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HUMOR / Humor
viernes 31 mayo, 2019

10 claves para sobrevivir en el aula, según la experiencia de un docente

Pésimas condiciones edilicias, niveles de ruido imposibles, apatía del alumnado y agresiones varias. Un combo explosivo.

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Gonzalo Santos


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Las aulas argentinas y un récord: son las más ruidosas del mundo. Foto: Cedoc Perfil

La semana pasada, mientras perdía tiempo en las redes, leí una noticia que decía que un grupo de alumnos le convidó a los profesores panqueques rellenos de dulce de leche, semen y orina. El hecho ocurrió en Estados Unidos y la verdad es que no me llamó mucho la atención.

Después de trabajar unos años en secundaria uno ya no se sorprende por nada. Cualquiera que haya pisado un aula del conurbano sabe que a veces se trata menos de enseñar que de sobrevivir. Hace unos años el informe PISA reveló algo que muchos docentes ya veníamos intuyendo: que las escuelas argentinas son las más ruidosas del mundo. Hay más contaminación auditiva que en Tokio. Y no se trata de ese ruido deseable que postulan los pedagogos, sino de uno que obtura cualquier posibilidad de diálogo. Es como en la política: nadie escucha a nadie, y se sabe que cuando no hay comunicación lo que hay es conflicto. Agresiones ad hominem. Incluso ad baculum. El límite de lo posible, y de lo enunciable, de pronto se pierde de vista y se entra en una fase donde puede ocurrir todo: un panqueque con semen, laxante en el café, el auto rayado o un escupitajo en la campera.

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Por eso en esta columna quisiera sugerirles a los docentes que todavía no están del todo curtidos por los rigores del aula algunos tips para sobrevivir a la barbarie y a la dinámica patafísica que suele tener la institución escolar. Aquí se los dejo:

  1. No acepte comida. Nunca. Bajo ninguna circunstancia. 
  2. Revise la silla antes de sentarse. Una de las cosas más comunes con las que se puede encontrar es el dibujo de un pene. Nadie sabe muy bien de dónde proviene esta práctica falocéntrica, pero lo cierto es que en términos simbólicos representa siempre un acto de dominación que conviene evitar
  3. Cuidado al darse vuelta para escribir en el pizarrón. Es el momento más esperado por el alumno, y ahí es cuando “pasan cosas”. Trate de entrenar su visión periférica. Aprenda a utilizar los reflejos de los vidrios de las ventanas (si es que tiene suerte y no están rotos) como un elemento panóptico.
  4. Tenga las tizas a la vista. En general suelen usarse como proyectiles. Recuerde que la tiza, como todo lo que hay en la escuela, es un bien escaso y no renovable.
  5.  No se muestre excesivamente afectado por comentarios hirientes. Cuando el alumno descubra su punto débil habrá encontrado por fin algo útil en lo que empeñar su inteligencia y lo atacará de formas cada vez más sofisticadas.
  6. Olvídese de Piaget, Vigostky, Freinet y, sobre todo, de Paulo Freire. Ni bien entra al aula nada de esto sirve de mucho. Es más útil el tai chi chuan. A lo sumo, lea a Aldous Huxley y tome algún soma de la felicidad.
  7. No discuta con los directivos. Para ellos, la culpa de todo siempre va a ser de usted. Si algo anda mal, usualmente le va a sugerir que cambie las estrategias didácticas y le hablará de alguna innovación pedagógica que leyó en algún paper o en esos documentos que envía el Ministerio. Cuando entre a su oficina, simplemente ponga cara de póker y diga lo que diría un psicoanalista lacaniano: "sí" y "ahá".
  8. En las jornadas de “perfeccionamiento” docente, va a leer distintas resoluciones escritas por gente que no tiene la menor idea de lo que pasa en el aula y que aún así le va a decir qué es lo que tiene que hacer. Tómese un clonazepam y respire hondo. Llévese algo para leer.
  9. Cuando tenga que labrarle un acta a un alumno, utilice todas sus habilidades retóricas, o incluso histriónicas, para significar que se trata de algo grave. La idea es que el alumno no se avive de que el sistema de sanciones ya está en realidad abolido y que nada tiene muchas consecuencias.
  10. Si le resulta imposible impedir que escuchen música durante la clase, no se resigne: negocie. Trate de que, al menos, no suene el ritmo del reggaeton. Eso ya representaría un gran avance. De no ser posible, puede probar una maniobra de judo: utilice el envión del oponente para, en este caso, analizar la insustancialidad de ese género y adviértale que consumir discursos vacíos o intrascendentes puede derivar en que luego termine votando por algún candidato que no sea de su agrado.

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