jueves 06 de octubre de 2022
COLUMNISTAS cuentos

Pero era... primavera

23-09-2022 23:55

Cuento extraño y fabuloso el de Clarice Lispector. El título desconcierta, podría tratarse de una historia del oeste. “El búfalo”. Pero no. Es más complejo, sentimental, hermético y salvaje. Comienza con la primavera y el odio. Mejor: el odio en primavera. Es como si ocurriese hoy, en nuestro país, tan bien dispuesto a las azaleas como al vituperio fácil, desconsiderado. Tenemos tantas flores y nos queremos tan poco. El cuento es más inteligente, íntimo y sutil. El odio en cuestión, es cuestionado, precisamente por quien lo manifiesta. Es un odio distinto, un odio de amor. En este caso la intención no es eliminar al odiado sino comprender el propio odio. ¿De dónde surge? ¿Qué significan estas palabras nefastas? ¿Cómo hallar el sentido e incluso la representación de semejante iracundia? Además, en el relato de Lispector, quien odia es una mujer (al hombre que la dejó de querer): “Te odio, le dijo a un hombre cuyo único crimen era no amarla. Te odio, le dijo. Pero no sabía siquiera cómo se hacía.”

El cuento comienza con la mujer que ingresa al zoológico a buscar el odio en estado puro

Como la mujer no comprendió lo que ella misma dijo, se dispuso a hallar la forma de su “decir” en alguna parte. “Entonces fue sola a buscar su violencia”, escribe Lispector. Y ¿a dónde piensa ella que la encontrará? Entre los animales, donde no hay equívoco. Sin palabras, todo es más preciso. El cuento comienza con la mujer que ingresa al zoológico a buscar el odio en estado puro, sin lenguaje que lo encubra. Ni actuado, ni significado. El odio en los ojos.

“Pero era primavera…”, es la primera frase del cuento. Su paseo por entre las jaulas sólo recaudaba caricias de los monos, lamidas de las leonas. Los animales estaban en celo. Ni el más feroz de los felinos exhibía sus colmillos. ¿Justo en primavera se le había ocurrido ir a buscar el odio? Pasó por todas las jaulas, humillándose frente al cariño de los camellos y la bondad de los elefantes. “¿Pero dónde, dónde encontrar el animal que le enseñara a leer su propio odio?” Hasta que llegó a donde estaba el búfalo. Y allí se topó con su “cuerpo ennegrecido de tranquila rabia”. No hace falta contar el final del cuento (trágico, apoteótico). Mejor volver al cómico y tierno principio, cuando la primavera favorece las cercanías.