jueves 15 de abril del 2021
CULTURA opinión
14-06-2020 02:45

Guerra y zapatillas

No se trata de eliminar el racismo sino de perseguir, vivos o muertos, a quienes se decreta como sus continuadores.

14-06-2020 02:45

En un momento de la serie The Last Dance, se comenta un episodio de la vida de Michael Jordan de los que en inglés se llaman controversials (no me animo con una traducción que no suene horrenda). En 1990, el demócrata negro Harvey Gantt compitió por una banca de senador en Carolina del Norte contra el republicano Jesse Helms, uno de los políticos más reaccionarios de la política estadounidense. En esa oportunidad, varios allegados a la campaña se acercaron a Jordan y hasta su propia madre le pidió que hiciera una declaración pública de apoyo a Gantt. Jordan se negó y, en una conversación de vestuario llegó a decir que después de todo los republicanos también compraban zapatillas (Jordan ya era entonces el emblema de Nike). Con los años, ese comentario formulado en la intimidad atormentó un poco al basquetbolista, que apoyó desde entonces a varios políticos negros y, después del asesinato de George Floyd, anunció que donaría cien millones de dólares a distintas organizaciones que luchan contra el racismo. Nike, por su parte, se ha sumado a la campaña del Black Lives Matter. 

Mientras veía la serie, se me ocurrió pensar que tal vez Jordan encarnara razones más nobles en su negativa a apoyar a Gantt, más allá de su interés económico y el de sus patrocinadores. Después de todo un ídolo tiene la posibilidad, casi única entre los seres humanos, de serlo para todos sus semejantes, independientemente de su raza, su religión o sus opiniones políticas. Representa una grandeza universal, la posibilidad de un logro humano que trascienda incluso a la injusticia. Pero esa grandeza embanderada políticamente deja de ser ecuménica y se transforma más bien en un botín de guerra. 

Vuelvo a Jesse Helms (1921-2008), que fue senador durante treinta años y se opuso a los derechos civiles, al aborto, a los derechos de los homosexuales, a la financiación estatal de la artes y a todo lo que pareciera remotamente liberal. Sus adversarios lo tildaron siempre de racista y una de las pruebas que se aducen fue que una vez se encontró en un ascensor con Carol Moseley Braun, la primera senadora afroamericana de la historia, y se puso a silbar Dixie, la emblemática canción de los confederados en la Guerra Civil.  

En Prisionero del odio, una película de John Ford de 1936, la guerra acaba de terminar con la rendición del Sur y una multitud festeja el triunfo frente a la residencia de Lincoln. Este sale al balcón e, invocando sus prerrogativas como presidente, le pide a la banda que toque Dixie, el himno de los vencidos. Al estupor inicial sigue una ovación, como si la multitud comprendiera que Dixie, tanto la canción como el territorio, son parte inseparable de su identidad como norteamericanos. 

Hoy esa escena no podría filmarse. Sería vista como una defección ante un enemigo que debe ser eterno, así como la guerra. No se trata de eliminar el racismo sino de perseguir, vivos o muertos, a quienes se decreta como sus continuadores. La lista es larga en incluye a Churchill, a Gandhi y al destituido editor del New York Times que se atrevió a publicar un artículo de un senador republicano del sur que ofendió a quienes hablan en nombre del movimiento BLM. A diferencia de John Ford, esa división irreversible era lo que buscaba Helms cuando silbaba Dixie frente a su colega.

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