lunes 03 de octubre de 2022
COLUMNISTAS opinión

La hermosa fórmula

Cada capítulo toma como referencia cada una de las bibliotecas en las habitaciones de la casa de Abramsky en la que vivió décadas.

18-09-2022 01:23

Ooaahhh! Perdón, me agarran bostezando; es que dormí muy poco y casi no llego a tiempo a escribir esta columna. Me quedé hasta la madrugada charlando sobre libros antiguos en castellano, inglés, francés e incluso en alemán, muchas primeras ediciones, algunos firmados por el autor, todos en perfecto estado, perteneciente a una persona que no conozco personalmente, pero que cada vez se me vuelve más interesante. También su viaje –no el de esa persona, el de otra, ella– se volvió especial. No me asombró que haya ocurrido no hace mucho con el viaje anterior: el sitio, el clima, la comida del lugar, todo concurría a que fuera un viaje especial, único. Pero este era un viajecito acá cerca, bien corto, cotidiano. Sin embargo, ello logró volverlo también único. Y yo, aquí, en mi gentilhommière porteña, siendo testigo privilegiado de esa capacidad, la de ella, de volver único lo cotidiano. Y entre las fotos de libros que iba recibiendo desde allá, las conversaciones sobre ediciones, autores, librerías de viejo, me topé con el amanecer (la charla había terminado antes, pero yo me quedé dando vueltas por mi biblioteca y navegando por librerías de viejo en internet) y casi me quedo dormido y no escribo esta notita. Por suerte para ustedes, mis amados lectores, nada de eso ocurrió, y entonces, para seguir conversando sobre bibliotecas familiares pienso, a partir de ahora, versar acerca de, en mi opinión, el más grande libro sobre el tema: La casa de los veinte mil libros, de Sasha Abramsky (Periférica, Cáceres, 2016. Traducción de Ángeles de los Santos). El texto narra la historia del abuelo del autor, llamado Chimen Abramsky, tal vez el más grande acopiador, bibliómano y coleccionista de libros de izquierda y de temas judíos. Hijo de un rabino ortodoxo enviado por Stalin a Siberia –de donde logró sobrevivir–, Chimen desafió el mandato familiar, y todavía en la URSS comenzó sus lecturas de marxismo, que lo llevaron, exiliado en Londres, a convertirse en una autoridad en el tema. Su casa era una fuente de incunables: cartas originales de Marx y su carnet de miembro de la Primera Internacional, biblias del 1500, periódicos de la Comuna de París, ediciones antiquísimas de Spinoza, y casi 20 mil libros más. 

Cada capítulo toma como referencia cada una de las bibliotecas en las habitaciones de la casa de Abramsky en la que vivió décadas, mientras viajaba a subastas de libros raros, tasaba bibliotecas por medio mundo, compraba y vendía libros incunables, se hacía amigo de Eric Hobsbawm e Isaiah Berlin, le otorgaban distinciones, recibía casi diariamente amigos con los que discutía hasta la madrugada, se filmaban documentales sobre su vida, formaba una generación de nuevos bibliómanos y charlaba con su nieto Sasha, quien le devolvió el gesto con un libro que, a medida que se avanza en la lectura, se vuelve inolvidable.

Marxista que comía solo kosher, luego devenido liberal que siguió comiendo kosher, Chimen Abramsky entendía el libro y la bibliofilia como interpretación infinita, y el pasado como un yacimiento de preguntas irresueltas en el presente. Es entonces inevitable pensar en la figura benjaminiana del coleccionista como aquel que tiene la capacidad redentora de suspender el tiempo. El libro en el pasado, pero también en el futuro, como testigo del futuro, para utilizar la hermosa fórmula de Pierre Bouretz.

En esta Nota