Julian Assange a Estados Unidos, recordé este tramo del reportaje que le hice cuando todavía estaba asilado en la Embajada de Ecuador, en diciembre de 2014. 

—¿Cuál es su visión del futuro del periodismo?

—Me he vuelto bastante cínico respecto del periodismo porque no hay muchos periodistas buenos. Lamentablemente, creo que el trabajo de los periodistas hoy consiste en ser agentes de prensa de los grupos sociales con quienes quieren congraciarse, de las fuentes, del empleado editor del periódico, y luego, de los dueños de ese grupo y, más importante aún, de la constelación política con la que el grupo está asociado. Dicho esto, los grupos necesitan representación. Tenemos esa noción clásica de lo que es el buen periodismo que se basa en que, de alguna manera, está del lado del lector, que es leal al lector y a las preguntas que el lector quiere que se formulen. Pero si en lugar de eso vemos al periodista como un vocero de las constelaciones de poder, estaremos probablemente acercándonos a la verdad acerca de cómo se comportan en realidad los periodistas.

Julian Assange, fundador de WikiLeaks, podría recibir pena de condena perpetua en Estados Unidos por haber revelado 700 mil documentos confidenciales y secretos de actividades militares y diplomáticas de ese país en las invasiones a Irak y Afganistán, entre ellos un video que mostraba la muerte de civiles y dos periodistas de la agencia Reuters por disparos desde un helicóptero norteamericano.

Otro caso de doble estándar de Estados Unidos en su defensa de los derechos humanos

Resulta cuando menos muy controversial que el gobierno de cualquier país pueda decidir qué información es secreta y confidencial. En periodismo, las mejores notas son las originadas en aquello que alguien quiere ocultar. No solo no alcanza con que cualquier institución declare secreto aquello que quiere que se mantenga así sino que la propia actitud secretista aumenta el interés público y por tanto periodístico. Más aún cuando se trata de actos de gobierno.

En 2009, Julian Assange recibió el Premio Amnistía Internacional a los Nuevos Medios por revelar los desaparecidos de Kenya (“asesinatos extrajudiciales”). En 2010 le otorgaron el Premio de la Asociación para la Integridad en la Inteligencia Sam Adams, integrada por oficiales retirados de la CIA. Samuel Alexander Adams fue un oficial de la CIA que en la Guerra de Vietnam reveló cómo se manipulaban las informaciones sobre la cantidad de soldados de Vietnam del Norte. Ese mismo año Assange fue declarado persona del año para el diario Le Monde y la revista Time. En 2011 la Universidad de Sydney –Assange es australiano– le otorgó el Premio a la Paz por “excepcional coraje e iniciativa en la búsqueda de los derechos humanos”.

En julio de 2012 solicitó asilo en la Embajada de Ecuador en Londres, donde yo pude entrevistarlo. Llevaba un año y medio de vivir encerrado en las pequeñas salas de una delegación diplomática reducida justo enfrente de la tienda Harrolds, en el barrio residencial de Knightsbridge. Me preguntaba con obsesión por mi propia experiencia de haber vivido en una embajada asilado apenas dos semanas, en mi caso a comienzos de 1983 en la Embajada de Venezuela (por entonces una de las pocas democracias latinoamericanas que no había sufrido golpes militares). La Embajada de Venezuela en Buenos Aires, ubicada en un piso de un antiguo edificio clásico en la zona de tiendas de la avenida Santa Fe al 1.400, era muy parecida a la de Ecuador en Londres. Assange ya mostraba los efectos del extraño encierro en una caja de cristal y tras ese año y medio continuó en esa situación de aislamiento un total de siete años hasta que en abril de 2019 el gobierno de Ecuador, contrario al que le dio asilo, se lo retiró.

El Julian Assange que detuvo la Scotland Yard el día que cesó su protección diplomática ya no era el mismo que yo conocí. Su deterioro físico y mental se pronunció en la cárcel de alta seguridad de Belmarsh, donde está sometido a condiciones de aislamiento propias de grandes terroristas, pasando 23 horas diarias en soledad, con solo 45 minutos en un patio de cemento para hacer gimnasia. Assange padece envejecimiento prematuro y deterioro psicológico.

Dos años después de su encarcelamiento, en 2019, un grupo de sesenta médicos de Estados Unidos, Australia, Inglaterra y Suecia dirigieron una carta al gobierno inglés “para expresar nuestra grave preocupación por la salud física y mental de Julian Assange, quien puede morir en prisión”. Y al comenzar la pandemia, en enero de 2020, el relator especial de las Naciones Unidas sobre la tortura denunció que las condiciones de reclusión de Assange se asimilaban a un asesinato, y a fin de ese 2020 solicitó al presidente de entonces de Estados Unidos, Donald Trump, que indultara a Assange y así rehabilitara “a un hombre valiente que ha sufrido injusticia, persecución y humillación durante más de una década simplemente por decir la verdad”. Poco después, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, también solicitó a su par norteamericano que lo indultara y en 2021 ofreció el asilo de México para Julian Assange.

Quizá Lula repita el mismo ofrecimiento de Brasil si gana las elecciones en octubre próximo porque, ya en 2010, se manifestó a favor de Assange diciendo: “Quiero manifestar mi protesta contra ese atentado a la libertad de expresión”.

Tras la decisión de la Justicia inglesa de dar luz verde a la extradición a Estados Unidos, al fundador de WikiLeaks le queda aún un recurso de apelación pero con todos estos años de vida infrahumana ya padeció una injusta condena que mancha las credenciales de defensa de los derechos humanos de Estados Unidos, al igual que muestra su doble estándar con el asesinato del periodista del Washington Post Jamal Khashoggi por agentes del gobierno de Arabia Saudita.