CULTURA

La causa de los cuadernos

Becerra establece la diferencia entre su escritura y la de los diaristas y se ubica en las antípodas de la “literatura del yo”.

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En diciembre se eligen los mejores libros del año. Lo curioso de tales encuestas es que los convocados a votar parecen haber leído todo lo que se publicó en la Argentina en los meses anteriores. Si un libro se publica en diciembre y alguien lo lee en enero, no podrá integrar su lista de preferidos ni ese año ni el siguiente. Pero, después de todo, son nimiedades. Todos sabemos que es muy difícil que un gran libro se publique este año o el que viene, aunque acabo de leer que una escritora tiene exactamente ocho obras maestras para votar y no se puede decidir.

Pero, aunque no me han llamado a hacerlo, quiero hacer mi aporte a la selección eligiendo el libro más original que leí este año y que recomiendo fervorosamente. Lo publicó en Chile la editorial Alquimia y, si mal no recuerdo, llegó a mis manos en la Feria de Editores de Buenos Aires. Se trata de La próxima novela, un pequeño volumen de menos de cien páginas firmado por Felipe Becerra, escritor nacido en Valdivia en 1985, según dice la solapa. La próxima novela es un texto ilustrado que intermedia entre otros dos textos que no lo son del todo. Uno es la segunda novela de Becerra, llamada Los cisnes de Ñache, su monumental y demorada segunda novela, que Becerra viene escribiendo desde que terminó la primera, Bagual, publicada en Lima en 2008. Para ayudarse en la redacción, Becerra empezó a tomar apuntes en una serie de cuadernos (¿agendas?) Moleskine y La próxima novela parte de una selección de esos apuntes, editados y comentados, o (no está claro el origen de cada fragmento) de pasajes nuevos. Lo que también aparece en el libro son fotografías de páginas de los cuadernos, en los que la escritura manuscrita se complementa con dibujos y pegatinas.

Conozco a otro “cuadernista”, expresión acuñada por Becerra. Es el cineasta alemán Heinz Emigholz, que los produce continuamente en una letra minúscula solo interrumpida por ilustraciones. Pero no los publica y tampoco los muestra (solo de lejos), aunque a veces se los puede ver durante planos muy cortos en sus películas. Becerra tiene claro que el cuadernismo está en la intersección de la literatura con la plástica y cita entre sus ¿influencias? [sic], un cuaderno-instalación del artista norteamericano Sean Landers. Pero también habla de Pessoa y de Juan Emar, el autor de la oscura y monumental Umbral, obra de toda una vida como bien puede llegar a ser Los cisnes de Ñache y seguramente lo serán los cuadernos. Becerra se encarga de establecer la diferencia entre su escritura y la de los diaristas y se ubica en las antípodas de la “literatura del yo”: su prosa es olímpica, distante, en el límite entre el dandismo y la reflexión estética, de la que va sacando en cada página conejos de lo más sorprendentes en torno de la idea de la literatura como anonimato y como dilación eterna de un aciago final que es la publicación. Uno de los tantos conejos: “El cuadernista no trabaja tanto con la elaboración de una identidad sino con su disolución. Por medio del cuaderno somos cada vez un poco menos nosotros mismos. Nos vamos afantasmando, ¡ay!, sin nunca desaparecer del todo”. Es una idea de un poder extraordinario, que hace repensar la tarea de todos los que escriben, especialmente de los que se tienden a exhibirse como pavos reales.

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