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CULTURA / Emilia Gutiérrez
domingo 10 noviembre, 2019

Morir de colores

Atravesada por la desgracia y la locura, la vida de Emilia Gutiérrez cuenta una época extinta que, sin embargo, se proyecta con potencia en el presente. Con curaduría de Rafael Cippolini, “Flamenca”, muestra que se presenta en la galería Cosmocosa, rescata la obra de una artista imprescindible para configurar el olimpo de la pintura argentina.

Galería de imágenes

por Laura Isola


Fotogalería
EL PASEO DEL DIABLO, 1974. Óleo sobre tela. 45 x 55 cm. Foto: Galería Cosmocosa.

Una presencia que inquieta a fuerza de serenidad” fue el título de la reseña que salió en la revista Confirmado en mayo de 1965 sobre la exposición de Emilia Gutiérrez en la galería Lirolay. En el Archivo IIAC-Untref, además de algunos artículos sobre las exhibiciones de ella, también están los catálogos de esa muestra, del 10 al 24 de mayo de 1965 y la del año siguiente, que fue del 6 al 18 de junio.

Este corpus, aunque pequeño, es significativo para comenzar a hablar, nuevamente, de una artista que tuvo una presencia, como indica esa frase ajustadísima, en un momento de la historia del arte argentino y luego se diluyó por razones que, sin tener todas las respuestas, Rafael Cippolini está dispuesto a imaginar. Porque poner a Emilia Gutiérrez en escena no es solo discurso y archivo.

Cippolini es el curador de una muestra que retoma en donde quedó y piensa la figura de esta artista argentina con algunas claves de lectura. Las buenas muestras, en general, tienen buenas investigaciones, y Cippolini sabe hacerlas: “Esta es la introducción o el proemio a algo más grande. Hace años me encontré, un poco de casualidad, con Emilia Gutiérrez. Mejor dicho, un amigo me pidió que vaya a ver el departamento en el que había vivido una pintora y dibujante, en el que todavía estaban sus obras”.  Ese hecho fortuito, hace unos 15 años, desencadenó una obsesión. De esas que Cippolini transforma en algo luminoso como libros y exposiciones.

La biografía de Emilia Gutiérrez está atravesada por la desgracia y por la locura, “es una locura moderada; no es la de Bispo, el artista brasileño que se sentía un enviado de Dios, no era como Antonin Artaud ni tampoco era la de Jacobo Fijman, el poeta que estuvo encerrado en el Borda”, aclara Cippolini. El tema es que Gutiérrez quedó signada por la depresión de su madre al momento de su nacimiento, la vida con su abuela y sus dos hermanas, el padre que viajaba mucho, que encuentra síntesis en sus palabras tan lacónicas como su personalidad: “Nada importante hay en mi vida, en los cuadros está el mundo de mi infancia, que no fue muy alegre”.

Respecto a sus propios problemas mentales, Cippolini tiene su teoría: “En el catálogo de Ernesto Schoo sobre una exposición colectiva en la que ella participa hay una frase que me parece que es central, respecto de la relación entre arte y locura. Todos eran realistas pero ponían de manifiesto qué escondía esa realidad, escribe Schoo. No hay en Gutiérrez un testimonio sobre la relación con la locura sino que fue una pintora singular, un meteorito que cayó en el campo artístico durante unos años y luego se extinguió. No hizo mucho ruido pero tampoco pasó desapercibido”.

¿Fue todo lo loca que fue Alejandra Pizarnik? Cippolini está conforme con esta pregunta: “Exactamente. Y si querés más, La extracción de la piedra de la locura, el cuadro del Bosco, era su preferido y es el título del libro de poemas de Pizarnik de 1968 que está inspirado en el cuadro del artista holandés”. Si bien es una coincidencia, podemos seguirla un poco más: para ambas, el silencio es una manera de estar en el mundo y de alejarse de él. Una exploración, una huida constante que tuvo a la pintura y la poesía como refugios y búsquedas.

Emilia Gutiérrez nació en 1928 y tuvo, como cuenta, una infancia desdichada. Estudió dibujo en la escuela en el barrio de Flores, donde nació y luego, e ingresó al taller de Demetrio Urruchúa: “En realidad, es justo decir que iba a tomar clases pero estaba aislada en ese mismo lugar. Concurría, hacía los ejercicios pero Urruchúa decía que la dejaran sola: dejen sola a la Flamenca. No participaba del ambiente del taller. Le pusieron de apodo la Flamenca, porque le gustaban los colores de los pintores holandeses. Incluso, hay algo de rareza en ese nombre”, explica el curador.

Para colgar la docena de cuadros en las paredes de la galería Cosmocosa, donde se inauguró la muestra, Cippolini vuelve a elegir el verde, “uno seco que varía un poco al amarillento, el azul que va desde el pavo real a otro más apagado y el caoba, entre beige y mostaza, tan característico en sus obras y en la de los pintores holandeses que admiraba”. La selección se concentra en cuatro grupos en lo que el curador considera poder organizar sus cuadros: situaciones barriales, retratos, ambientes y seres imposibles. Una lista alucinada que hace justicia a una creadora muy particular.

En 1952 se casó con Oscar “el Negro” Díaz, que trabajaba como diseñador en Eudeba y el CEAL con Boris Spivakow, y la relación duró cinco años; en 1954 dejó el taller de Urruchúa, formaba parte del Grupo del Plata y realizó exposiciones colectivas: “El gran momento de Emilia fue entre 1965 y 1975: muy productivo y de creación. Realizó estas muestras colectivas y comenzó con la primera individual en la galería Lirolay”, según Cippolini.

El mencionado catálogo, que está en el archivo de artistas y escritores de la Untref, recupera uno de sus colores favoritos: un verde casi musgo, el de los cuadros flamencos. En la otra parte, una imagen de un cuadro: la señora con sombrero tomando algo en una tacita. La mirada extraviada que perdurará en sus pinturas y la amalgama de formas, colores, trazos para dar cuenta de una sensibilidad singular: “Ella era tan surrealista como lo había sido Chagall. Es decir, no la pondría a jugar completamente en ese estilo. Ni tan loca ni tan surrealista en una filiación completa a esa tradición. Lo que me fascina de Emilia es que es muy extraña a su manera. No puedo reconocer ni otras líneas ni otros artistas en sus obras. Una creadora muy excepcional. Hay seres imaginarios, perturbadores, en sus pinturas pero no son lo mismo que la expansión de la conciencia o la pretensión de salirse de la realidad de ese movimiento”.

Por su parte, en el catálogo del 66 hay una pequeña biografía. El texto recuerda la exposición del año anterior, sus muestras en conjunto, la selección de su obra para el Salón del Museo de Artes Plásticas de La Plata y los planes a futuro: “Realizará en 1967 una exposición en Nueva York invitada por The Contemporaries Gallery”. La institución fue fundada en 1952 por Margaret Lowengrund y se dedicó, principalmente, a promover a artistas gráficos, impresores y litógrafos. De ahí en más, realizó siete muestras, y de ella hablaron algunos críticos y artistas como Hugo Monzón y Córdova Iturburu, entre otros. Es verdad que no entró, hasta mucho tiempo después, en la atención de la academia pero, como explica Cippollini, “¿quién tuvo tanta atención en ese tiempo? Pensemos que sus años de productividad coinciden con los 60, el pop y el Di Tella. No estaba en ninguna movida así, nunca fue una artista joven, su obra fue atemporal;  y sin embargo, ya te digo, tuvo exposiciones en Van Riel, Vermeer, algunas muestras en París. Carlos Alonso la presentó a Germaine Derbecq en Lirolay. Creo que, en la medida de sus posibilidades, ella hizo lo que quiso. No sé si me alcanza con la lectura de que era mujer. En todo caso, será una posible pero exterior a su obra. No hay una militancia de ella que fue desatendida por el ambiente artístico. Creo que sería forzar un poco la creación de Gutiérrez si la analizamos desde ese lugar”.

"Lo que fascina de Emilia es que es muy extraña a su manera. No puedo reconocer ni otras líneas ni otros artistas en sus obras."

Para el autor de Contagiosa paranoia y curador de la muestra, hay un camino de rehabilitación y recuperación de la figura de Gutiérrez en ese borde, en esa creatividad sin tiempo y sin canon: “Quiero volver a presentar la obra de Emilia Gutiérrez. Intensa, alucinada, asombrosa, íntima: la obra de Emilia Gutiérrez esconde mundos dentro del mundo. Si existía un secreto en la pintura argentina, sin dudas eran estas imágenes. Es hora de que nuestro canon comience a reacomodarse. No nos queda más que redescubrirla”.

Fue en 1975 que ella entró en silencio. Si bien estaba medicada desde los 35 años, su médico psiquiatra le indicó que no pintara más porque ella le dijo que los colores le hablaban. “Tenía alucinaciones auditivas. Se encierra en su departamento y prescinde de la vida social. Ni siquiera la que tenía antes, a su manera. Para estar dentro del campo hay que hacer algunas movidas, ¿no? Ir y venir, participar, conocer gente. Tengo dos explicaciones que van juntas para dar sobre esa situación de olvido de Emilia Gutiérrez: ella se aisló y se olvidaron de ella. Las dos juntas”.

En sus Diarios, Alejandra Pizarnik escribió: “Sé, de una manera visionaria, que moriré de poesía. Esto no lo comprendo perfectamente, es vago, es lejano, pero lo sé y lo aseguro”. Quizá, como morir de poesía, morir de colores, en el caso de Emilia, tenga sentido, una vez más, con los versos de Alejandra: “Explicar con palabras de este mundo/que partió de mí un barco llevándome”.

 

 

Flamenca

Emilia Gutiérrez
Curador: Rafael Cippolini
De lunes a viernes de 14 a 19 y los sábados de 11 a 18
Hasta el 6 de diciembre
Cosmocosa, Montevideo 1430, PB
Ciudad de Buenos Aires


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