jueves 15 de abril del 2021
COLUMNISTAS Víctimas y traumas
28-03-2021 02:11

Violencia sexual contra la niñez

28-03-2021 02:11

El sufrimiento de una vida tempranamente expuesta y sujeta a condiciones extremas, nacer y crecer en un entorno violento, se expresa en múltiples dimensiones.  Así la especialista en trauma infantil Lenore Terr propone dos tipos de incidentes traumáticos: Tipo I, referidos a un suceso repentino e inesperado que puede causar daño, y los tipo II, incidentes traumáticos reiterados, por lo general producidos intencionalmente.  Ser víctima de abandono, maltrato y violencia sexual en la infancia, se incluyen en esta segunda categoría. En todos los casos involucra un avasallamiento físico y emocional intencional, que niega la condición de sujeto de derecho de la niña/o, con el riesgo de un gran impacto en la salud. Atrapada, a la espera de la repetición, incapaz de defenderse o huir, en un entorno de amenaza permanente para su integridad o la de sus seres queridos se instala en la persona un estado de inescapabilidad o sin salida. El mundo se vuelve un lugar sin posibilidades de refugio. La víctima de violencia infligida voluntariamente por otro ser humano presenta una serie de reacciones que, de no ser abordadas con urgencia, se transforman en trastornos asociados a las experiencias traumáticas severas.  Proceso que puede causar cambios profundos en la personalidad, con pérdida de las creencias fundantes.  La Organización Mundial de la Salud (OMS) lo ha denominado: «Transformación perdurable de la personalidad tras experiencia catastrófica». Según el psiquiatra Victor Frankl: «Dan cuenta de esta pérdida del significado el constante deseo de muerte y auto-aniquilación en las niñas prostituidas, los intentos de suicidio en sobrevivientes de incesto y el sentimiento de vacío y desconexión en muchas mujeres maltratadas”.

El psiquiatra holandés Van der Kolk, junto a otros investigadores ha señalado que el factor crítico desencadenante del trauma puede ser la controlabilidad del estado de inescapabilidad o sin salida . ¿Cómo conseguir no sucumbir al terror que se siente bajo estas circunstancias?  Frente a la imposibilidad del escape físico, en la infancia y la adolescencia, mediado por las hormonas de la respuesta neurofisiológica  del estrés se emplea la disociación como escape «mental». Se desconecta la emoción y tiende a crear un sentido distorsionado del tiempo y de los sentimientos, como si lo que sucediera no fuese real, disminuyendo la sensación de dolor. Durante un evento traumático parecen «desconectados» y luego pueden no recordar qué sucedió. “Fue como si me separara de mi cuerpo y viera desde arriba como violaban a esa mujer”. Se altera así, la conciencia del dolor, la frecuencia cardíaca, y la tensión arterial.  Esta exposición repetida, genera un alto impacto somático. Vivir en un entorno de persistente amenaza promueve una alteración basal de la vivencia del miedo y del equilibrio fisiológico. Con temor constante,  raramente se logrará un “estado de calma”,  en estado hiperalerta a la espera de la repetición del evento, aunque esto no sea perceptible a los ojos de un observador incauto.

La violencia sexual ejercida por un ser querido genera una suerte de estado de confusión. Se duda de los propios recuerdos. Durante un acontecimiento traumático, o poco después se observan las alteraciones disociativas, como desapego de la experiencia y alteraciones en la memoria. Esta amnesia puede ser utilizada por «el victimario» para reforzar la negación de la percepción de la «víctima», porque resulta particularmente intolerable comprobar que la persona de quien debería recibirse amor y cuidado es quien lastima. La memoria traumática no actúa selectivamente, en un intento fallido de olvidar quedan borrados, borrosos o totalmente ausentes no solo los eventos que desencadenaron el trauma, también se pierde el recuerdo de otros hechos vividos durante esa etapa.

La pobreza en tanto provoca exclusión, precariedad e indefensión, es una violencia que engendra otras.  

Las consecuencias del impacto dependerán de tres dimensiones: las condiciones de vulnerabilidad previa, las características de la situación crítica y  el contexto o entorno. Lo que claramente nos ofrece múltiples oportunidades de intervenir.  Es tiempo de hacerlo ahora,  millones de personas están en riesgo.

*Médica especialista en psiquiatría.

Producción: Silvina Márquez