24th de February de 2021
COLUMNISTAS opinion
22-09-2019 01:30

Una tragedia color verde

Mariana Luzzi / Ariel Wilkis
22-09-2019 01:30

“Si sos inquilina, lo mejor que te puede pasar ahora es que te hagan el contrato de alquiler en pesos, y quedarte así”. La mujer se lo decía hace una semana a un grupo de amigas con las que compartía el almuerzo del domingo en un restaurant de Núñez. No todas eran inquilinas en la mesa; segundos antes otra se lamentaba por haber fijado en dólares solo uno de los contratos de sus propiedades en alquiler.

El razonamiento detrás de esos cálculos no necesitaba ser explicitado en la mesa. Todas las comensales tenían claro que, en un contexto de inflación elevada, fijar en dólares el valor de un contrato a dos años era para el propietario un modo eficaz de asegurarse una rentabilidad estable en el tiempo. A la vez, todas comprendían que, para el inquilino que gana en pesos, un contrato de esas características podía ser una condena.

Eso mismo pensaron en estos últimos días los industriales panaderos, cuando salieron a protestar por la dolarización de las facturas de la harina por parte de los principales molinos. “Es imposible pagar precio dólar y vender el pan en pesos”, decía un representante del sector.

La fijación de precios en dólares en contextos de inestabilidad cambiaria y fuerte inflación no es un recurso nuevo en la Argentina. Como mostramos en El dólar. Historia de una moneda argentina (1930-2019), esa fue una de las estrategias consolidadas entre mediados de los 70 y finales de los 80 (cuando la inflación anual no bajaba de los tres dígitos) para asegurar la continuidad de transacciones y contratos en contextos de fuerte inestabilidad macroeconómica. Su mayor apogeo llegó entre 1989 y 1991, al calor de la hiperinflación, cuando casi todo, desde los electrodomésticos hasta los útiles escolares, de las herramientas a los alquileres, tenían listas de precios en dólares. En medio de esa tormenta monetaria que fue la hiper, usar el dólar para hacer cuentas y fijar precios parecía natural.

Esa “naturalidad” tenía una historia: desde la década de 1960, argentinos y argentinas habían aprendido a prestar atención al dólar como una variable clave de su economía, nacional y también cotidiana. Poco a poco, la cotización del dólar se había convertido en una pieza clave de la información diaria, al tiempo que las casas de cambio se volvían también un escenario familiar. El dólar era una moneda conocida, aún para quienes jamás habían tenido uno en el bolsillo. Sobre el billete verde se hacían chistes, se escribían obras de teatro, se hablaba en la mesa del bar. Convertirlo en una moneda efectivamente utilizada como referencia en los contratos, o como medio de pago, marcó la profundización de un proceso cuyas raíces se encontraban mucho antes.

Esta historia nos ayuda a comprender el rol que juega el dólar en la actualidad. La moneda norteamericana es el elemento central de la enorme habilidad que despliegan los agentes económicos para llevar adelante sus transacciones cotidianas en momentos de fuerte inestabilidad. El billete verde les permite asegurar e incluso ampliar ganancias y también protegerse de los quebrantos del Estado. El recurso es sin embargo costoso: la autonomía individual que así se conquista supone al mismo tiempo una gran  tragedia colectiva. n

* Autores de Dólar, historia de una moneda argentina.

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