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ELOBSERVADOR / Diálogo con Yamil y Julio Le Parc
jueves 10 enero, 2019

"Argentina es como una persona que está por dar un paso importante pero que siempre se frena"

Desde Punta del Este, Perfil habló en exclusiva con el cantante y con su padre, el legendario artista visual Julio Le Parc

por Pablo Cohen

Julio y Yamil Leparc en dialogo con Perfil Foto: Pancho Pastori-Sur Estudio
jueves 10 enero, 2019

A un día feroz y peligroso lo ha sucedido otro idílico, con el cielo despejado y una horda de argentinos, uruguayos, brasileños, paraguayos, europeos y norteamericanos disputando un lugar en los parkings frente a las playas que, desde La Barra hasta José Ignacio, se convirtieron en un festival de sonrisas, música y baños místicos en el océano. Comprensible: el tiempo, en Punta del Este, ha sido cruel y mediocre este 2019.

Como si una buena nueva lo hubiera estado esperando, un hombre flaco y largo con el pelo blanco recibe la excepcionalidad del martes 8 con calma y enorme entusiasmo. Allá, el que ustedes ahora leen nadar perfectamente en la pileta de uno de los hoteles más hermosos del Uruguay, y que sirve como prefacio perfecto a un mar bravío, es ese hombre. Tiene 90 años pero no es un anciano, y se llama Julio Le Parc.

Faltan todavía dos días para el evento que hoy, jueves 10, lo tendrá como protagonista de uno de los parques de esculturas más visitados del mundo, un paraíso al que esa máquina de ternura que es Pablo Atchugarry le ha impreso, como al mármol, la forma de su corazón. Precisamente en ese sitio, donde comienza el salón principal y a no tantos metros de otros monstruos sagrados como Gyula Kosice y Enio Iommi, se ubicará ahora una esfera naranja de 4,5 metros de diámetro que Julio inaugurará a las 18 horas, poco antes de que la fiesta se cierre con un concierto que su hijo y eficiente escudero artístico, el cantante Yamil Le Parc, ofrecerá junto a un grupo de 21 músicos, con entrada libre y gratuita, y en homenaje a Astor Piazzolla.

Antes del evento con que dará inicio a un año intenso en el que, finalmente, después de tantos premios y exposiciones de primera jerarquía mundial, hará una retrospectiva durante el próximo invierno porteño dividida entre Bellas Artes y el CCK con sus mejores épocas, con salas repartidas temáticamente en torno a la luz, al color y al blanco y negro, con las últimas obras que creó en Buenos Aires antes de partir a París, con piezas raras nunca antes expuestas, con gouaches pintadas en Francia y con dibujos académicos que seguramente dejarán al público estupefacto, el hechicero del arte cinético –que durante la primavera también intervendrá, como parte de un ciclo con la Orquesta Sinfónica, el Centro de Experimentación del Teatro Colón— habló con Perfil sobre su carrera y sobre su visión del arte, del mundo y de la Argentina, todo lo cual compartió con otro interlocutor de lujo: su hijo.

—¿Qué implicancia tiene para usted, Julio, instalar una obra como esta esfera en un año tan activo como 2019? ¿El aplauso lo ha adormecido, lo ha malacostumbrado, o todavía hay lugar para la sorpresa?

—Para empezar, es una gran satisfacción que Pablo me haya invitado a incorporarme a su fundación. Y me llena de orgullo que haya una nueva obra mía en América Latina. Además, me trae de nuevo a Uruguay, porque en 1966 hice una exposición en el Instituto General Electric de Montevideo cuando tu mamá todavía no había nacido (risas). Recuerdo que vinimos a Punta del Este, pero no había gran cosa: solo dunas y alguna casita. Volviendo a tu pregunta, siempre instalar una nueva obra implica una sorpresa y una atención que aparece para controlar el resultado. No existe ese desinterés que podría suponerse. Por otra parte, el éxito, si así se puede llamar, es el resultado cotidiano, permanente, de lo que voy encontrando en mis experiencias. Pero esa actitud no está ligada a un deseo de aplausos, sino que aquello viene después como un añadido que es bien recibido, aunque no sea lo fundamental.

—¿Cómo diría que ha sido como padre, en comparación a lo que ha sido como artista?

—¡Excelente! (risas).

—¿Yamil, qué dice usted?

—Ha sido una persona muy trabajadora, como un obrero. Los artistas siempre se ocupan muchísimo de su creación, y se dice de ellos que están ausentes de su familia por el involucramiento que tienen con la obra, pero en mi caso y en el de mis hermanos él ha estado presente. Cuando tenés a un padre que trabaja tanto por una razón determinada, lo entendés. Al fin y al cabo, mantener una familia siendo artista no es fácil.

—¿Qué valor musical y emocional tiene para usted el tango “Vuelvo al sur”, Yamil?

—Es un tango muy importante, que descubrí después de un cierto tiempo de estar acostumbrado a escuchar a Piazzolla gracias a mi padre. Yo he estado sumergido en la música argentina desde pequeño, sobre todo en el folclore, con Mercedes Sosa y Atahualpa, y en el tango, con Piazzolla. Y también en el bolero, con Los Panchos y Armando Manzanero. La verdad es que, siendo muy joven, me costó cantar tango. Por eso empecé con el bolero.

—Entonces, ¿qué implica la geografía para una persona que nació y vive en París?

—La geografía es la identidad, y para mí es muy importante. Por eso canto Piazzolla y también “Vuelvo al sur”. Mi vida es así: yo tengo 15 años o más volviendo al sur, porque antes me fui a vivir a México y al sur de España, regreso constantemente a Argentina y ahora estamos en el Uruguay. El tango lo dice todo.

—Y para usted, Julio, ¿qué importancia tienen la intuición y la emoción?

—Cuando trabajo yo no estoy preocupado por si tengo intuición, pero es cierto que hay hallazgos que me sorprenden, que puedo continuar y que trato de desarrollar y de ir tanteando. Y eso me provoca una atención mayor que, a veces, también puede ser una especie de excitación emocional.

—¿Sigue interesado en el arte que se produce a su alrededor, o este arte contemporáneo es inferior al que ahora se conoce como arte moderno, y que también fue contemporáneo de Le Parc hace algunas décadas?

—Cuando voy a exposiciones, estoy siempre en la actitud de un espectador interesado y no tengo el prejuicio según el cual, si el artista que estoy viendo no tiene la misma tendencia que la mía, entonces no vale nada. Así que trato de llevarme por lo que estoy viendo, sea abstracto o figurativo, cualquiera sea su concepción y su origen. Eso no me preocupa, sino, simplemente, que haya algo que me sorprenda, que me atraiga o que me provoque reminiscencias de otras cosas, sin entrar tampoco en un análisis histórico o estético, que como espectador no corresponde y no hago.

—¿Han empeorado las excentricidades, el esnobismo y la provocación en el mundo del arte?

—Para mí siempre hubo una tendencia a agudizar el gesto y a colocar la personalidad por encima del trabajo, para arroparse de una supuesta genialidad que permite hacer cosas extrañas. Pero si las analizas un poco, no llevan a ninguna parte. Y también ha habido, como contracara, un intento de que lo artístico sea un trabajo como cualquier otro, y de que el éxito sea el resultado de la constancia, de la experimentación y de una búsqueda auténtica. Respecto a la provocación, en algunos casos es legítima, asumida y coherente, y en otros echa mano a recursos conocidos y efectistas. De lo que yo soy muy crítico es del sistema de valorización que maneja el mundo del arte contemporáneo.

—Cambiemos de tema. Para dos argentinos exitosos como usted y Yamil, ¿es comprensible que, como se ha repetido miles de veces, un país con tantas potencialidades fracase recurrentemente tras ciclos de algo más de una década en los que a la ilusión inicial la superan el hartazgo y la desazón, con lo cual aún hoy existen problemas que ni siquiera en el resto de América Latina se debaten? ¿Argentina duele?

JLP: Cuando yo era chico, en la época de la última Guerra Mundial, la Argentina era muy importante desde el punto de vista económico, y por eso era llamada “el granero del mundo”. Pero siempre queda pendiente el hecho de que las potencialidades del país no llegan a tomar un nivel, un vuelo, una estabilidad y una resonancia que haga que los beneficios de lo que tenemos esparcido a lo largo del territorio alcance verdaderamente al pueblo, para que la distribución de la riqueza sea justa y para que la vida sea próspera. El país es como una persona que está por dar un paso importante y que, sin embargo, se frena. Por alguna razón no damos ese paso cuantitativo, a pesar de que están las tierras, las riquezas y la gente de orígenes mezclados que es capaz de producir. Todos esperamos para que eso que está por suceder, y que cuanto antes mejor, suceda. Pero no sucede.

YLP: La relación que he tenido con Argentina toda mi vida ha sido a la distancia, con pocos viajes durante mi niñez, en momentos donde estaban los militares. Por suerte, hemos salido del horror que implicó la dictadura con Justicia, y no creo que volvamos a caer en algo así. Pero seguimos en una tremenda confusión ideológica, con un país riquísimo y con gente trabajadora que es víctima de una clase política que ejerce una gran manipulación mental. Entonces, como dice mi madre, Argentina siempre cambia de presidente, pero nunca cambia de situación. Esto se volvió a comprobar ahora, cuando la voluntad de un gran cambio se convirtió en una lucha de poder con el resultado de siempre: devaluación, inflación y malestar social, esta vez con la clase media baja peor que nunca. En Argentina, a diferencia de lo que sucede ahora en Francia, por ejemplo, las luchas no terminan en algo superador.

—Para terminar, Julio: ¿qué es Dios?

—Yo respeto mucho a la gente que cree en Dios, pero no a los curas, a quienes mi padre llamaba zánganos: ¡soy tan poco creyente que ni siquiera soy ateo! (risas).


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