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COLUMNISTAS / Asuntos internos
domingo 2 diciembre, 2018

Si piensan en la manteca no entendieron nada

La muerte de Bernardo Bertolucci vino a demostrar que después de cincuenta años nadie consiguió sacarse de la cabeza la escena de la manteca –con Maria Schneider y Marlon Brando vestidos, como Donald Sutherland en el Casanova de Fellini.

por Guillermo Piro

default Foto: CEDOC

La muerte de Bernardo Bertolucci vino a demostrar que después de cincuenta años nadie consiguió sacarse de la cabeza la escena de la manteca –con Maria Schneider y Marlon Brando vestidos, como Donald Sutherland en el Casanova de Fellini. La muerte de Bertolucci sirvió para evocar esa escena, que para quienes la vimos cambió para siempre nuestro modo de ver tanto a Bertolucci como a la manteca. Es como si toda la carrera y la filmografía del director girasen alrededor del Ultimo tango en París, cuerpos celestes orbitando en un sistema solar.

El núcleo de este sol de celuloide, del que emanan radiaciones termonucleares, son esos pocos minutos a partir de que Paul le dice a  Jeanne “Traeme la manteca, quiero hablarte de la familia”, y ella lo mira sorprendida. Sorpresa genuina, porque en el guión de Maria Schneider la agresión sexual estaba, pero no había ningún rastro de manteca. Hoy sabemos que fue una ocurrencia de Brando, durante el desayuno, que Bertolucci aprobó de inmediato, un acuerdo masculino, entre el gran actor y el director, ignorado por la joven actriz, con el fin de conseguir en ella una expresión realmente humillada. “Creo que me porté horriblemente con Maria –dijo Bertolucci un año antes del #MeToo– porque no le conté lo que iba a pasar. ¿Si me arrepiento? No, pero me siento culpable. Hacer películas es también eso, conseguir cosas.” Palabras que siguen desencadenando la furia de muchas stars de Hollywood, desde Chris Evans a Jessica Chastain, para quienes el arte nunca justifica ciertos maquiavelismos.

Miren si no a Vittorio De Sica metiendo sin que nadie lo vea colillas de cigarrillo en el bolsillo del pequeño Enzo Staiola, el niño de Ladrones de bicicletas, para tener una excusa con la que después mortificarlo y hacerlo llorar con suficiente realismo. Y a Sam Peckinpah, que en La cruz de hierro se presentó ante los extras, poco antes de la filmación de una de las brutales escenas de guerra, para decirles que por cuestiones económicas no habían podido conseguir bombas de fogueo de las buenas, que no corrían ningún peligro... siempre y cuando se tiraran al suelo cuando escucharan la explosión, no fuera a ser que algún pedazo de vidrio les pegara en la cabeza... Uno ve esas escenas y dice: “Esa gente tiene miedo de verdad”. Hacer cine es conseguir cosas. Sí, ¿pero a qué precio?

El poder termonuclear de la escena de la manteca, entonces, radica en el rostro verdaderamente humillado y asustado de Schneider cuando sufre la violencia de Brando mientras es obligada a repetir una plegaria que aún hoy sigue sonando tan sacrílega como entonces: “Santa Familia, templo de los buenos ciudadanos, donde los niños son torturados hasta que confiesan su primera mentira, donde la voluntad se quiebra bajo la represión, donde la libertad es asesinada por el egoísmo. Familia, das asco”.

Es una pena que la manteca haya aparecido para borrar ese discurso, porque es allí donde reside la verdadera fuerza subversiva de la película. El último tango, aunque haya sido filmada con métodos prevaricadores y sexistas, anunciaba la muerte de la familia y el nacimiento de un nuevo modelo masculino. El divo más carismático de la época le pone voz y rostro a la virilidad frágil que se interrogaba a sí misma y se reía de los fetiches patriarcales. Un logro del joven Bertolucci que quedó en la nada, porque aún hoy sigue siendo un modelo demasiado escandaloso para ser aceptado por el hombre. Y no hay manteca que pueda hacerlo sentir menos incómodo.


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