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COLUMNISTAS /
domingo 10 noviembre, 2019

Las bestias seductoras

La fama de Ionesco se debe al teatro del absurdo, del que fue uno de los mayores representantes junto a Beckett.

por Quintín

Mircea Eliade. Foto: CEDOC.

Descubro en la biblioteca el Diario (1945-1969) de Mircea Eliade. No sé cómo llegó allí, aparte de mi afición a los diarios en general. No creo haber leído nada de Eliade, famoso especialista en historia de las religiones (un tema sobre el que moriré en la ignorancia). El Diario empieza entretenido porque Eliade, un inmigrante rumano en el agitado París de posguerra, habla de la gente famosa que conoce como Bataille, Junger, Jung, Michaux, Gide, entre otros. La contratapa habla incluso de Borges, pero me aburrí antes de llegar ahí. El libro tiene otro problema y es que Eliade esconde no solo su vida privada (solo después de cinco años dice de pronto “hoy nos hemos casado”, pero el lector no se enteró de la existencia de la novia) sino su pasado como simpatizante del fascismo durante la guerra. Diplomático del régimen rumano en Portugal (de ese período se ocupa el Diario portugués, que no he leído), escribió panegíricos del dictador Oliveira y tuvo amplias conexiones con la red europea de ocultistas antisemitas que conduce a Julius Evola (y también a Fernando Pessoa).

Volviendo a la boda, Eliade cuenta que uno de los testigos fue el filósofo Emile Cioran, que también tuvo sus amistades con los fascistas. La historia rumana de ese período es absolutamente intrincada e incluye hasta una breve guerra civil entre las falanges de Guardia de Hierro y las tropas del general Antonescu, donde ambos bandos eran completamente nazis. Cioran coincidió en París con Eliade y con otro exiliado rumano que fue agregado cultural de Antonescu ante el régimen de Vichy. Me refiero a Eugène Ionesco, que también escribió sus Diarios, en los que se mezclan experiencias de la infancia, los años 40 y los 60. La fama de Ionesco (que fue enorme en los 60) se debe al teatro del absurdo, del que fue uno de los mayores representantes junto a Beckett. Ionesco fue luego un notorio anticomunista, mientras que Beckett peleó en la resistencia francesa, lo que le dio una mejor prensa. Ionesco vio cómo su padre se convertía al nazismo y, tal vez por eso, fue en mi opinión quien mejor retrató el proceso por el cual personas aparentemente democráticas y tolerantes pueden abrazar una ideología totalitaria. “Hacen concesiones. No lo saben. En realidad, meten el dedo en el engranaje. Muy pronto serán atrapados por Moloch. Si se admite uno solo de sus postulados, se termina admitiéndolos todos”, escribe en el Diario. Y más adelante: “Ese fanatismo delirante existe todavía en nuestros días, y eso son los comunistas, y eso son los guardias rojos y así sucesivamente. Ya no son los nazis. Y como no son los nazis, se les da la razón, desde luego con los mismos argumentos que servían para darles la razón a los de antaño: la Historia es quien tiene razón, están en el sentido de la Historia, no hay más verdad que la sociológica, etcétera. Como si el delirio colectivo no pudiese existir”.

Del proceso de adhesión a ese delirio trata Rinoceronte, que nunca había leído y terminé de hacerlo hace un rato. Ante todo, es un libro divertidísimo, que se ve muy claro en la escritura al mismo tiempo que uno se pregunta cómo diablos se representan en escena los rinocerontes, esas bestias en las que estamos destinados a transformarnos si no tenemos cuidado.


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