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EDUCACIóN / La historia hoy
domingo 26 enero, 2020

La educación argentina entre 1916 y 1955

Entrevista a Alejandro Cattaruzza, autor de Historia de la Argentina, 1916-1955 (Siglo Veintiuno).

Leandro Bruni

Foto: Editorial Siglo XXI

La primera mitad de siglo XX es considerada una etapa fundamental para los pilares de
la educación argentina. Para repasar algunos de los hechos más relevantes de este
período, el suplemento Educación entrevistó al historiador Alejandro Cattaruzza, autor
de Historia de la Argentina, 1916-1955 (Siglo Veintiuno).


- En el periodo que trabajas en Historia de la Argentina, 1916-1955 (Siglo Veintiuno),
tuvieron lugar diversos hitos de la educación, algunos de ellos positivos y otros
negativos. ¿Cuáles dirías que son, de uno y de otro, los más destacados?


Siguiendo un orden cronológico, y atendiendo a varios de los niveles del sistema
educativo, en la universidad se destaca la Reforma de 1918. Luego, se produjo la
parcial inclusión de la enseñanza religiosa en distintos niveles de la escuela pública,
que comenzó en varios escenarios provinciales, entre ellos, la provincia de Buenos
Aires, la de Santa Fe y la de Córdoba, en la segunda mitad de los años treinta. En 1943
fue establecida a escala nacional por decreto de Ramírez y ratificada por el parlamento
en 1947 durante el gobierno de Perón. En 1949, a su vez, se estableció la gratuidad de
los estudios universitarios, y en esos mismos tiempos se decidió crear la Universidad
Obrera Nacional, que comenzó a funcionar a comienzos de los años cincuenta.
Después del golpe de Estado de 1955 cambió su nombre al de Universidad Tecnológica
Nacional.
Más allá de estos sucesos, el hecho de que el libro tratara de un período de unos
cuarenta años permitió registrar también otros procesos de fondo, quizás menos
visibles y espectaculares, pero muy relevantes. Si se considera, por ejemplo, la variable
del analfabetismo, se observa que en 1914 el porcentaje de analfabetos era, en todo el
país, del 36% aproximadamente. En 1947, esa cifra había descendido al 13,5% y en
1960, al 8,5%. La escolarización primaria -también un dato significativo- pasó a nivel

nacional del 48% en 1914 al 82% en 1960. Se trata de tendencias de media duración,
estables, sostenidas, cuyo ritmo sin embargo cambia de acuerdo con las políticas
impulsadas. Así, durante los primeros gobiernos peronistas, la matrícula primaria –un
nivel educativo ya muy consolidado- creció un 30%, mientras que la de la escuela
secundaria lo hizo en algo más del 100%. En cuanto a la universidad, hacia 1914 la
matrícula era de 6430 personas, en 1945 de 47.000, y diez años más tarde, ya con la
gratuidad establecida, llegaban a las 138.000.
A pesar de que estas cifras, aproximadas, ocultan las grandes diferencias entre
provincias, y no obstante las dificultades para organizar series homogéneas, así como
otros límites de orden cualitativo –no todas las fuentes, por ejemplo, emplean la
misma noción de analfabetismo-, ellas permiten obtener un panorama de conjunto.

- ¿En qué contexto político y social surgieron la Reforma Universitaria y la gratuidad
universitaria? ¿Cuáles fueron las repercusiones de estos dos hechos en los futuros
profesionales en el país?

La ubicación de la Reforma en un marco político y social reclama atender a que la
universidad era un complejo institucional y un espacio socialmente muy acotado por
entonces, como sugieren las cifras mencionadas. Muchos de los reclamos iniciales
estuvieron dirigidos a obtener cambios en la vida académica. Pero la Reforma
desbordó pronto esos límites: muchos reformistas se vincularon a las vanguardias
estéticas y otros comenzaron un tipo de intervención en la vida pública que los llevó a
la denuncia de la acción del imperialismo norteamericano en América Latina. En los
años treinta, varios asumieron una militancia más formal en el radicalismo, en el
socialismo y otras formaciones de izquierda e, incluso, algunos se aproximaron al
nacionalismo. Previsiblemente, la suerte de la transformación de la universidad estuvo
atada a los vaivenes políticos nacionales. Con el tiempo, el reformismo se
transformaría en una referencia muy fuerte en el imaginario de la militancia
universitaria, al menos hasta comienzos de los años setenta y luego del fin de la
dictadura, en 1983.
La cuestión de la gratuidad tuvo, en cambio, un lugar mucho menos destacado en la
tradición que el movimiento estudiantil construyó para sí, al menos hasta hace pocos

años. Miembros del frente antiperonista entre 1946 y 1955, aún con excepciones, los
activistas universitarios, no hicieron del establecimiento de la gratuidad ni una
conquista ni una efeméride. Creo que la decisión del peronismo de hacer gratuita la
enseñanza superior fue una pieza más en el muy vasto programa de ampliación de
derechos que ese movimiento impulsó desde el gobierno, que benefició tanto a
sectores populares como medios.
Preguntabas también por las repercusiones en los futuros profesionales. Entiendo que
el impacto de la Reforma se concentró en las condiciones de enseñanza y aprendizaje
en la institución. En cuanto a la gratuidad, es posible que en el largo plazo y combinada
con cambios más profundos, ella haya favorecido transformaciones en los elencos de
la burocracia estatal y sus técnicos. De aquel aparato estatal que estaba en buena
parte en manos de miembros de las elites sociales y culturales a comienzos de siglo XX,
se había pasado a uno, más vasto y complejo, en el que la presencia de universitarios y
profesionales, muchos de ellos provenientes de los sectores medios, era notoria.

- Se suele considerar que muchas de las cosas que nos pasan no pasaron antes. De
alguna forma nos sentimos únicos. Pero la historia nos muestra un panorama más
amplio. ¿Coincidís con esta idea? ¿Cuál es el rol de la historia y de la divulgación de la
historia?

Muchos historiadores discutieron por largo tiempo cuál era la que llamaban “función
social de la historia”. Mi opinión es que los términos del debate y sus resultados
dependen centralmente de dos asuntos: cómo se concibe la disciplina y el contexto de
los debates político-culturales del momento.
Así, mientras algo parecido a la historia profesional se organizaba en Francia a fines de
siglo XIX, los más destacados historiadores universitarios plantearon, una y otra vez y
hasta las puertas mismas de la Primera Guerra Mundial, que la tarea del historiador y
el objetivo de la enseñanza de la historia era ratificar la conciencia nacional y fortalecer
el patriotismo de masas. Se debía contribuir a hacer de los alumnos buenos
ciudadanos y patriotas. Con este ejemplo busco subrayar cuánto de las respuestas a
aquellas preguntas dependen del tiempo en el que se las plantee. En otros presentes y
en otros ámbitos nacionales las respuestas fueron otras.

A mi entender, una historia concebida como la construcción científica de un saber
sobre el pasado, y su enseñanza, pueden contribuir en el siglo XXI a la extensión de un
modo de aproximación a la realidad presente más cauto, menos ingenuo, más
reflexivo y más consistente. Ese sería también un modo más crítico de acceso a ella. Se
trata más de unas prácticas que de contenidos, aunque algo puede haber de beneficio
en este último sentido. El caso de la investigación y la divulgación de los mecanismos
del terrorismo de Estado durante la última dictadura es un buen ejemplo.

- En las últimas contiendas electorales muchos analistas señalaron que la
personalización y la polarización de la contienda era de tal magnitud como nunca se
había visto antes. Sin embargo, dos de los líderes que te tocan en tu periodo,
Hipólito Yrigoyen y Juan Domingo Perón, son considerados dos de los más
personalistas de la historia, y dependiendo de cómo se analice, otras campañas
parecen haber sido más polarizadas que la actual. ¿Qué considerás al respecto?
¿Cómo se caracteriza el personalismo en nuestra historia política? ¿Qué rol juega la
polarización en las contiendas electorales?

En las varias coyunturas que abarca el período que se analiza en el libro, la política
argentina tendió a organizarse en torno a sucesivos conflictos centrales, cuyos actores
colectivos fueron cambiando. La dinámica del enfrentamiento, y ciertos rasgos de esos
actores, en cambio, permanecieron. Las fuertes jefaturas personales fueron uno de
ellos. Así, entre 1916 y 1943 fueron el conservadurismo y el radicalismo los dos
bloques, ciertamente heterogéneos, que libraron la disputa más importante desde el
punto de vista político. En la UCR, el liderazgo de Yrigoyen era notorio. Luego de 1943,
el nuevo conflicto fue el del movimiento que lideraba Perón y el anti-peronismo, cuyo
eje fue el radicalismo. Las herramientas de la disputa política incluían el reclamo de
legitimidad exclusiva para el propio bando y la impugnación de la del adversario y esas
imágenes, de sí mismos y de los otros, y favorecían la polarización en las elecciones.


*Politólogo, sociólogo, investigador y docente (UBA) @leandro_bruni


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