28 oct 2020
COLUMNISTAS |La lengua argentina
sábado 19 septiembre, 2020

Lunfardo chic

La lengua argentina. Foto: Pablo Temes
sábado 19 septiembre, 2020

Por regla general, los hablantes somos bastante eficientes para usar el lenguaje en distintas circunstancias. No se habla igual con la pareja en un momento íntimo que como se habla con la jefa en el trabajo o con un juez de faltas si –ojalá que no– se cruzó un semáforo en rojo.

Esos modos de hablar (llamados registros o variantes diafásicas) resultan determinados por una serie de variables que, como digo, se asocian a la situación. El grado de conocimiento que los interlocutores tienen entre sí, sus saberes sobre el tema que los ocupa, la función que cada uno cumple en esa interacción y que marca si existe o no jerarquía entre ambos, el lugar físico y simbólico desde el cual hablan y se hablan.

Cuando el grado de conocimiento que tienen entre sí los interlocutores es alto, cuando no hay jerarquía entre ellos, cuando se ubican en un lugar físico y simbólico de familiaridad y cercanía, o cuando todo esto no es así, pero se presupone que lo es en el intercambio, se usa un lenguaje informal. Y en lenguaje informal suele usarse el lunfardo.

Como afirma Oscar Conde, especialista en la materia y autor del Diccionario etimológico del lunfardo, el lunfardo es un vocabulario compuesto por palabras casi siempre provenientes de otras lenguas o de distintas jergas –desde la propia del turf hasta la del ámbito de la droga– que se emplea cuando la coloquialidad lo permite.

¿Por qué se usan estas palabras? Porque son más floridas, más expresivas, más divertidas. Porque recortan a la audiencia: solo los “iniciados” pueden entenderlo. Porque muestran a quien las usa como alguien descontracturado, canchero, ameno y hasta jovial. Porque horizontalizan la situación, incluso cuando quienes están hablando no estén al mismo nivel. No en vano las usan profesores con estudiantes y hasta presidentes (y presidentas) con ciudadanos.

Tan particular como cualquier “lunfardo” del mundo (el cockney londinense, el argot francés, el gergo italiano, el Rotwelsch alemán o la giria brasileña, por dar apenas ejemplos), el lunfardo porteño se conformó, tradicionalmente, con términos importados sobre todo de Italia y de España. Sobran los casos conocidos.

Y no es que ese lunfardo histórico haya desaparecido. Se sigue diciendo, por supuesto, “laburo” (del italiano dialectal “lavuro” o “lavuru”, como dice la RAE) por “trabajo” o “afanar” (del español antiguo) por “robar”. Pero hay un nuevo lunfardo, quizá un neolunfardo (si acaso Conde me permitiera nombrarlo así y no lunfardo a secas), un tipo de lunfardo más “reciente”, más “joven”: el que llamaré lunfardo chic.

Palabras inmigradas del inglés, las usan los jóvenes y –creo– marcan algo más que una variedad generacional. Palabras que –me dicen– expresan, en ciertas circunstancias, lo que la lengua estándar no puede –¿quizás?– expresar (gracias, Valentín, Lula, Tato y resto de jóvenes, por pasarme la data).

Con un antecedente en el mítico Hacelo por mí de Mario Pergolini, donde brillaban las Jau Match, grupo de bailarinas eróticas que se lucían en algunos segmentos del programa, muchas palabras del inglés –ya no del italiano o del español de España– son usadas por adolescentes y quienes tienen veintipocos (o quienes quisieran tenerlos) en sus discursos cotidianos.

“Seim” (escrito como si representara una fonética del inglés) significa “me pasa lo mismo”. “Nais” quiere decir (a veces, de manera literal; a veces, de manera irónica) “qué bueno”. “Mood” (así, en inglés y pronunciado “mud”) es “(ese es mi) estado de ánimo”. Y “cringe”, algo así como “vergüenza ajena” (aunque revelan que es un sentimiento sin traducción exacta al español).

Lo más interesante, como fuere, es el contraste. Pues, aunque lo usemos todos, el lunfardo tradicional aparece en la mente –de manera inconsciente– como un registro algo vulgar, sin serlo. El lunfardo chic, por el contrario, pareciera engalanar a quien lo emplea. Y es que, quién lo negaría, hablar en inglés nunca deja de ser “fashion”. O “cool”, ¿no?

*Directora de la Maestría en Periodismo de la Universidad de San Andrés.


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