DEPORTES
Pelé murió a LOS 82 AÑOS

¡Dios salve la memoria del “rey”!

La muerte del "Rey" Pelé, el rey de las mil coronas, exige luto en cualquier corazón sensible al arte. Pelé no fue, simplemente, un jugador de fútbol, fue el astro rey.

Pelé
Pelé | Cedoc Perfil

Tal vez, así como elegía con maestría el ángulo donde colocaría el remate impecable, también eligió el momento para irse del planeta que aún hoy suele reverenciarlo: después de una Copa del Mundo; ese ápice futbolístico que –aunque el trofeo sea otro– solamente él consiguió tres veces.

La muerte del ‘Rey’ Pelé, el rey de las mil coronas, exige luto en cualquier corazón sensible al arte, pide un minuto interminable de silencio en todos los apasionados del espíritu deportivo, reclama bandera a media asta en cualquier país que se haya extasiado con su destreza y permite una viril lágrima aún en quien nunca lo vio actuar en vivo y en directo...

Murió Pelé, la primera leyenda del fútbol mundial

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Pelé no fue, simplemente, un jugador de fútbol, fue el astro rey. En la constelación de las estrellas él es el sol. No fue el mejor del fútbol mundial y de la historia, fue EL fútbol mismo: lo encarnó como nadie. Pelé no fue el embajador sin cartera de Brasil más amado en el globo, representó al propio globo, según consta en los homenajes que lo acompañan aquí y acullá. Y lo fue por y para todos, sin importar el género que hoy importa tanto. Así, fue amor a primera vista de todos aquellos que admiramos lo admirable. 

El hijo de Don Dinho y Doña Celeste nunca olvidó la pobreza de su natal Três Corações, ni se bañó en oro cuando pudo hacerlo en el Cosmos de New York antes de retirarse. Mirando hacia abajo alcanzó su mayor altura, la de la modestia y la humildad. Jamás humilló a sus rivales ni se comparó con sus compañeros. La realidad lo hizo por él y contra su consistente y llana idiosincrasia. Pelé, el inolvidable, detuvo una guerra, literalmente las trincheras africanas renunciaron al fuego cruzado para verlo, quizá tocarlo, mirarlo de boca abierta y ojos más abiertos aún, algo que difícilmente hoy conseguirían Messi y Cristiano Ronaldo enfrentándose uno al otro como grandes gladiadores que son. 

Edson Arantes do Nascimento no es Dios porque no los hay en la Tierra, pero en el continente de los semidioses, él es el número uno. Dentro y fuera de los campos de juego, esos que llenó de fascinación en tiempos donde volar de un lado a otro era complicado y aún –a veces– se cruzaban los océanos navegando; esos estadios que lo aplaudieron cuando la televisión todavía no mostraba sus ‘delicatesen’ al instante de producidas ni había ‘replay’ o colores. Él era el color. Tenía todos los tonos, desde el negro intenso de su piel al impoluto blanco de sus ideales deportivos.

Como Macunaíma, era brasileño, “preto retinto e filho do medo da noite” y como el personaje de Mario de Andrade, fue a San Pablo para conquistar su sueño (un amuleto en la obra modernista) y lo logró, ambos lo lograron, pero la gran diferencia es que el héroe literario Macunaíma no abrazaba valores morales y Pelé sí. Como los abrazaba Ayrton Senna, el otro ídolo imperecedero de Brasil: al gran Santos Dumont, el insigne aviador de Minas Gerais (como Pelé), nadie lo recuerda al igual que en la Argentina nadie rinde pleitesías a Jorge Newbery, el primer ídolo deportivo popular argentino.

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Es cierto, alguna probable novia quedó desapuntada con Pelé y alguna hija no lo tuvo tanto como deseaba, y tampoco cantaba bien aunque él creía que sí. Pero admiraba a los argentinos. Posiblemente, sean esas pequeñas escaramuzas en el área del destino y la juventud las que lo describen y reconocen humano. Humano como pocos, puedo decirlo porque tuve una linda relación personal con él, iniciada en los años noventa, donde comenzó a llamarme ‘Presidente’ (por causa de la editora que me tocaba dirigir en ese momento) y yo, claro, le decía ‘Rey’. 

Luego, después que él fuera Ministro de Deportes de Brasil, viajamos juntos a Japón, poco antes del Mundial de 2002 (era el modelo mundial del laboratorio Pfizer para su revolucionara novedad: el Viagra). Visité su casa en asados compartidos con Manoel María y Dorval, ex compañeros suyos en el Santos y que supieron actuar en Racing de Avellaneda, mi club. Más tarde, dirigí la revista deportiva Placar, la principal y más histórica del mercado brasileño y allí intercambiamos nuestros últimos pensamientos. Puedo dar fe, entonces, del titán que también fue como persona. Algo que siempre me reforzó su fiel secretario personal de medio siglo, el español Pepito Fornos que lo cuidó hasta pocos meses antes de su muerte.

Por lo demás, en lo futbolístico, la perfección es la mejor palabra que lo define, si es que no hay otra superlativamente más indicada. Porque en estos momentos, es obvio, faltan palabras. ¿Dónde están esas palabras? Su inacabable inspiración anula la del cronista para que este pueda ornamentar su relato. ¿Cómo decir uno lo que él hacía con tanta elegancia y plasticidad? ¿Con cuál gracia relatarlo? ¿Con qué precisión definir su arte? 

Apenas surge una sola palabra que lo resume todo: PELÉ. Su simple mención describe la epopeya del guerrero vencedor de todas las batallas y también narra el cuento de hadas que solo sabe de belleza y encantamientos. Decir PELÉ es unir esos extremos en un círculo que mejor se asemeja a uno de sus impensados y espontáneos amagues: para aquí, para allá, para todos lados y también por arriba o por abajo. Solamente él se definía a sí mismo y no con palabras, con acciones; los demás no pasamos de un mero ensayo sobre el ídolo que hizo del “10” un número mágico y le dio a esa camiseta valor de manto sagrado.

Pelé superó a todos los cracks anteriores, llámense Mathias Sindelar o Giuseppe Meazza, Just Fontaine, Héctor Scarone o el ‘Charro’ Moreno. Pelé se destacó por sobre todos sus contemporáneos, por buenos que fueren Alfredo Distéfano y Eusebio, Bobby Charlton, Ferenc Puskas y Franz Beckenbauer. Y también superó al mismísimo Garrincha, “o anjo das pernas tortas”. 

Pelé, asimismo, nunca fue alcanzado por quienes brillaron después de él y a favor del nuevo mundo mediático, hayan sido ellos tan grandes como Michel Platini, Zico, Marco Van Basten o el segundo mejor, el propio Diego Maradona que, también para él, fue quien más próximo llegó en ese podio casi celestial. 

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Mucho menos podrán compararse a Pelé las figuras de la marquetinera actualidad –Lionel Messi, Cristiano Ronaldo o Kylian Mbappé– aunque trabajen tanto en las redes sociales y el universo digital cuanto en la cancha, espacio donde mejoran su rendimiento con calzado personalizado, balones electrónicos, césped impecable, entrenamiento científico y cuidados médicos 5G que el verdadero Rey jamás tuvo ni soñó. 

¿Por qué, entonces, fue superior a todos sus colegas? Porque futbolísticamente no tuvo defectos (en los entrenamientos sorprendía a todos atajando mejor que los buenos arqueros). A los restantes cracks de cada época, en cambio, se le puede encontrar algún débito, a veces más de uno. A Pelé no. ¿O acaso usted puede marcar algo que hacía mal o sin tanta excelencia? Fue un artista productivo y eficiente, el más fecundo y el más efectivo. Futbolísticamente inmaculado. Lo fue en clubes, donde ganó todo lo que disputó, y en su selección donde también ganó todo y más que nadie. ¿Que no jugó en Europa? Ah, como si eso, especialmente en aquellos tiempos fuese importante, tiempos en los que Brasil bailaba a los europeos. ¡No jorobemos! ¡Que la ignorancia no cambie la historia!

Un día, después de compartir el estreno de la película “Pelé eterno”, le pregunté cuál era su secreto y me dijo, además de agradecerle a Dios los atributos con los cuales lo bendijo, una frase llena de filosofía que no olvido: “Mi secreto fue confiar en mí y nunca tener miedo de perder... Porque el miedo a perder anula la voluntad de vencer. Y sin victorias no hay gloria ni reconocimiento, aunque a veces eso sea injusto”. 

Pelé no necesitó de un equipo de marketing que cuidara de su imagen, ni requirió del voto de los ‘millennials’ o generación ‘Y’ para ser ungido el ‘Atleta del siglo XX’, título que la historia pluralizará cuando entienda que fue único e irrepetible, y lo convertirá en ‘Atleta de todos los siglos’. Sí, todo eso porque Pelé no es una leyenda, Pelé es LA leyenda, seguido por Cassius Clay, rey del ring y otro monstruo de ébano. Ambos son los máximos orgullos negros, los que superaron las dos barreras más difíciles de saltar en el umbral de la necedad humana, las del racismo y la discriminación.

Se va en medio de una Copa del Mundo donde el juego elegante y distintivo apareció en cuentagotas y en una o dos Selecciones solamente, con apenas un par de cracks cada uno; claro, faltó Pelé para contagiar al resto, faltó el jugador más joven hasta hoy en disputar una Final del mundo y el más joven en convertir un gol en la decisión del campeonato. Y el único –entre los cerca de siete mil jugadores que ya compitieron en un Mundial– en conquistar tres veces el magno trofeo sin ir a prórroga o penales en ninguna Final.

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Pelé, ahora, está en el altar eterno, cerca de Dios, no apenas porque sus verdaderas estadísticas (no las recortadas de la absurda FIFA) son inalcanzables; tampoco porque sus hazañas se novelan y abrillantan en el relato nostálgico de quienes lo recordamos. No, no por eso. Pelé está allí porque su muerte nos obliga a ser justos con los caprichos de su magia, esa que el hemisferio derecho le facilitaba con el único fin de alegrar ricos y pobres sacando duendes de su galera; y también por su lógica, esa que el hemisferio izquierdo le permitía procesar para entender el juego cinco segundos antes que los rivales más inteligentes. 

También está allí, en la más alta cumbre, no solo porque su pierna izquierda pateaba como la derecha y su pierna derecha gambeteaba como la izquierda. Y porque su cabezazo era un bombazo inatajable (con derecho a pique en el piso la mayoría de las veces). Está allí por mil motivos, como el de su plástico salto que llegaba a la luna y desafiaba la ley de gravedad, tanto como su frialdad para definir nos parecía obra de una adelantaba inteligencia artificial, mientras su resiliencia a los arteros golpes de los impotentes marcadores, era cosa de alienígenas. Sí, en algunos pasajes de su historia Pelé fue un extraterrestre.

Y de ‘yapa’, de humana 'yapa', su pecho se inflaba y desinflaba como un ‘fuelle’ que resonaba con todos los acordes (como el de Astor Piazzolla, otro genio), aun cuando su black music tampoco era jazz o blues ni rhythm o soul, era una marcha de carnaval de Noel Rosa y Ary Barroso, cantada a dúo por Carmen Miranda y Chiquinha Gonzaga, remixada con un himno de Lamartine Babo... Aunque, claro, y para corresponderse con los intocables del más elevado más allá, en su último adiós, nada mejor que despedirlo con la Misa de Réquiem en Re menor de Wolfgang Amadeus Mozart. 

Por fin, yo te saludo y te despido; haré mi duelo y gritaré “¡Dios salve al rey!”. O, por lo menos, que Dios encripte tu memoria para que los tifones del tiempo nunca la profanen.

*Periodista.